Esto no es Suecia (¡o sí!)

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Cartel de zona escolar en Suecia.
15/10/2026 - 07:03 h
Director de la Escuela Jacint Verdaguer de Canovelles

A Suecia le pasó una cosa incómoda: durante años vivió del prestigio de un sistema educativo que ya no obtenía los mismos resultados. PISA 2012 lo hizo difícil de ignorar: 478 puntos en matemáticas, 483 en lectura y 485 en ciencias. Seis años después eran 502, 506 y 499. La media explica solo una parte de la historia. En matemáticas, entre el 2012 y el 2018, el porcentaje de alumnos por debajo del nivel básico bajó 8,3 puntos porcentuales y el de los que alcanzaban los niveles más altos creció 4,6. TIMSS apuntaba en la misma dirección: los alumnos suecos de 8.º pasaron de 484 puntos en 2011 a 501 en 2015.

Convertir esto en otro milagro nórdico sería falso. No hay ninguna reforma a la cual podamos atribuir aquellos puntos, y algunas decisiones importantes habían comenzado antes del 2012. Lo que sí que encontramos es un país que asumió que la tendencia no era inevitable y empezó a tocar piezas concretas del sistema.

En 2011 entró en vigor el Lgr11. El currículo precisó los centralt innehåll, los contenidos centrales, y los kunskapskrav, los requisitos de conocimiento. Los métodos continuaban en manos de los docentes, pero quedaba más claro qué se esperaba que aprendieran los alumnos. Desde 2016, además, es obligatorio utilizar en primer curso materiales nacionales de evaluación en sueco, sueco como segunda lengua y matemáticas. Detrás hay una pregunta elemental: si un niño empieza a tener dificultades siete años después, ¿cuándo queremos saberlo?

La respuesta también pasó por la formación. El Matematiklyftet (una iniciativa que impulsó el gobierno) implicó, entre 2013 y 2016, a cerca de 35.000 docentes de más de 4.000 centros. Llegó al 87% de las escuelas de la enseñanza obligatoria y a una cifra equivalente aproximadamente al 75% del profesorado de matemáticas de la enseñanza obligatoria y secundaria superior. Los docentes trabajaban didáctica entre iguales, la llevaban al aula y después analizaban qué había pasado.

El Läslyftet (un programa oficial de formación continua para docentes en Suecia) aplicó una lógica similar a la lectura y la escritura. Entre 2015 y 2020 llegó aproximadamente a una cuarta parte de los docentes y personal de preescolar del país. No podemos afirmar que estos programas expliquen la recuperación de PISA; la evaluación del Matematiklyftet (un programa oficial de formación de matemáticas para docentes en Suecia) no midió su impacto causal sobre los resultados. Sí muestran qué significa intentar transformar la práctica a escala de sistema.

También se movió la profesión docente. El Parlamento aprobó en 2011 la lärarlegitimation, la acreditación profesional. En 2013 llegó el förstelärare, con unos 5.000 SEK mensuales adicionales de financiación estatal por plaza. En 2016 el Lärarlönelyftet destinó 3.000 millones de coronas anuales a salarios docentes. En 2017 ya había llegado al menos a 65.369 profesores, con un aumento medio de 2.600 coronas al mes.

En 2019 entró en vigor la garantía Läsa, skriva, räkna: leer, escribir, contar. La legislación establece detección desde förskoleklass (cuando tienen seis años) y primer curso, intervención cuando aparece riesgo de no alcanzar los aprendizajes y seguimiento posterior. El nombre tiene una virtud casi provocadora: deja claro qué no puede esperar.

La historia sueca tiene un asterisco importante. En PISA 2018 Suecia excluyó el 11,09% de la población objetivo, muy por encima del umbral del 5% de los estándares PISA. En 2021 la Riksrevisionen detectó deficiencias en el seguimiento de aquellas exclusiones. Y en 2022 los resultados volvieron a bajar: 482 puntos en matemáticas, 487 en lectura y 494 en ciencias, esta última aproximadamente estable respecto a 2018. Esto es precisamente lo que hace útil el caso sueco. La mejora educativa no queda ganada para siempre. Y entonces sí: Cataluña.

En PISA 2022 obtuvimos 469 puntos en matemáticas, 462 en lectura y 477 en ciencias. El informe que la OCDE ha dedicado este julio a nuestro sistema reconoce una base institucional sólida y el compromiso con la inclusión, pero también constata la bajada de los resultados y dificultades para que las políticas lleguen con la misma fuerza a todas partes.

El diagnóstico importa. Después de tantos diagnósticos, sin embargo, me interesa más una pregunta: ¿qué hacemos el lunes?

Cataluña ya está reforzando matemáticas, lectura y evaluación. Ahora toca conseguir que estas prioridades duren lo suficiente para entrar de verdad en los centros y que los datos nos permitan saber qué funciona. Si cada curso volvemos a empezar, acumularemos programas sin acumular aprendizaje institucional. Suecia no encontró ninguna fórmula secreta. Durante unos años demostró una cosa más útil: una tendencia que parecía instalada podía cambiar. Esto no es Suecia. Y no hace falta que lo sea.

Pero si mirar hacia el norte nos ayuda a dejar de tratar los resultados educativos como una fatalidad y empezar a tratarlos como una realidad sobre la cual podemos actuar, quizás sí que hay alguna cosa sueca que vale la pena importar.

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