Observatori
Opinión 08/01/2021

La extrema derecha europea post-Trump

Carme Colomina
3 min

Hasta que la violencia no entró por la fuerza en el Capitolio de Washington, Marine Le Pen no salió a reconocer públicamente la victoria de Joe Biden. La líder de la extrema derecha francesa se mantuvo fiel a Donald Trump y al desafío del resultado electoral hasta que tuvo que admitir que el líder republicano “no midió bien el alcance de sus palabras”. “El partido todavía no ha acabado”, había declarado Le Pen a pie de calle solo unas horas antes de la certificación de los votos que ponía punto final al discurso trumpista del robo en las urnas. Los mensajes de indignación desde Bruselas, Berlín o La Haya contrastaban, el miércoles por la noche, con el silencio de Budapest, Varsovia o Liubliana. El expresidente del Consejo de la UE, Donald Tusk, una de las figuras de la oposición polaca al gobierno ultraconservador de Ley y Justicia, aseguraba en Twitter que “hay Trumps por todas partes, así que cada cual tendría que defender su Capitolio”.

La extrema derecha europea no es ajena a la violencia de las calles, desde el asalto al Reichstag alemán, capitaneado por el movimiento antivacunas, hasta el vandalismo protagonizado por el movimiento de la extrema derecha holandesa denominado Fuerza de Defensa del Campesinado, que desde hace tiempo ataca sedes gubernamentales. También hay un supremacismo blanco en la Unión Europea que ha ido ganando adeptos en los últimos años, que organiza campamentos de entrenamiento militar, que cada vez se muestra más desinhibido en las redes sociales y que se alimenta de teorías conspiratorias sobre la pandemia, los gobiernos y los peligros de la política de fronteras abiertas. Pero, sobre todo, lo que hay es una fuerza electoral populista y xenófoba cada vez más diversa y más asentada en los Parlamentos de toda la Unión, que ve la caótica salida de Donald Trump más como una excepción que como un aviso de su propio futuro electoral.

El crecimiento político de la extrema derecha en la UE no ha estado nunca condicionado a Trump. El presidente saliente actuó como el catalizador global de un proceso de radicalización que ya tenía muchas caras. Un proceso que se fue sintiendo empoderado a medida que la derecha tradicional, acobardada por la pérdida de votos, le iba comprando el discurso y la agenda política.

Resistentes a la pandemia

Un estudio comparativo de 31 formaciones de extrema derecha en la Unión Europea demuestra que, en general, la crisis del covid-19 no les ha pasado mucha factura. Según la investigación, que se ha publicado recientemente, solo en aquellos casos en los que el populismo de derechas está en el gobierno el coste de la pandemia se ha empezado a notar en esta segunda oleada. En cambio, aquellos partidos que hacen oposición se han ido reforzando a medida que la emergencia sanitaria se iba alargando.

Acostumbrados a adaptar el discurso a los acontecimientos, la mayoría de partidos de extrema derecha reaccionaron a la llegada de la pandemia con dureza, cargando contra los gobiernos porque no tomaban medidas inmediatas y reclamando cierres de fronteras. En cambio, una vez la excepcionalidad se alargó, el discurso giró hacia las críticas por los confinamientos y las limitaciones impuestas por el control del contagio. Alternativa para Alemania ha denunciado que la libertad de expresión es la principal “víctima del coronavirus”, y en Austria la derecha xenófoba del FPÖ se ha atribuido el mérito de parar los planes de vigilancia “totalitaria” del gobierno. Cas Mudde, uno de los autores del estudio, dice que “mientras Trump abandona la Casa Blanca, las fuerzas de extrema derecha siguen siendo actores principales de la política europea”.

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