Helena Escobar 'La Bleda': Es necesario que los niños tengan un modelo, aunque solo sea para romperlo cuando se hacen adolescentes
Payasa y madre de la Laia, de 21 años. Con su pareja, Pere Hosta, fundó la compañía La Bleda. Actúan en el 21º Festival Internacional de Payasos de Cornellà de Llobregat, del 18 al 25 de octubre. A lo largo de la semana se hará el espectáculo 'MiniBleda' en las guarderías de la ciudad, y el domingo 25, a las 17 h, presenta 'Com els pingüins' en la Sala Ramon Romagosa. Pere Hosta hará por las calles de Cornellà el espectáculo 'Woof'. Otros espectáculos de La Bleda son: 'SuperBleda', 'Tut-turutut la Princesa' y 'Les vacances de Madame Roulotte'
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Como los pingüinos es un espectáculo de autoficción, en el cual explico la historia de Helena, que soy yo. En él explico por qué me hice payasa.
¿Por qué te hiciste payasa?
— Cuando era muy pequeña, cuando solo tenía un año, me tuvieron que operar porque había nacido con una luxación y una malformación de la cadera. Como los bebés se mueven por instinto, me tuvieron que enyesar entera, del cuello a los pies, dejando solo unos agujeros para hacer pipí y caca.
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— Durante mi infancia tuvieron que ir repitiendo las operaciones que me obligaban a tener todo el cuerpo escayolado y también tuve que llevar unos hierros, todo ello para poder caminar bien cuando fuera mayor. Esto que viví fue una tragedia y lo que hace el clown para salvarse de aquello que le hace sufrir es darle la vuelta. Con el tiempo puedes darle la vuelta a las cosas que te hacen sufrir, puedes explicar una historia dolorosa con humor. Este es uno de los motivos que me empujan a hacerme payasa, y para ayudar a la gente.
Ser payasa te hace ser madre de una manera diferente.
— Sí. Soy muy positiva. Muy risueña. En todos los niños veo su alma de payaso. Todos los niños son payasos, son pequeñas almas de arte.
Los payasos, como los niños, son criaturas vulnerables.
— En el clown hay un concepto que es el momento flop, cuando alguien está más hundido, es el momento de la impotencia, que es cuando el público se ve reflejado y ríe más. A lo largo de los años, ser payasa me ha resultado muy útil para encarar situaciones difíciles. Es una medicina brutal. He podido ayudar a amigas en situaciones duras porque siempre, siempre, siempre sé sacar una sonrisa.
Laia es hija de dos payasos. Cuando era pequeña, ¿os veía actuar?
— Cuando Laia era muy pequeña y nos la llevábamos a hacer un espectáculo, realmente no se lo pasaba bien. Así que preferimos dejarla en casa de los abuelos o con amigos. Cuando actuamos estamos trabajando y, para hacerlo bien, tenemos que estar concentrados, cosa que es muy difícil cuando tienes una criatura pequeña que te reclama constantemente. También había otro factor. Veía a otros niños que se nos acercaban, que nos venían a decir cosas al haber acabado el espectáculo, para hacerse fotos, para hacer preguntas y ella esto lo vivía como si se quedara excluida, como si otros niños le quitaran a sus padres.
¿Elegirá vuestro oficio?
— Todavía no ha encontrado su vocación, pero no creo que elija el mundo del espectáculo. Le cuesta mucho ponerse delante de la gente. Quizás tendrá un trabajo creativo, eso sí, pero es vergonzosa, con una sensibilidad muy especial y preciosa, una sensibilidad interior, una sensibilidad oriental.
¿Qué no terminamos de hacer bien, madres y padres?
— Yo no soy nadie para decir cómo se deben hacer las cosas. No hay una fórmula única. Pero cuando no se imponen normas ni límites el niño va muy perdido. Ves niños que no tienen una educación, una cultura, y eso sí que es un problema para el niño y para los que le rodean. Es necesario que los niños tengan un modelo, aunque solo sea para romperlo cuando se hacen adolescentes.
¿Cómo resolvéis los problemas en casa?
— Cuando las cosas no van bien paramos máquinas. Gabinete de crisis. Reunión e intentamos colocar las cosas como creemos que deberían estar. La Laia dice su parecer, pero a veces no coincide con el mío o el de su padre. También tenemos una psicóloga que nos ha ayudado en este camino y más o menos vamos saliendo adelante.
A lo largo de los años, ¿cuál ha sido el momento más complicado?
— Lo más complicado fue cuando llegó a casa. Adoptarla cuando tenía un año nos obligó a que nos acopláramos los unos a los otros. Nos obligaba a estar siempre pendientes y fue complicado emocionalmente. Lo fuimos superando a medida que se fue haciendo mayor y entendió que no podíamos estar siempre por ella. La escuela nos ayudó y también que empezara a tener amiguitas y padres con quienes compartir experiencias.
¿Qué os hace reír juntos?
— Cuando fuimos a China a buscarla, Laia tenía todas las emociones bloqueadas. Era una niña que no reía, no lloraba, no manifestaba ninguna emoción. Su padre, como es payaso, tenía en mente que debía hacerla reír como fuera. Le hacía cosquillas, muecas, de todo, pero no lo consiguió. Ahora que ya es mayor, cuando lo recordamos, nos hace reír.