Fiestas en la escuela, entre globalización e identidad

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Castañas asadas
23/10/2026 - 07:05 h
Maestro de infantil en la escuela pública

Estamos a las puertas de la primera de las fechas con las que el calendario escolar se salpica con unas fiestas que llamamos “tradicionales”. Este calendario festivo se inicia con la Castanyada, y en esta primera etapa ya nos encontramos con una primera contradicción que debemos resolver.

Alrededor del día de los difuntos en las escuelas se han incorporado dos festividades con raíces culturales bien diferentes y que ilustran muy bien esta contradicción entre globalización e identidad. La Castanyada se presenta en las escuelas como una fiesta de raíz tradicional que contrasta con Halloween, que, en nombre de una supuesta apertura cultural, nos ha acabado imponiendo la sociedad de consumo.

Por noble que sea nuestra intención de presentar a los niños oportunidades para conocer las raíces de nuestra identidad colectiva, debemos saber hacerlo sin caer en la trampa de generar nuevos estereotipos ni nuevos iconos o liturgias festivas escolares que pueden acabar pervirtiendo esta misma noble intención. Esta fiesta tiene un potencial muy importante para acabar siendo un momento de participación, de contacto entre la escuela y el entorno donde se encuentra, sea el pueblo o el barrio de una gran ciudad. Con las limitaciones que pueda tener cada centro, pienso que debemos probar de dar forma a este potencial, huyendo de quedarnos en la alimentación de nuevos estereotipos, como el de la vieja castañera, simbólica y entrañable, para reivindicar una fiesta auténticamente popular. De esta manera, y alrededor de un elemento humilde y del país como es la castaña alrededor del fuego que la asa, damos a los niños un primer sentido festivo a la celebración de la entrada a los meses más fríos del año.

Pero después nos encontramos con una fiesta que nos ha adelantado por la derecha y sin avisar. La calabaza naranja y humanizada de una fiesta de origen celta ha acabado imponiéndose también en el imaginario de nuestros niños, y las escuelas somos del todo corresponsables. La presión consumista también ha contribuido muchísimo, y ahora nos encontramos con bazares y tiendas llenas de una nueva iconografía festiva vinculada también al encuentro entre los vivos y los muertos, que ha generado un verdadero negocio.

¿Pero qué ha aportado a las escuelas la incorporación de esta fiesta, más allá de desdibujar nuestra identidad local? Es cierto que los niños han caído de cuatro patas en la trampa de esta nueva iconografía festiva, ¡pero el empujón se lo hemos dado nosotros! Hemos querido hacerlo bien: aprovechar la festividad vinculándola con el aprendizaje de la lengua inglesa y mostrar el talante abierto de la escuela hacia el conocimiento de nuevas culturas.

También debemos ser conscientes de que, mientras con la mano derecha abrazamos esta fiesta que nos viene del norte y del capitalismo desatado, con la izquierda ignoramos las que nos vienen del sur, que son propias de muchas más familias que tenemos hoy en las escuelas y que sí que miramos con la distancia y el temor de que puedan desdibujar nuestra identidad.

Estos días, en las escuelas, estaremos en una situación de auténtica esquizofrenia cultural, en la cual convivirán sin ningún rubor la viejecita con delantal y pañuelo en la cabeza junto a la calabaza agujereada. Me parecería absurda una guerra de símbolos, pero es evidente que en las escuelas tenemos el deber de enviar mensajes y de intentar construir oportunidades para vivir estos días como un momento para hacer comunidad, para hacer pueblo o para hacer barrio. Esta debe ser la esencia de las fiestas: ayudar a los niños a construir su personalidad en el interior de una identidad compartida y que los arraigue en un territorio y a una cultura.

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