Gabriel Ginebra: "Pedirse una reducción de jornada para cuidar a los hijos no debería estar mal visto"
Licenciado en filosofía y doctor en organización de empresas y MBA por IESE. Actualmente, es profesor en la EU Business School, especializado en 'slow management', liderazgo y cultura organizativa
BarcelonaGabriel Ginebra forma parte del Consejo Regional de Personas Expertas de la TUI (Time Use Initiative) y será uno de los ponentes en la Time Use Week que se celebra del 19 al 21 de octubre en Barcelona. Forma parte de una familia de doce hermanos, con su mujer ha criado a siete hijos y ahora ya tiene dos nietos.
Vivimos tiempos de máxima producción. Esto se traduce en grandes beneficios para las empresas, pero los trabajadores cada vez están más agotados y son más pobres. ¿Qué está fallando?
— Nos encontramos ante un crecimiento acelerado que va más allá de los beneficios. Se está produciendo en exceso y no hay suficiente gente para disfrutarlo. Hasta el punto de que los grandes terratenientes actuales, que son los propietarios de las grandes redes, venden unos “beneficios” muy superiores a sus ventas. Por tanto, sus empresas crecen gracias a la pura especulación. Estamos ante un turbocapitalismo, o como se quiera llamar, y la gente está apostando y volcando dinero en un proceso ruinoso. Y, efectivamente, esto nos lleva a una aceleración que hace disparar el estrés profesional.
En sus libros, cursos y ponencias habla mucho del concepto “management de la incompetencia”. ¿Cada vez es más difícil encontrar directivos vinculados realmente al día a día de la empresa y que sepan gestionar bien a los equipos de personas?
— Los directivos caen en el síndrome del sacrificio, lo hacen todo por la empresa y los empleados. Pero al hacerlo se deterioran y entonces llega el cansancio, el estrés, la falta de perspectiva, la empatía y el mal humor ante los mismos a los que se han propuesto cuidar. En realidad, cuanto más jefe seas, es decir, cuanta más responsabilidad tengas, más necesidad tienes de cuidarte y estar tranquilo. Solo así podrás ofrecer disponibilidad para las otras personas de la empresa, para responder de forma ágil a las cosas inesperadas que puedan pasar en el día a día y sobre todo para tener el momento de calma donde salen las nuevas ideas e inspiraciones. Está más que comprobado que, cuando bajas el ritmo, aumenta la proporción entre los esfuerzos de búsqueda y las cosas que llegas a encontrar. Hay una frase de una buceadora hawaiana que dice “When you feel the need to speed up, slow down” [Cuando sientas la necesidad de acelerar, reduce la velocidad] y define claramente que cuando existe la necesidad de acelerar, es el momento de parar, y en el fondo esto nos sirve tanto en la vida profesional como en la personal.
¿Y qué pasa cuando la empresa cuida a sus trabajadores? ¿Qué hay de diferente?
— Lo que queda claro es lo que sí que pasa cuando la empresa no cuida a sus trabajadores, sobre todo a los más talentosos y comprometidos. Al final son personas que se estresan y se desaniman, se sienten poco valoradas y cuando están delante de su jefe desconectan y piensan en las vacaciones o en el after work, y más tarde empiezan a escuchar otras propuestas. Si los grandes planes estratégicos empresariales son demasiado exigentes acaban muriendo porque se marchan las personas que los tienen que llevar a la práctica. Las empresas que cuidan tienen trabajadores que se creen más su trabajo y lo hacen bien, y eso hace felices a todos los participantes.
Pero también hablas de la importancia de mantener equilibrada la balanza del estrés, porque entiendo que este también es el que te activa cada día, ¿no?
