Sandra Bruna: "Lo que parece que solo pueda pasar en los pueblos, antes también pasaba en Barcelona"
Los libros han estado siempre en su familia y desde pequeña le han gustado las letras, hoy es agente literaria y hace veinticinco años creó la Agencia Literaria Sandra Bruna
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Sandra Bruna (Barcelona, 1973) es agente literaria. Hace veinticinco años creó la Agencia Literaria Sandra Bruna y representa a más de un centenar de autores.
Creció en la calle Nápoles, en la Dreta de l'Eixample, que asegura que ha cambiado mucho con los años. “Era un barrio que era barrio. Recuerdo a Miquel, el señor del quiosco, el fontanero que venía a casa a arreglarte las cosas... Aquello que ahora parece que solo pueda pasar en los pueblos, antes también pasaba en los barrios de Barcelona”, explica. Bruna fue a la escuela del Sagrat Cor, en la plaza Tetuan. “Era una niña muy estudiosa, pero las ciencias me costaban mucho. Tenía que poner mucho de mi parte para las mates, la química, la física, y aquello fue un proceso duro. En cambio, todo lo que era literatura me iba muy bien. Muchas veces me premiaban por el esfuerzo más que por los resultados, sobre todo en la línea de ciencias, porque veían que realmente me esforzaba mucho”, recuerda.
Por las tardes hacía ballet. Explica que desde muy pequeña hasta los 18 años hizo danza clásica y también danza popular, actividades que le dieron disciplina. "Era poco deportista para el resto, pero la danza me gustaba –asegura–. Me ayudaba con todo, también con cómo me tomaba los estudios".
Explica que los libros han estado siempre en la familia. “Mi tía fue directora editorial de Penguin Random House y siempre nos traía libros. El padre es un superlector y ha intentado que la lectura estuviera presente. Lo ha conseguido con mi hermana y conmigo, con el resto de la casa no, porque la madre no es lectora y mi hermano tampoco", dice. "A él le gustaba escribir, y a mí también. Recuerdo en Sant Pol, donde todavía veraneo, que nos poníamos en la terraza después de comer y hacíamos retos de escritura juntos”, explica.
De pequeña, cuando le preguntaban qué quería ser de mayor no lo tenía claro: "Opté por filología porque lo que más me gusta son las letras, pero sin saber si acabaría siendo maestra o si el mundo editorial sería parte de mi vida”. Hasta que una casualidad marcó su futuro. “La madre trabajaba de contable en la agencia literaria de Mercedes Casanovas, y me dijo: «Necesitan a alguien para hacer paquetes: ¿por qué no empiezas ya en julio?» Empecé de mensajera con 18 años y fui progresando hasta llevar el departamento internacional. Estuve diez años aprendiendo el oficio”.
El oficio de su vida
Compaginar el trabajo y los estudios la angustiaba y su tía le aseguró que la carrera la haría trabajando en la agencia. "Fue así. Y por eso aún tengo alguna asignatura pendiente de filología. Ser agente es un oficio, no se aprende en la universidad, se aprende trabajando", asegura Bruna.
Con 28 años montó su propia agencia. “Con los 10 autores que tenía decidí dar el paso, sin tocar nada de Mercedes, porque ella me había dado la oportunidad”. Con el tiempo se unió la familia. “Mi madre y Roger, mi hermano pequeño, entraron enseguida, en la parte financiera. Después mi padre, que era comercial: cuando se prejubiló, como era gran lector, le pusimos el oficio de leer las nuevas voces. Y me dijo: «Me he dado cuenta de que este era el oficio de mi vida». Uno puede descubrir su vocación a cualquier edad. Y cuando la agencia creció mucho, Berta, la hermana mediana, que estaba en el sector editorial, entró como mi mano derecha”.
“La empresa es mía, pero acogí en ella a toda mi familia porque no hay mejores socios que los que son tuyos”, dice. Aunque también hay pequeños inconvenientes. “Las conversaciones familiares se transforman en conversaciones de trabajo, días de Navidad que al final los niños tocan la copa y dicen: «¡Escuchad, parad de hablar de libros!»”