15/12/2020

El fin de Trump, ahora sí

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Trump en  Un acte a l’acadèmia militar de West Point dissabte passat.

BarcelonaEn los Estados Unidos, lo que normalmente es un trámite formal para confirmar una victoria electoral, esta vez coge todo un simbolismo democrático. El Colegio Electoral finalmente habrá certificado este lunes la victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales con más participación de la historia. La resistencia numantina, por no decir ridícula y desleal, del populista republicano Donald Trump a aceptar su palmaria derrota ha quedado como esto, como una vergonzosa mancha más de su esperpéntica presidencia, cuatro años marcados por la profunda división a la que ha llevado el país. A pesar de que no se ha salido con la suya, es evidente que Trump, con su megalomanía irresponsable, ha puesto en riesgo el estado de derecho norteamericano, su arquitectura institucional y, sobre todo, ha demostrado un increíble desprecio por los votantes, enfangando su sufragio con falsas denuncias de supuestos fraudes electorales que no han tenido recorrido en los juzgados. Todo esto llega a su fin. EE.UU. y todos aquellos que los observábamos con preocupación creciente podemos empezar a pasar página. La transición en la Casa Blanca ya está en marcha. Trump no ha tenido suficiente fuerza, suficiente capacidad de intimidación y de distorsión para conseguir fuera de las urnas el triunfo que los electores le han negado.

Con Biden, lo que viene ahora es un regreso a la normalidad democrática. Una democracia siempre es, por definición, un sistema imperfecto; vive susceptible de cambios. Lo dice el tópico: el menos malo de los sistemas. Si no se la cuida, fácilmente se degrada, empeora. Lo hemos visto en periodos dramáticos de la historia contemporánea, en especial en la Europa de los años 30. Y lo estamos viendo ahora de nuevo, con los autoritarismos populistas, que nos han hecho entrar en una deriva peligrosa alimentada durante los últimos cuatro años nada más y nada menos que por el presidente de la principal democracia liberal del mundo. Así pues, ya habrá tiempo para fiscalizar y valorar lo que haga Biden. Ahora, de momento, hay que celebrar lo que ya no podrá hacer Trump. No podrá seguir envenenando la escena internacional y cargándose la multilateralidad, no podrá seguir ninguneando la lucha contra el cambio climático, no podrá seguir boicoteando la convivencia civil y el respeto por la diversidad en su propio país, no podrá seguir debilitando la democracia norteamericana.

Es evidente, sin embargo, que a pesar de su derrota, Trump mantiene un apoyo más que notable (casi 73 millones de votos contra los 78 millones de Biden) y, por lo tanto, seguirá presentando batalla. Ya ha insinuado que se quiere volver a presentar a la elección. Pues bien: la mejor manera de neutralizarlo es vigorizar la democracia norteamericana, demostrar que está cerca de la gente y que sirve para solucionar problemas, no para empeorarlos o camuflarlos. En plena pandemia y en medio de la consecuente crisis económica, no será nada fácil. El veterano Biden, con el apoyo de Kamala Harris –ella sí imagen de renovación y cambio–, tiene el reto inmenso de demostrar que se puede gobernar sin recurrir de manera sistemática y chapucera a la demagogia y a la mentira. Con honestidad y para todo el mundo.

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