— Es cierto que ahora se habla mucho del estrés y del eustrés, que sería el buen estrés. Hacen falta estímulos que te mantengan activo. Pero lo que no es asumible es estar constantemente en este estado; en las charlas y procesos que realizo me encuentro gente que está estresada toda la semana. Después de los coreanos, los españoles somos los que tenemos unos índices de estrés más altos, curiosamente. En parte, porque tenemos esa mala conciencia de que se suponía que éramos los que no dábamos ni golpe. Y entonces, para compensar esto trabajamos más horas. Pero algo falla cuando en los países nórdicos hacen la mitad de horas que nosotros y tienen los mismos resultados.
¿Aquí es cuando entra la importancia de la aceleración social?
— Exacto, la desaceleración es el factor de transmisión que produce este efecto de Paradoja de la Productividad. Porque la aceleración nos lleva a la superficialidad, a hacer muchas cosas, pero seguramente pocas son significativas. El tiempo realmente eficaz de una jornada laboral ordinaria raramente llega al 50% en trabajo de gestión. A menudo nos movemos en el 30% y 20% de las cosas que acaban produciendo el 80% del impacto. Aumentar la productividad no depende de hacer más cosas, hacen falta planteamientos más sostenibles. Hay que poder parar para recargar energías y así también aprender que solo parando recuperamos la energía necesaria para volver a ello. Un estudio de la consultora Ringover calculó que, en una jornada laboral estándar de 8 horas, los trabajadores españoles solo son realmente productivos durante 5 horas y 6 minutos. El resto del tiempo se pierde a causa del agotamiento cognitivo, las distracciones y la fatiga.
¿En qué acciones del día a día de la empresa podemos ver esta desaceleración?
— Hay que ir cambiando poco a poco la cultura organizativa y los objetivos reales de las empresas. Los directivos deben atreverse a delegar, no hace falta supervisar siempre el trabajo de los demás. También hay que reducir el número de reuniones, hacer las necesarias y que no duren más de una hora. Planificar con sentido, se proponen proyectos a dos años cuando todo el mundo sabe que serán cuatro. Y sobre todo plantear objetivos de mejora reales a la gente, no imposibles que desaniman. Establecer horarios, como por ejemplo el tiempo monje, un espacio de tiempo en el que no se pasan llamadas, porque la base del buen trabajo es el trabajo profundo donde hay silencio físico y mental para poder concentrarse el tiempo necesario. Y sobre todo, eliminar el WhatsApp en el trabajo, yo soy un gran defensor del e-mail, pero tampoco hace falta consultarlo constantemente. En el ámbito doméstico se puede ir frenando con pequeñas acciones que poco a poco te pacifican y si las compartes con personas cercanas se van contagiando. Como por ejemplo encontrarse sin móviles en la mesa, hacer un desayuno el fin de semana tranquilo, etc. Todos sabemos que el trabajo es infinito, pero por muchas responsabilidades que uno tenga, también hay que ser responsable en mantener el sentido de calidad de las tareas que uno realiza. Y sobre todo, recordemos que la jornada laboral también se acaba cada día a una hora concreta, de la misma manera que se acaba la clase de gimnasio y volvemos hacia casa.
¿Cuáles dirías que son las medidas clave que permiten combinar las responsabilidades del trabajo con la vida familiar y personal?
— Hay muchas opciones como la flexibilidad horaria, el teletrabajo, permisos hasta que los hijos tienen ocho o doce años, políticas de luces apagadas o cuotas para ir al gimnasio. Pero repito: si la carga del trabajador es superior al 80% (a menudo es el 160%) y existe una cultura del presentismo y del activismo empresarial, todo esto no sirve para nada y puede llegar a ser contraproducente. Yo también creo mucho en el localismo, es necesario incentivar la creación de empresas y, por tanto, puestos de trabajo fuera de las grandes capitales. Los desplazamientos para ir a trabajar son una gran fuente de estrés. Si queremos que la vida personal tenga la misma fuerza de atracción que la profesional deberemos comprometernos como lo hacemos con el trabajo: pagando unas sesiones de yoga, quedando con las amistades o creando un grupo para pasear por la montaña o hacer música. Una vez acompañé a una directiva que se propuso llegar a tiempo a recoger a su hijo cada día a la escuela. Su hijo no podía creer que él era para su madre una prioridad. No podemos continuar sintiéndonos mal por teletrabajar un día entre semana por la mañana, y no sentirnos mal cuando dedicamos un sábado o domingo para planificar nuestra agenda laboral de la semana.
