El faro de Gaudí

Gaudí y el amor imposible de Pepeta

Los testimonios y las biografías revelan un Gaudí humano y marcado por las dificultades profesionales y las pérdidas familiares

BarcelonaAl dibujante Ricard Opisso (1880-1966), la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia le traía unos recuerdos amargos: durante algunos años se dedicó a matar y disecar gorriones y canarios para hacerlos servir de modelo para los pájaros esculpidos que hay por toda la obra. "Por decreto inexorable de Gaudí, yo era el encargado de la matanza", dijo Opisso, en un texto recuperado por la arquitecta y experta gaudiniana Chiara Curti en la biografía coral El meu Gaudí (Triangle Books). "Después de haberles quitado la vida –explicó–, seguidamente debía arrancarles las vísceras abdominales, para después disponerlos en posiciones adecuadas a fin de servir de modelo a los oficiales escultores [...] Aún hoy, al pasar por allí delante y contemplar extasiado toda aquella voladiza y el bullicio ornitológico, después de más de medio siglo, me parece sentir en la atmósfera una extraña fetidez pútrida y nauseabunda de entrañas en descomposición". Pero la historia acababa bien, porque la hazaña que explicaba Opisso era haber salvado un canario que le había llevado un imponente Gaudí. "Gaudí, con su rostro medio monástico, medio demoníaco, mirándome fijamente, con aquellos ojos azules que perforaban el alma y que provocaban escalofríos, me entregó la pequeña jaula, al mismo tiempo que me decía con voz áspera y dominadora, en la que no había ninguna inflexión de ternura: «Ricard, tenga; mate a este pájaro, póngalo con las alas extendidas en actitud de volar»", recordó el dibujante.

Tanto si era monacal como diabólico, el personaje que aparece en los textos de El meu Gaudí es profundamente humano, alejado de la idea de un genio aislado en su torre de marfil. "Realmente Gaudí fue un hombre atento a su momento histórico –afirma Chiara Curti–. Estamos en esta época en que todo se juzga, en lugar de intentar entender por qué las cosas suceden. Diversos discípulos de Gaudí comentan en sus textos que, en vez de rebelarse ante el tipo de sufrimiento que le provocaban las sátiras, decide construir otra cosa, su propia sociedad. Era una sociedad que no reflejaba la del momento, sino una en la que participaban niños, poetas, amigos de todo tipo, desde un pastor de Puigcerdà hasta un obispo; es decir, una sociedad particular de personas que se distinguían no por el cargo que tenían, sino por tener un corazón puro".

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En la biografía pionera que apareció hace unos 25 años y que está publicada en catalán por La Campana, Gijs van Hensberg aseguraba que su personalidad era "del todo inaccesible". Por otra parte, el teólogo y bibliólogo Armand Puig, autor deAntoni Gaudí, vida i obra (Pòrtic), lo define como "un hombre sincero en sí mismo, con sus imperfecciones y con su mal genio". Puig también le atribuye "una dulzura de espíritu enorme", pero reconoce que la vida interior de Gaudí ha quedado como un "misterio".

Un arquitecto menos afortunado de lo que parece

Actualmente, Gaudí es el arquitecte más popular mundialmente. Sus edificios reciben millones de visitantes cada año, y algunos de ellos son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Pero, en cambio, su carrera no fue fácil. Curti señala que la mayoría de sus obras comparten un rasgo: "la inconclusión". "La Cooperativa Obrera Mataronense no se acabó, la Casa Batlló es una reforma de una casa preexistente, las Teresianas ya estaban a medio construir cuando él llegó como arquitecto, el Parc Güell nunca llegó a urbanizarse, el primer misterio de gloria del rosario monumental de Montserrat no lo acabó él, la Torre Bellesguard tampoco llegó a acabarla Gaudí", dice la autora. Y la lista continúa: "La iglesia de la colonia Güell tampoco la acabó, el Palacio Episcopal de Astorga y la reforma de la catedral de Mallorca no los empezó y tampoco los acabó, por no hablar de su obra maestra, la Sagrada Familia, que tampoco ni la empezó ni la completó. Incluso la Casa Vicens, completamente diseñada y construida por Gaudí, fue modificada por otro arquitecte poco después de su finalización, ya que él no quiso intervenir". Además, El Capricho de Comillas nunca lo vio construido y las escuelas de la Sagrada Familia, que impulsó él mismo, las construyó sabiendo que tarde o temprano las tendría que derribar para continuar con las obras de la basílica.

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Además, la parte más íntima de la vida de Gaudí fue determinada por las relaciones familiares y por el amor imposible de Pepeta Moreu, hija de una familia acomodada que frecuentó durante la construcción de su primer edificio, una fábrica para la Cooperativa Obrera Mataronense, la actual Nau Gaudí. Cuando se conocieron, ella tenía 28 años, y él tenía 33. Gaudí se le declaró cuatro años más tarde, y ella lo rechazó. Entre los reparos que le encontraba Pepeta estaba la falta de higiene. La negativa supuso que Gaudí se alejara radicalmente: como explicó el historiador, político y hombre de acción Agustí Soler, familiar lejano de Pepeta, en el libro Pepeta Moreu, el gran amor imposible de Gaudí (Duxlem), Gaudí no volvió nunca más a casa de los Moreu ni a Mataró.

En su biografía, Puig recuerda que Gaudí experimentó una gran transformación espiritual en 1894 a raíz de un ayuno durante la Cuaresma que lo llevó al límite. Fue entonces cuando empezó a parecerse al hombre más bien ascético de los retratos de vejez, alejado del hombre ufano de los retratos de juventud. En aquel momento había perdido en poco tiempo a la madre, el hermano, la hermana y el cuñado. Y una década después volvió a vivir un momento difícil cuando perdió al padre en el año 1906. Se quedó con su sobrina, Rosa Egea i Gaudí, que tenía una salud frágil, en la casa que tenía en el Parc Güell. Rosa murió en el año 1912 de tuberculosis, y Gaudí se quedó en aquella casa hasta 1925, cuando decidió trasladarse de la casa que tenía en el Parc Güell a su taller de la Sagrada Família.