Siempre somos nosotros y nuestras circunstancias, también cuando criamos personas
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Recuerdo la fecha en la que me apunté a la lista de espera para acceder a los tratamientos de reproducción asistida de la seguridad social. Espera, piénsatelo, valóralo, ya llegará el día, no te retractes pese a la incertidumbre, aun no teniendo un trabajoestable. Cuando llegó mi turno, abracé la oportunidad con todo el miedo del mundo, y salió bien. ¡Qué pequeño gran milagro, la vida! Ya embarazada, pensaba a menudo en la grandeza de la naturaleza, que había querido que “todo en mí fuera un sí” a la primera, sin demasiados obstáculos, si bien había contado con una gran ayuda de la ciencia y la técnica. No deja de ser curioso que en aquel momento reconociera la figurita de madera que hay en el estudio de casa de mis padres, una deidad de la fertilidad ghanesa. Me inspiraba y me sentía protegida.
Entre el primer día y el día 1.360 de vida de mi hija, que es cuando termino este texto, todo ha pasado deprisa. No he llegado a escribir lo que le habría querido escribir para que tuviera un diario de su primera infancia y he olvidado anécdotas que quizás debería haber registrado para la persona del futuro. Hace 360 días que dejamos el pecho, pero todavía le gusta notar el calorcito del cuerpo, y aprovecho para enseñarle que el cuerpo es de cada una, que hace falta un cierto visto bueno si queremos tocar otro cuerpo.
Enseñar, aprender, un círculo virtuoso infinito. Alguna vez había dicho que lo que más me apetecía de la crianza era el proceso de aprendizaje del niño. Es emocionante cuando empiezan a hablar y poco a poco van articulando frases y añaden complementos y vocabulario y el pensamiento se va haciendo complejo. Y los dibujos, cómo me gustan: ¡cada vez son figuras más elaboradas! Me había quedado corta imaginando este proceso. Pero lo más grande, lo más bonito, y no había pensado demasiado en ello, es el despliegue de afectos y emociones que implica cuidar de una criatura. Amor absoluto, sufrimiento ilimitado, y la sensación animal de oler a tu cría para reconocerla de entre el rebaño, que se siente en tu regazo, la abraces y de paso te haga sentir protegida y confortable.
Si bien no cambiaría a mi hija por nada del mundo, la crianza me resulta agotadora. Mis padres de vez en cuando me sueltan: “¡Piensa que eres madre sola!” Soy madre sola, como tantísimas otras madres solas, pero tengo la suerte de contar con apoyos incondicionales y hablo desde un cierto privilegio. La crianza es un reto estimulante, una aventura de largo recorrido y una experiencia preciosísima, pero a veces parece incompatible con el tiempo presente. Soy de las que sienten que todo va rápido; el trabajo me exige, conciliar es un juego de equilibrios tirando a imposible, me falta tiempo para mí (tiempo para leer, para hacer ejercicio porque me duelen los brazos, para tener un poco de vida social), nos falta tiempo para las dos, nos falta un poco de espacio en el piso de alquiler donde vivimos. Estas son las circunstancias y el contexto desde donde llevo a cabo la educación y el acompañamiento de mi hijo y eso, lo quiera o no, tiene unas derivadas.
Por ejemplo, el último año he gritado muchísimo: no he pegado, pero he gritado con rabia y toda la bilis cuando mi hija me ha puesto contra las cuerdas. No le gusta que grite, lo verbaliza y se me rompe el corazón. Me veo reflejada en una publicación de las redes sociales que reflexionaba sobre la frágil y finísima distancia entre estar de buen humor y el estallido de rabia porque la criatura no hace caso: se pasa de un extremo al otro, del amor al odio, con un chasquido de dedos (y enseguida vuelves al estado inicial de estima sin medida). Sé que no puede ser que la paciencia se agote con tanta facilidad y que una persona adulta debe ser capaz de sobreponerse a la rabieta del niño. Sé que los gritos son el ultimísimo recurso. Un pedagogo al que consulté para que me diese herramientas para educar a mi hija me hizo la siguiente reflexión: quizás la madre grita, pero la madre, al fin y al cabo, siempre está ahí. La presencia ineludible y fiel lo compensa todo…
Confío en que entre los recuerdos de infancia de mi hija no esté la imagen de la madre colérica, y sí que estén las maestras maravillosas que nos han ayudado a crecer primero en la guardería y ahora en la escuela, los primeros amigos y amigas, los abrazos y mordiscos de las primas, el libro de Papá Noel (de Raymond Briggs) que leemos haga frío o haga calor, los pasacalles de gigantes, las exposiciones de dibujos en el pasillo de casa y el juego de tomar nota de menús que cuestan tres euros. Ella me estira y yo trato de seguirle el ritmo tan bien como puedo, cansada pero infinitamente agradecida (a la sanidad pública y, de paso, a la sociedad, por el mejor regalo que se me ha hecho).