27/01/2021

Vacunas: de la ciencia a la política

3 min
El Hospital San Juan de Dios de Barcelona empezó a administrar la vacuna Moderna el pasado 16 de enero
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1. Saber. Las personas se separan, los objetos nos acercan; esta es una de tantas paradojas de la pandemia. Hemos dejado de viajar, cuando el viaje ha servido secularmente para tejer relación entre las personas de los lugares más diversos. Guardamos las distancias y aun así la pandemia nos ha hecho tomar conciencia de que somos una sola humanidad, de que nuestros destinos están vinculados. No viajamos pero compartimos objetos: todos con mascarilla, como si de golpe se hubiera impuesto una moda de vestir global. ¿Quién habría dicho hace un año que en todo el mundo nos taparíamos la nariz y la boca con un trozo de ropa durante un largo tiempo? Ahora los contactos y los vínculos se hacen a través de las pantallas y de los mensajes electrónicos. Y gracias a esto, por ejemplo, la información ha circulado a través de la comunidad científica en unas cantidades sin precedentes. Es curioso que haya sido cuando más encerrados estábamos en casa cuando hemos vivido una de las experiencias de dimensión más inequívocamente global que podríamos imaginar. Las amenazas cada vez serán más difíciles de aislar. Después de la pandemia, ¿todavía habrá quien quiera hacer ver que el cambio climático no es cosa suya?

Decía Arcadi Navarro en la Escola Europea d'Humanitats que el cambio fundamental que diferencia esta pandemia de las anteriores es la ciencia. Aun así, la ciencia no había tenido nunca una exposición tan grande ante la opinión pública. En un momento de máxima incertidumbre, cuando en sociedades como las nuestras la capacidad de consuelo del discurso religioso ha perdido mucha fuerza, la ciencia ha sido desde el primer momento la gran esperanza. Hoy la forma de verdad más legitimada es la científica, y de su conexión con la práctica y la tecnología médica se espera todo. Solo ella nos podrá redimir. Pero la pandemia se hace larga, el horizonte distópico ahoga los espíritus, y nace la desconfianza. Cuando se ha rebajado a límites inimaginables el tiempo de producción de una vacuna, todas las quejas se desplazan hacia el momento de hacerla efectiva. Y el círculo vicioso de la angustia no es fácil de romper, mientras en las redes sociales el negacionismo y las teorías de la conspiración hacen estragos.

Y aun así la ciencia ha ganado la partida y saldrá indudablemente reforzada de este episodio, sobre todo cuando tengamos la perspectiva para entender que gracias a ella esta pandemia habrá sido, a pesar de todo, una de las más leves de la historia humana. Cosa que ahora dicha así parece casi una blasfemia.

2. Gestionar. La ciencia está haciendo los deberes. Como he dicho, nunca se había trabajado con tanta información, de tantos lugares diferentes, con tanta rapidez. Es lo que permite que la estadística haga avanzar la actividad sanitaria ahí donde todavía no llega del todo el conocimiento científico: por ejemplo, en la mejora de los tratamientos por la evaluación de los resultados. Pero ahora es la política la que entra en la fase más crítica: la gestión de las vacunas. Y no me extrañaría que las vacunas hicieran lo que no ha hecho el virus hasta ahora: tumbar gobiernos. Ahora ya no vale el recurso de decir "Hacemos lo que dicen los expertos". No, ahora es pura y simple eficacia en la adquisición y distribución de las vacunas. Y la Unión Europea ya ha hecho la primera pifia. El Reino Unido -recién salido- vacuna más rápido que sus antiguos socios.

Estamos en la recta final, aunque no se sabe cómo será de larga. La pandemia nos habrá recordado nuestra vulnerabilidad, por mucho que algunos supremacistas pretendan negarla. Habremos experimentado el poder de la ciencia, pero con la política en el punto de mira, donde ya estaba antes. Y con un riesgo que ya venía de la crisis del 2008: que el miedo y la incertidumbre actúen como eficientes propagandistas del liberalismo y del autoritarismo. Salvada la salud, este será el peligro. Incluso Francis Fukuyama se ha dado cuenta: “El liberalismo está profundamente unido a la democracia, y hay que suavizar las políticas económicas liberales de acuerdo con otras consideraciones de igualdad democrática y de necesidad de estabilidad política”.

Josep Ramoneda es filósofo

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