La frustración de los maestros
En los últimos días de enero, además del grave problema del descarrilamiento de trenes y, finalmente, la borrasca, hemos observado que en nuestro país tenemos un problema con las escuelas. Un estudio traza un cuadro demoledor sobre la degradación de la convivencia en las aulas.
Es motivo de reflexión especial la desmotivación que vive la profesión docente. Sienten, más que en los países de nuestro entorno, que su trabajo no es valorado, que pierden el tiempo en gestiones burocráticas, redactando informes que después nadie lee, y ven con impotencia el aumento de faltas de respeto por parte de chicos y chicas, e incluso de agresiones cometidas por familias de alumnos.
Sin embargo, creo importante reconocer que en las últimas décadas los avances han sido importantes. Unos avances que sólo se mantendrán si los distintos actores involucrados, empezando por las familias, trabajan conjuntamente.
Si la realidad española demuestra algo es la necesidad de un consenso que sostenga la insustituible función social de la escuela.
Jesús Domingo Martínez
Gerona
Mover objetos
Debido a unas obras en mi casa, he tenido que mover muebles y, sobre todo, objetos que llevaban años y cerraduras que estaban allí estáticos, llenos de polvo y aparentemente invisibles. ¡Pero cuando los he tenido que mover, uno por uno, y limpiarlos, he descubierto la compañía quizás psicológica que me hacen! Cada cosa –sea un caracol de mar, una piedra, una foto vieja, un árbol de coral, etc.– que durante tanto tiempo ha estado delante de mí sí y día también me recuerda diferentes momentos de mi vida pasada, con diferentes historias... Me ha entrado un gran vacío. No me lo esperaba. ¡Pensaba que su compañía no tenía mucha importancia! He descubierto lo difícil que es desprenderte de todo lo que amas, esté vivo o sea... ¡muerte!
Albert Altés Segura
Lanza
Fronteras mentales
Los seres humanos hemos pasado de vivir en cuevas a explorar Marte, pero el código de nuestra humanidad parece no haberse actualizado. Hemos perfeccionado cómo vivir, pero seguimos luchando con el porqué de la convivencia. El egoísmo persiste porque, históricamente, fue una herramienta de supervivencia; sin embargo, hoy nos cuesta entender que la cooperación global es la nueva condición para subsistir. Pese a vivir en un mundo interconectado, el egoísmo sigue levantando fronteras invisibles: nos conmueve lo que le ocurre al vecino, pero nos volvemos indiferentes ante quien cruza el mar buscando una vida digna.
Nadie elige dónde nace, pero este azar geográfico determina injustamente la generosidad que recibiremos de los demás. Las pulsiones más profundas –el hambre, el miedo o la esperanza– no entienden de mapas ni banderas. Poner el foco en el origen o color de la piel es sólo una "cortina de humo", una excusa para silenciar nuestra responsabilidad ética y evitar reconocer que el sufrimiento del otro es, en realidad, el nuestro.
Nunca podremos hablar de un avance humano lleno mientras la mientras nuestra solidaridad esté condicionada por la geografía o el poder adquisitivo. De poco sirve conquistar el espacio exterior si somos todavía prisioneros de unas fronteras mentales que nos impiden reconocer el sufrimiento ajeno como propio. El verdadero progreso no debe medirse por la velocidad de los procesadores, sino por el momento en que el auxilio a la necesidad y la justicia se apliquen con la misma imparcialidad a todas las personas. Sólo cuando la dignidad humana deje de ser una cuestión de código postal o de linaje podremos decir que hemos aprendido el arte de vivir juntos y podremos mirar el futuro con la certeza de haber construido un mundo realmente digno de ser habitado.
Mari Carmen Lozano Pareja
Badalona