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    <title><![CDATA[Ara en Castellano - Xavier Prats Monné]]></title>
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    <description><![CDATA[Ara en Castellano - Xavier Prats Monné]]></description>
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      <title><![CDATA[Los arquitectos de lo posible]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.ara.cat/opinion/arquitectos-posible_129_5808074.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/9a167767-9279-4c67-bd2f-b16fd678f67a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Nos hemos acostumbrado a confundir el pesimismo con la lucidez. ¿Cuándo fue la última vez que un debate público te dejó con ganas de hacer algo, y no simplemente resignado? Esta pregunta define una paradoja de nuestro tiempo: nunca habíamos dispuesto de tanta información, de tantos expertos y de tanta capacidad de análisis, y nunca había estado tan extendida la sensación de que los grandes problemas escapan a nuestro control.Cada día, el debate público sigue un ritual conocido. Guerra, polarización, crisis de la vivienda, cambio climático, inmigración, envejecimiento, inteligencia artificial. Después llegan los analistas y los tertulianos, que con argumentos sólidos nos explican por qué las instituciones son débiles, por qué la política está bloqueada y por qué los retos son cada vez más difíciles. Análisis necesarios, pero que dejan una conclusión implícita: hay muy poco margen para cambiar las cosas.Quizás este es el gran ángulo muerto de nuestro debate público. Hemos confundido la inteligencia con la capacidad de diagnosticar problemas. Prestigimos a quien detecta antes los riesgos y a quien construye el relato más convincente sobre el declive; en cambio, dedicamos mucha menos energía a explorar soluciones, a comparar experiencias que han funcionado o a imaginar instituciones capaces de responder a los nuevos retos.Es como si admiráramos más al médico que describe brillantemente una enfermedad que a aquel que dedica el mismo talento a encontrar su tratamiento. El diagnóstico es imprescindible, pero no es la finalidad de la medicina. Tampoco debería ser la del debate público. La democracia necesita crítica, pero sobre todo imaginación cívica: la capacidad colectiva de imaginar futuros posibles y movilizar voluntades para hacerlos realidad. Cuando esta imaginación se debilita, dejamos de preguntarnos "¿qué podemos hacer?" y nos limitamos a preguntarnos "¿qué nos pasará?" La primera pregunta crea ciudadanos; la segunda crea espectadores.La historia nos recuerda a menudo que el futuro no obedece los pronósticos. A mediados de los años ochenta casi nadie preveía la caída del Muro de Berlín; el orden europeo parecía inmutable. Pero millones de ciudadanos demostraron que aquello que parecía inimaginable solo lo era hasta que alguien empezó a hacerlo posible.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xavier Prats Monné]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Jul 2026 17:04:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Una imagen de la manifestación que ha tenido lugar en Londres contra la extrema derecha, este sábado.]]></media:title>
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      <title><![CDATA[El estado del bienestar y el malestar de Europa]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.ara.cat/opinion/bienestar-malestar-europa_129_5648776.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/4431947c-3924-4449-b3e4-194802e4b33e_16-9-aspect-ratio_default_0_x515y479.jpg" /></p><p>Las sociedades europeas viven un difícil malestar de resumir. Es económico pero también cultural, generacional y territorial. Se traduce en la sensación de que las promesas de la democracia llegan tarde o nunca llegan. Y es el contexto que aprovechan cínicos y populistas para erosionar la confianza en las instituciones y convertir a migrantes, feministas o Bruselas en culpables.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Xavier Prats Monné]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Feb 2026 17:00:21 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en el Parlamento Europeo el 21 de enero.]]></media:title>
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