¿Por qué hablar de los hijos y la crianza en el trabajo sigue siendo tabú?
— De los Estados Unidos podemos aprender algunas cosas buenas. Allí está más prestigiada la figura de stay home mum (o la stay home dad) al menos durante una temporada de la vida. Ejecutivas de Harvard lo dejan todo durante cuatro años para centrarse en atender a sus hijos, que es lo que decimos que nos importa más. También tienen carreras profesionales más diversas, no se les caen los anillos y tienen menos presión de postureo. Además, existe toda una explicación económica de cómo una mayor dedicación a las actividades personales/familiares no monetizadas estabiliza y enriquece la economía y las sociedades. Es mucho más interesante y práctico que cada uno pueda cuidar de los suyos. Uno de mis artículos más leídos es precisamente el de Ponga un niño en su oficina: La mejor inversión porque realmente podemos aprender tanto de las criaturas, pero seguimos silenciándolas y escondiéndolas, hasta tal punto que cuando salen un poco molestan mucho. Una vez di clase en la universidad con los míos jugando a Lego en un rincón del aula. También escribí mi tesis doctoral con un bebé en brazos. Pero mostrarnos auténticos y reales nos da respeto. La conciliación laboral y familiar/personal es una necesidad colectiva, pero la vivimos como un secreto.
Pero también es cierto que compatibilizar trabajo y crianza, al menos cuando son pequeños, de los 0 a los 6 años, es muy complicado. O tienes una reducción de jornada o una buena tribu familiar detrás. ¿Cómo podemos encontrar este equilibrio y hacer entender que las criaturas son necesarias y que necesitan adultos a su alrededor para crecer?
— Pedir una reducción de jornada para cuidar a tus hijos no debería estar mal visto, ni mucho menos reducirte posibilidades laborales. Es curioso cómo el tema de la conciliación está presente en las conversaciones entre familias, es lo que más nos preocupa y nos ocupa. Pero queda feo que verbalices que renuncias a presentarte a una subida de categoría y responsabilidad para atender mejor a la familia. En realidad la opción familiar/personal es la prioritaria. La laboral debería tener una relación de medio a fin, aunque tenga una consistencia realizadora para la persona y para la sociedad insustituible. También por eso soy muy defensor de la empresa pequeña y la empresa familiar, porque hay una mezcla entre proyecto de empresa y proyecto familiar o personal. Las criaturas son necesarias para sostener la estructura social y también la económica. Los gobiernos deben fomentar más la natalidad empezando por impulsar redes de cuidado, sean familiares, de barrio o ciudad, o a través de una asociación.
¿Cómo crees que serán las empresas donde trabajarán nuestros hijos y nuestras hijas?
— Es curioso cómo los más futuristas, especialmente los de robótica e IA, se empeñan en dibujar una sociedad en la que se va perdiendo la dimensión humana y personal, en beneficio de la organización y la despersonalización. Teóricamente, cada una de estas ventajas se pensó para hacernos la vida más fácil, pero la historia ha demostrado que nos la ha complicado. No deja de ser curioso que en las sociedades con más recursos y en las que podemos superar las distancias con menos tiempo sean justo las sociedades en las cuales hay más conciencia de escasez y en las cuales vivimos con más velocidad. Creo que hay un mundo alternativo que está surgiendo. Quiero pensar que podemos volver a un mundo de empresa más familiarizada, de entornos de mayor plenitud, de oficio, en el que el ritmo de la vida no se acelera sino que vuelve a ser el protagonista.