El impacto del doctorado en la salud mental de los investigadores
El otoño empezó, ya lo sabéis, con el cielo rompiéndose sobre nosotros como en las peores pesadillas de una aldea gala. Para que haya una DANA debe darse una mezcla de mar cálido y aire frío en altura, lo cual no es extraño en esta época del año. Pero que el mar está más caliente que antes lo sabemos todos, informan de ello los registros científicos y lo rechazan los negacionistas que también opinan que ni machismo ni feminismo y que el abuelo fumaba y vivió hasta los 90. La solución, temo, no está cerca: mi hijo pequeño cuando tenía 2 años también decía que dos más dos eran cinco y de ahí no lo sacaba, pero la diferencia es que él con el tiempo ha crecido y los otros, con el tiempo, han aumentado.
El caso es que la climatología adversa me animó a aquello tan otoñal de sofá, manta y película mainstream. La elegida fue La hipótesis del amor, en la que la protagonista combina su doctorado en Stanford con el enamoramiento de un científico de pectorales cincelados en mármol, jornadas interminables e investigadores crueles que la acosan y le roban experimentos. Que hacer un doctorado implica muchas horas, sueldos misérrimos y un reconocimiento más bien inexistente no es ningún secreto, porque de la carrera investigadora podemos llamarla ciencia, pero también esclavitud moderna. No en vano, un estudio en más de 20.000 doctorandos suecos publicado en 2025 mostró que el uso de medicación psiquiátrica se incrementaba progresivamente después del inicio del doctorado, y llegaba el quinto año a un 40% más respecto a los niveles previos al doctorado.
Ante este panorama desalentador, un optimista argumentaría que de la ciencia también se desprenden cosas bonitas. Algunos ejemplos: un ensayo publicado en Science defendía que las largas horas en el laboratorio generan muchos ratos en la máquina de café, beneficiosos porque aportan ideas, recursos y compañerismo ante la frustración compartida. También está el caso de David Tamayo, un doctorando vasco que se hizo viral en 2016 porque en los agradecimientos de un artículo sobre mejillones le pidió matrimonio a su novia (me han confirmado que sí, continúan juntos y tienen dos hijos). O la selección de imágenes científicas que la revista Nature hace a finales de cada año y que en el 2025 incluía fotos espectaculares de ranas peleándose y arañas apareándose. Sin olvidarnos de la tabla periódica, que demuestra que todo lo que somos y todo lo que nos rodea comparte unos principios fundamentales. Esto me ha hecho recordar una tabla muy poética que vi en el Planetario de Pamplona, donde el oxígeno se definía como “indispensable para la vida, se va con cada suspiro”. Igual que la salud mental de un doctorando.