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    <title><![CDATA[Ara en Castellano - Francesc-Marc Álvaro]]></title>
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      <title><![CDATA[De Manhattan a Ceuta]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.ara.cat/opinion/manhattan-ceuta_129_5849069.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/42a93c22-4eb8-4ceb-8dd9-7407aa12969e_16-9-aspect-ratio_default_0_x2083y951.jpg" /></p><p>Han pasado veinticinco años desde aquella fecha fatídica, los escenarios son diferentes pero la perplejidad perdura y crece. El 11 de septiembre de 2001 descubrimos abruptamente dos cosas: que no hay retaguardia cuando el fanatismo impera y que el final de la historia solo era un espejismo construido por un idealismo entusiasta. De las imágenes de las Torres Gemelas destruidas hemos pasado a las imágenes de personas migrantes que entran en Ceuta, movidas por rumores planificados y una gran desesperanza. Ha pasado un cuarto de siglo entre las dos noticias y hemos intercambiado las ingenuidades decapitadas del final de la Guerra Fría por las incredulidades saturadas de las nuevas guerras híbridas. Este agosto, con los ojos puestos en la ciudad española del norte de África, hemos descubierto también dos cosas: las fronteras pueden ser muy precarias y una peculiar mezcla explosiva de cinismo, irresponsabilidad y fanatismo ha colonizado la política, sobre todo en la esfera internacional. Cuando vimos el primer avión estrellarse en Manhattan pensamos, durante los minutos iniciales, que todo aquello no era del todo real sino una película; cuando hemos visto la riada de personas entrar en Ceuta, no hemos dudado de la certeza del acontecimiento, si bien las imágenes falsas y las reales se mezclan en las redes sociales. El mundo se volvió más inseguro en 2001; ahora se ha hecho más caótico, indescifrable y explosivo. Más allá de los hechos, están las inercias que dominan ahora el espacio público de las sociedades desarrolladas: el miedo, la desconfianza, la nostalgia enfermiza y el desinterés por la verdad. Y, sobre todo, el rechazo a la política, que una parte de la ciudadanía considera “un problema”. En este teatro, los liderazgos depredadores de figuras como Trump, Putin y Netanyahu obtienen la admiración y la adhesión de los que exigen “cambios inmediatos” y “soluciones efectivas”. Son liderazgos que ofrecen un refugio plausible a un precio que muchos ciudadanos están dispuestos a pagar: seguridad militarizada a cambio de arrinconar derechos, libertades, empatía y compasión. He aquí la bandera –poco original– de los que quieren enterrar el mundo surgido en 1945. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francesc-Marc Álvaro]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Sep 2026 19:01:30 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Miles de migrantes de Marruecos pasan la frontera hacia Ceuta el 31 de julio.]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Contra la nostalgia en Cataluña y Europa]]></title>
      <link><![CDATA[https://es.ara.cat/opinion/nostalgia-cataluna-europa_129_5797776.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/40b4b423-c349-4da0-a4c0-a72055aa5851_16-9-aspect-ratio_default_0_x3162y1169.jpg" /></p><p>Cualquier política conducida desde la nostalgia está condenada al fracaso. Constatamos la tentación de la nostalgia en toda Europa, también en Cataluña. Es una forma de huida de la realidad y no es una actitud exclusiva de las formaciones de ultraderecha. La paradoja es que esta deriva nos llega cuando el presente pide más capacidad de repensar los cambios, para evitar que el futuro devenga solo amenaza y miedo. Y toca repensar porque es momento de reconstruir. Llega la hora de una política de reconstrucción. Sin solemnidades, pero con compromiso, con vocación de conjurar la mezcla de irracionalismo y fatalismo que abona el campo de la antipolítica y, a su vez, de las opciones populistas y reaccionarias.Vivimos en procesos de desánimo colectivo y malestar democrático que reclaman combinar autocrítica, escucha y reforma. Autocrítica de algunas premisas que han fundamentado las políticas básicas hasta hoy, escucha de la ciudadanía que expresa diversas formas de desafección hacia las instituciones, y reforma decidida de aquellos ámbitos donde los problemas exigen cambio de enfoque, no solo verter más recursos. A partir de aquí, tendremos que asumir el riesgo de la reconstrucción, especialmente en dos frentes que se solapan.En primer lugar, una reconstrucción nacional, indispensable después de la etapa del proceso soberanista, cerrada en falso mientras no se pueda preguntar nuevamente —sin porrazos— qué quiere la ciudadanía. Pero la Cataluña de hoy no es la de la posguerra civil, ni la de los años ochenta, ni siquiera la de los Juegos del 92 o la de los hechos del 2017. Tres asuntos que forman parte de la agenda diaria lo ponen de manifiesto claramente: vivienda, modelo económico y lengua. El mundo de Jordi Pujol y de Pasqual Maragall —por decir los dos líderes catalanes más importantes de la segunda mitad del siglo XX— ya no existe, ni volverá. Continúa siendo básico asumir el marco de “Cataluña, un solo pueblo”, pero esto no puede servir para dejar de analizar las grandes transformaciones sociales que nos interpelan. </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Francesc-Marc Álvaro]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Jul 2026 16:02:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Fachada del Palacio de la Generalitat]]></media:title>
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