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    <title><![CDATA[Ara en Castellano - corte]]></title>
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      <title><![CDATA[Los silencios de un rey]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static1.ara.cat/clip/c27db782-25d2-4f1b-a943-298e36295f3d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" /></p><p>Los peores enemigos de las monarquías modernas no son los republicanos, son los cortesanos. El caso de Alfonso XIII de España es paradigmático. Pésimamente educado por una siniestra caterva de tutores con sotana o uniforme –una fórmula muy parecida a la que experimentó su nieto, seis décadas después–, un entorno cortesano de aristócratas, militares y burgueses lo acabó de convencer de que podía coleccionar amantes esporádicas o fijas e hijos ilegítimos, o que le estaba permitido encargar films pornográficos; que podía, al mismo tiempo, hacer inversiones y negocios privados prevaleciéndose de su condición de rey; que podía, igualmente, bendecir una dictadura y, en Barcelona, ante todos los alcaldes del Principat, espetarlos: “<em>No olvidéis que soy descendiente de Felipe V</em>”; que podía, en fin, hacer aquello que le diera la gana, protegido por la campechanía, el casticismo y el gracejo popular<em> </em>que figuraba poseer. El <em>Cametes </em>–como se lo denominaba popularmente en Catalunya, y traducido como el <em>Piernecitas</em>– estuvo convencido hasta casi el final que, mientras él ostentara la Corona, la monarquía estaba asegurada en España. ¿Después? <em>Après nous, le déluge</em>, como había dicho Madame de Pompadour.</p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Joan B. Culla i Clarà]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 May 2022 17:47:00 +0000]]></pubDate>
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