La hez no es en absoluto un tema menor

En la vida hay pequeños infortunios que se suceden de manera periódica: coger un resfriado, perder calcetines en la lavadora, que se te pudra una patata en la despensa y, si vives en Barcelona, pisar una mierda de perro. La de el otro día era una caca acabada en punta, como me hizo notar mi hijo pequeño mientras yo gestionaba el incidente en una fuente. Aquel comentario inocente me hizo pasar de maldecir al responsable (humano, por supuesto) a analizar la salud del animalito según la escala de Bristol, que es un ejemplo claro del divagar errático de mi cerebro: a veces no recuerdo la edad de mis hijos, pero sé que la escala fue publicada en 1997 en el Scandinavian Journal of Gastroenterology y sirve para clasificar la hez humana en 7 categorías desde el estreñimiento más intenso hasta la diarrea más acuosa. Se trata de un instrumento visual, detallado e incluso creativo en sus descripciones: utiliza términos como salchicha, serpiente y esponjoso. Buscadla, va.

La hez no es en absoluto un tema menor. Lo sabe la tripulación del Artemis II, de la cual conocemos que no les funcionó el váter durante unas horas porque, de nuevo, no era un tema fútil. De hecho, un estudio publicado en 2018 en Work concluyó que los servicios de los trenes deberían incluir un espacio limpio para poner el equipaje de mano y que las mujeres lo necesitamos más, ya que solemos ir más cargadas y utilizamos posiciones más incómodas. Yo esto último ya lo sabía, claro, pero me alegro de que alguien haya buscado la evidencia porque nunca es mala idea aparcar el sesgo de género en ciencia y dejar de menospreciar al 49,7% de la población mundial, que se dice pronto.

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Mientras tanto, casi había conseguido limpiar el zapato cuando pasó la vecina del tercero, porque Barcelona parece grande, pero en el fondo es un pueblo con sobredosis de barberías y locales de bar. "Compra lotería", me dijo, y estuve a punto de decirle que es cierto que hasta de la mierda salen cosas buenas y si no que se lo pregunten a Matt Damon en Marte, pero que la lotería no sería una de ellas. Se lo pueden explicar en el Museo de Matemáticas de Cataluña, que es un lugar fantástico donde aprendí que la probabilidad de que nos toque la lotería es de 0,00001, y aun así yo cada Navidad suelto 20 euros por si toca la del trabajo, y esto es cosa de un sesgo que en este caso no es de género, sino cognitivo: nuestra mente juzga y decide en función de los recuerdos que tenemos y como solo vemos las imágenes de alegría de quien gana y no la tristeza de todos los que perdemos, nos permitimos soñar. Así pues, llamémoslo ciencia, porque decir “La ilusión es cosa de tontos” implicaba ser demasiado dura conmigo misma.