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    <title><![CDATA[Ara en Castellano - Josep Maria Boronat]]></title>
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      <title><![CDATA[¿Dónde queda la Barcelona imaginada?]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/44aff7b6-c298-41cf-8f47-7d079fac8a10_16-9-aspect-ratio_default_0_x815y543.jpg" /></p><p>Cuando Barcelona preparó los Juegos Olímpicos de 1992 no construyó una ciudad. Construyó varias. Hay una que todos conocemos. Hay otra que casi hemos olvidado. Dos operaciones urbanas extraordinarias. Dos destinos radicalmente diferentes. Y, paradójicamente, dos historias que nos hablan del mismo fracaso.Hace unos días, en una visita organizada por la Agrupación de Arquitectos para la Defensa y la Intervención en el Patrimonio Arquitectónico (AADIPA), recorrimos de nuevo el área olímpica de la Vall d’Hebron. Más que visitar unos edificios, redescubrimos una idea de ciudad extraordinariamente moderna que, treinta y cuatro años después, parece haber sido abandonada por aquellos que debían continuar haciéndola crecer. El urbanismo de Eduard Bru no era un proyecto acabado. Era una estructura abierta, capaz de evolucionar con el tiempo, que quería reconectar Barcelona con Collserola. Paseos elevados que se transformaban en balcones sobre la ciudad, pérgolas que generaban sombra y espacio público, plataformas que cosían los equipamientos deportivos y un paisaje pensado para que el verde y el agua acabaran de darle sentido. Era un urbanismo que confiaba en el futuro. Pero aquel futuro no llegó nunca.No se completaron los usos. No se consolidaron los espacios. No se mantuvo el conjunto. Y aquello que debía convertirse en una de las grandes puertas de Barcelona hacia Collserola ha acabado deviniendo, demasiado a menudo, un paisaje inhóspito, donde el vandalismo ha sustituido la vida y donde el abandono ha ido borrando, lentamente, el proyecto original. Y, sin embargo, la arquitectura sigue emocionando.El Palau Olímpic de la Vall d’Hebron, obra de Jordi Garcés i Enric Sòria, continúa sorprendiendo más de tres décadas después. Exteriormente, es un gran volumen de ladrillo, casi un fortín, de una rotundidad que parece inmune al paso del tiempo. Cuesta imaginar que detrás de aquella aparente simplicidad se esconden dos pabellones deportivos. Pero es precisamente en el interior donde la arquitectura despliega toda su sensibilidad. El largo pasillo de acceso, entre las pistas de pelota, culmina en una gran vidriera que encuadra las tres chimeneas de Sant Adrià y convierte aquel final de recorrido en un auténtico balcón sobre Barcelona. Al otro extremo, el pabellón de balonmano es un inmenso cubo de aire donde una cubierta reticular deja entrar la luz con una delicadeza inesperada, que parece detener el tiempo y hace que la cubierta levite encima de los muros de ladrillo. Una arquitectura austera y silenciosa que continúa emocionando porque su calidad no depende de las modas.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Josep Maria Boronat]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 18 Aug 2026 16:07:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El estado actual de las instalaciones olímpicas de los arquitectos Enric Miralles y Carme Pinós, en Vall d'Hebron.]]></media:title>
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