Sociedad 21/03/2021

“Dijeron que no me llevaban a la UCI porque no valía la pena, con 74 años y silla de ruedas”

Una mujer que estuvo a punto de morir por covid explica cómo se siente al saber que no le ofrecieron la atención médica que sí que recibieron otras

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Maria Teresa Juan Álvarez-Sala, a la residencia de gente mayor de Premià de Mar donde vive en la actualidad

Premià de MarUno de sus hijos, Carlos Gómez Juan, lo explica de manera suave: su madre "no era candidata" para ser ingresada en la UCI durante la primera oleada de la pandemia por "su escasa movilidad y porque tenía demasiadas patologías". Al menos, asegura, esto es lo que le argumentaron los médicos. Ella, en cambio, lo resume de una manera más cruda: "Le dijeron que no me llevaban a la UCI porque con 74 años y silla de ruedas, no valía la pena".

Maria Teresa Juan Álvarez-Sala es una de aquellas tantas personas que estuvieron muy graves durante la primavera del año pasado debido al coronavirus y, a pesar de esto, no fueron ingresadas a la unidad de cuidados intensivos. Había tantos enfermos que no había camas en la UCI para todo el mundo. Ella, sin embargo, tuvo suerte: a pesar de todo, está viva para explicarlo. ¿Qué siente ahora al saber que no le ofrecieron los cuidados que sí que recibieron otras?

Una mujer de acción

Maria Teresa vive en una residencia de gente mayor en Premià de Mar. Va bien maquillada y peinada de la peluquería, luce collar y pendientes dorados, y lleva un lacito feminista de color lila en la solapa. Se nota que es una mujer de acción y que a ella nadie le da gato por liebre: continúa totalmente lúcida. Pero sí, es verdad, va en silla de ruedas. Y también es cierto que tiene infinidad de patologías. Su hijo enumera algunas: "Sufre insuficiencia cardíaca, la han operado varias veces para fijarle la espalda con clavos, también tiene dolor en la cadera y sufre el síndrome de Sjögren, que hace que sus mucosas no generen ni lágrimas ni saliva".

"¿Que qué siento?" La mujer repite la pregunta antes de contestar. Hace una pausa grave y entonces empieza a hablar: "Voy en silla de ruedas, pero me ducho, me lavo el pelo y me desnudo sola. De acuerdo, necesito ayuda para vestirme, pero si estuviera completamente bien no viviría en una residencia, estaría en casa". Lo argumenta como si quisiera justificar que ella todavía sirve para algo y no es un trasto. De hecho, asegura, ha sido una luchadora toda la vida.

"Cuando tenía 7 años, mi madre se separó de mi padre, que era alcohólico y jugador. Mi padre pegaba a mi madre y también se aprovechaba de mí", dice. E insiste que ella fue una niña abusada, aunque entonces nunca dijo nada a nadie porque nadie hablaba de estas cosas en aquella época. Cuando ya tenía 34 años se separó de su marido, a pesar de que estaba embarazada de dos meses y se quedó sola con dos hijos de 5 y 2 años. Dio luz a una niña, pero nació muerta. Aquello, asegura, la rompió por dentro, pero salió adelante porque no podía tirar la toalla: tenía dos hijos a su cargo. Primero trabajó como mujer de la limpieza y después como administrativa en una empresa. Y cuando su madre enfermó con demencia senil, también se encargó de ella.

"Impotencia", "rabia". Esto es lo que dice que siente. No entiende que, habiendo pasado por todo lo que había pasado, no se le diera una oportunidad para aferrarse una vez más a la vida. Porque quizás desde fuera ella era una simple mujer enferma de 74 años en una silla de ruedas que no valía la pena ingresar en la UCI. "Las cosas cambian cuando te tocan a ti", afirma. O sea, cuando la fría estadística es uno mismo.

La daban por muerta

El hijo de Maria Teresa asegura que ya daban a su madre por muerta. Incluso lo dejaron entrar en el hospital para despedirse porque ya pensaban que estaba en sus últimas horas de vida. La mujer estuvo ingresada 35 días en el Hospital de Mataró y si se salvó, afirma el hijo, fue gracias a la doctora Maria Larousse, que insistió que la conectaran a un aparato de ventilación mecánica aunque solo fuera para probar durante 48 horas. Y funcionó, el cuerpo de Maria Teresa reaccionó.

"Me sacaron la dentadura postiza para que no me ahogara, y también las gafas –recuerda la mujer–. Lo dejé todo en la bolsa, con el móvil y el monedero". Pero con el nerviosismo y la saturación de trabajo de aquellos días, el personal del hospital lanzó la bolsa a la basura por error pensando que no había nada de valor dentro y que podía estar infectada porque era de una enferma de coronavirus.

María Teresa se quedó sin móvil en el hospital para comunicarse con su familia

Maria Teresa explica que, cuando se vio sin dentadura para comer, sin gafas para ver, sin móvil para comunicarse con su familia, y completamente sola en una habitación donde los sanitarios solo entraban para tomarle las constantes y suministrarle la medicación, se sintió tan desamparada como se había sentido cuando su padre abusaba de ella cuando era pequeña. "Insignificante, como una hormiga".

Años atrás, asegura, nunca se hubiera imaginado que estaría como está ahora: ni que estaría postrada en una silla de ruedas, ni que necesitaría llevar pañal por la noche porque no se puede levantar para ir al lavabo, ni que acabaría viviendo en una residencia de gente mayor porque en casa no puede estar sola. "Si yo era delgada, guapísima e independiente", exclama. Y advierte: el tiempo pasa para todo el mundo. También para nosotros mismos.

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