Angélica Liddell: "Para mí turismo y fascismo son lo mismo"
La dramaturga presenta su primera novela, 'El silk road', y el poemario 'Pido el fin de la vida' en la Bienal de Pensamiento
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BarcelonaAngélica Liddell no quiere que la entierren, sino que la devoren: "Si me muero ahora mismo, tiradme para que me descuarticen y se me coman", ha dicho esta tarde en la conversación que ha cerrado la primera jornada de la Bienal de Pensamiento. "Me gustaría ser víctima de canibalismo. En el fondo el erotismo tiene mucho de canibalismo. Que no quedara nada para enterrar, que quedara en los estómagos, que pasara a la sangre, a las células", ha remachado Liddell, que ha conversado con la escritora Luna de Miguel para presentar su primera novela, El silk road (Malas Tierras), y el poemario Pido el fin de la vida (La bella Varsovia). Si no, le gustaría acabar en el cementerio de Montparnasse, donde visita referentes como Marguerite Duras, Samuel Beckett, Baudelaire y Cioran, "con una lápida que no diga nada". "Aunque da igual: aunque ponga el nombre, nadie sabrá quién soy", suelta.
En la charla, titulada Extraños en la ciudad, Liddell ha dicho que los cementerios son "el único tallo de rosa al que aferrarse, la única posibilidad de belleza" en unas ciudades donde la belleza "se ha ido chupando como un hueso de perro, por culpa de la barbarie turística". Por eso las vive a través de la literatura: "Cristina Morales decía que machismo y fascismo son lo mismo. Pues para mí turismo y fascismo son lo mismo". En México, Liddell fue a buscar la puerta donde Burroughs disparó por accidente a su esposa y recorrió el Turín de Cesare Pavese hasta el hotel donde se quitó la vida: "Estaba en el mismo proceso: el mismo proceso de duelo, el mismo proceso de muerte". También ha elogiado a Roberto Bolaño: "Con Bolaño llegas a Barcelona y la ves diferente, la ves a través de los ojos de Bolaño".
Lo que la cautiva son las "catedrales humanas". "Los cascos antiguos no son más que nidos de vacío y cáscaras", pero "si sabes mirar" están las personas "que viven en los márgenes más absolutos de la sociedad", una idea que relaciona con el Diario de un ladrón, de Jean Genet, y con la protagonista de la novela, una gaijin. "De nada me sirve ver una catedral bonita con 500 estúpidos a mi alrededor", dice. Pero alerta que la extrema derecha se aprovecha: "Pasolini decía que si ahora mismo llegaran los nazis encontrarían todo el teatro hecho. Hay un fascismo del hombre común que se ha extendido".
A partir de La frontera, de Can Xue, sobre los desplazados por la presa de las Tres Gargantas, ha hablado del desarraigo y la xenofobia. "Soy una ciudadana europea muy integrada", dice. Pero ha recibido "el racismo más feroz y más nazi en Estocolmo". "Sentir el racismo es una oportunidad enorme. Si siempre estás en el lugar adecuado, te conviertes en una conformista".
El silk road nace de una "pasión irracional y delirante" por Japón, que vive como "un amor no correspondido": "Los japoneses tienen una cultura absolutamente racista que nosotros no toleraríamos. Nuestra sociedad es mucho más hipócrita".
Para terminar, ha defendido que los dos libros no son contradictorios: "El deseo de muerte me acompaña desde que nací, es mi enfermedad. Esta sensibilidad insoportable me acerca a las cosas que conmueven el corazón. Sé que las películas de Bresson son bellas. No quiero sufrir de más, y sé que la belleza me hace sufrir. Como dice Tracey Emin, el arte me ha salvado. Y ahora, al final, se revuelve como un escorpión extraño".
La mirada "herética" de Alessandro Baricco
El italiano Alessandro Baricco es considerado uno de los grandes autores y pensadores de las últimas décadas, por novelas y ensayos como Océano mar, Seda, City, Los bárbaros, The Game o Lo que estábamos buscando. Aunque quizás son menos populares, Baricco también es autor de diversos ensayos musicales, fruto de una pasión que se remonta a su adolescencia y que llega hasta la actualidad con el libro que ha presentado esta tarde dentro de la bienal, durante una conversación con el compositor Joan Magrané, Breve historia herética de la música clásica (Ara Llibres, Feltrinelli en castellano). "La idea de música clásica tal como la tenemos hoy la inventó la cultura alemana a principios del siglo XIX. Antes no existía", afirma Baricco, que atribuye al destino su pasión por la música desde que era un adolescente.
Una de las claves de la charla ha sido cómo los músicos anteriores no tenían en mente la idea de progreso. "Hoy lo que es muy interesante es que este sistema de valores, el progreso y el dominio del hombre sobre todas las cosas, ha entrado en crisis total –dice Baricco–. Y la música clásica dice justamente esto: el dominio del hombre sobre los sonidos. Ahora que nos da vergüenza el dominio del hombre sobre la naturaleza, ¿cómo lo hacemos con la música clásica? ¿Cómo puedes decir a un joven: «Ven a un concierto donde te haré sentir cómo el hombre ha devastado la naturaleza enjaulándola, estrechándola, reduciéndola a escalas, hasta convertirla en un lenguaje propio»? Cuando, en realidad, simplemente era el resplandor de una perfección".