Se puede tener una educación de calidad si los que educan están mal?

Somos un país que habla mucho de calidad educativa, pero poco del estado emocional de los adultos que educan, como son las familias y también los docentes

2 min
Docentes en huelga en plena marcha en Barcelona

Barcelona¿Cómo empezar un curso como este, diferente por las circunstancias vividas el curso pasado? Hablo de la asignatura pendiente de junio, el malestar que las huelgas, boicots y desacuerdos dejaron: familias y AFA decepcionadas, alumnos que se han sentido vulnerados al perder experiencias educativas que esperaban con ilusión, docentes cansados y equipos divididos...

Somos un país que habla mucho de calidad educativa, pero poco del estado emocional de los adultos que educan, como son las familias y también los docentes. Y si hablamos de ello, poca cosa hacemos que sirva. Creo que el primer reto de este inicio de curso será ser honestos y no hacer ver que no ha pasado nada. Aceptar cómo estamos unos y otros y afrontarlo con madurez, empatía y ejemplo en nuestras actitudes y decisiones, ya que hay miles de niños mirándonos y escuchándonos. Los adultos ya deberíamos haber aprendido a estas alturas que el malestar no desaparece disimulando, tapando o callando y que el enfado que no se repara llega a las criaturas aunque no lo queramos, porque se filtra en la manera en que hablamos, en que miramos, en que escuchamos y en que reaccionamos.

Una familia desbordada no puede sostener igual, y un docente quemado tampoco. El bienestar adulto no es un lujo: es infraestructura educativa. Es la base invisible que permite poner límites sin herir, escuchar para entender y acompañar sin convertir cada dificultad en una emergencia nacional.

Siempre digo que la educación de un niño es como un puente con dos columnas: familia y escuela. Si una de las columnas se mueve, el puente es poco estable. Un niño o una niña necesita ver que los adultos que le acompañan forman equipo con un objetivo común: ayudarle a avanzar por la vida con paso firme, y aprovechando todos los recursos pedagógicos disponibles cuando familia y escuela no pueden llegar a todo.

Las preguntas correctas

Por eso, este curso cambiamos las preguntas superficiales típicas como “¿Ya tienes la mochila hecha?” o “¿Cómo han ido las vacaciones?” por unas más valientes como “¿Qué te pesa?”, “¿Qué etiqueta o rol quieres dejar atrás?”, “¿Qué necesitas que miremos de ti de una manera nueva este curso?” o “¿Qué te ayudaría a sentirte seguro los primeros días?”

Y los adultos también deberíamos preguntarnos: “¿Desde dónde empiezo este curso?”, “¿Desde la indignación, la rabia, el miedo y el desánimo de aquello que siento injusto, o desde la responsabilidad de reparar?”, “¿Soy capaz de no dejar que mi malestar se enquiste y eduque por mí?”

Los pequeños rituales también ayudan a un buen inicio de curso: cenar preguntándonos cuál ha sido el mejor momento del día, caminar hacia la escuela sin convertirlo en una maratón o preparar la mochila hablando de lo que ilusiona.

Una educación de calidad no significa que los adultos no podamos sentir malestar, sino que somos capaces de transformarlo. En estos inicios de curso, la mejor lección no será decirles que todo irá bien, sino demostrarlo volviendo a convertirnos todos en la gran tribu que educa con sentido.

Educadora emocional y directora de La Granja Ability Training Center
stats