Sin gritos ni castigos: cómo enseñar a tolerar la frustración
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BarcelonaLlorar desconsoladamente cuando se pierde, ser incapaz de esperar a que terminen los anuncios o gritar porque no le dejan salir con la pandilla son situaciones que evidencian cierta dificultad para gestionar la frustración. “La frustración es una habilidad que se debe entrenar día a día, porque nos la vamos encontrando a lo largo de toda la vida”, asegura la coach educativa, Mar Milán.
Actualmente, la tecnología propicia que la inmediatez sea viable ante cualquier situación. A un solo clic podemos comprar, comunicarnos con cualquier persona independientemente de donde esté o acceder a conocimiento y entretenimiento. Una realidad que no ayuda a ejercitar la paciencia, un elemento imprescindible para poder gestionar la frustración.
Milán explica que a menudo los padres prefieren evitar ver llorar a los hijos, pero “esta necesidad es contraproducente para su educación; la frustración debe trabajarse para convivir con ella lo mejor posible”. A pesar de que los adultos prefieran que no sufran y lo hagan con buena intención, no pueden sacarles las castañas del fuego a los hijos. Es importante que aprendan a desarrollar tolerancia a la frustración y trabajen su resiliencia, “si no, estamos contribuyendo a que sean adultos que no saben afrontar la frustración. La vida no les cambiará las reglas del juego para que acaben ganando”, recuerda. Por tanto, deben entender y aprender que no siempre se gana y que, a veces, las cosas no van como uno querría.
Qué podemos hacer de los dos a los cinco años
En esta etapa no se trata tanto de darles herramientas como de acompañarles, hacerles entender que es normal que se sientan sobrepasados, se enfurezcan y no sean capaces de controlarse cuando pierden. “Es imprescindible que validemos su emoción, que se den cuenta de que entendemos que están enfadados, tristes o rabiosos. Normalicemos, validemos y expliquémosles que no siempre ganamos. También vale la pena separar el hecho de ganar o perder de su valía personal”, apunta Milán. Y recuerda que aunque parezca que lo que les decimos no sirve para nada, estos mensajes van calando.
La franja de los cinco a los ocho
Aquí los niños empiezan a entender las reglas y resulta más fácil poder ayudarles. Es posible que asocien el hecho de perder o ganar a ser malos o buenos, por tanto, habrá que insistir en separar su identidad de las derrotas y las victorias, para que no afecte a su autoestima. “Tenemos que hacerles ver que a veces ganamos a veces perdemos. También tenemos que escucharles para saber qué significa para ellos perder, que no crean que no sirven o que siempre fallan”, recomienda.
La adolescencia
A partir de los once años no les importa si ganan o pierden, sino cómo los sitúa esto respecto a sus iguales, porque su imagen gana peso durante la adolescencia y se comparan con el resto. “Especialmente en este periodo conviene hacerles preguntas para saber cómo se sienten”, propone Milán. Preguntarles cómo se lo han pasado, qué han aprendido, qué podrían mejorar, qué necesitan para superar la frustración o sentirse mejor, cuestiones que no ponen tanto el foco en ganar o en lo que querrían conseguir como en el proceso. “Desdibujar el objetivo puede ayudar a gestionar la frustración”, asegura.
Cómo ayudarles a canalizar
Para empezar, los niños y jóvenes deberán calmarse para que baje la frustración, si no, serán incapaces de prestar atención a lo que se les pueda decir. Para que llegue esta calma se les puede proponer que respiren profundamente, y a los más pequeños llevarlos a hacer otra cosa. “Es importante que las familias conozcan a sus hijos y sepan qué les ayuda a calmarse. A alguien le puede funcionar dibujar o escribir cómo se ha sentido, hacer deporte, moverse o cantar”, explica Milán. Cuando estén más calmados ya se podrá hablar con ellos, “hará falta encontrar el momento adecuado, estar presentes y hablar con él”. También recuerda que los adultos, más allá de lo que dicen a los hijos, son un modelo sobre todo por lo que hacen, por lo tanto, los padres y las madres deberían ser conscientes de cómo gestionan su propia frustración.