El titán Kiefer llega a Barcelona: "Solo tengo fe en el arte, sin él estoy perdido"

La Fundación Catalunya La Pedrera dedica al artista alemán una gran exposición monográfica

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'Opus Magnum - Dafne', de Anselm Kiefer
01/10/2026 - 23:10 h
  • La Pedrera. Del 2 de octubre al 24 de enero de 2027

Para el artista alemán Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945), considerado como uno de los grandes creadores de la segunda mitad del siglo XX, el arte es como una tabla de salvación. "Solo tengo fe en el arte, sin él estoy perdido", dice Kiefer, tal como se puede leer en un texto de pared al final de la gran exposición que le dedica la Fundació Catalunya La Pedrera a partir de este viernes y hasta el 24 de enero, titulada La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe. Con una afirmación como esta puede parecer que Kiefer tiene un momento de debilidad, pero en realidad es un artista titánico que, desde los últimos años 60, ha abordado con todos los medios que ha tenido al alcance el trauma del nazismo; y, más allá del Holocausto, ha forjado una cosmogonía muy amplia donde confluyen los mitos germánicos de los Nibelungos y el wagnerismo, el Antiguo Testamento y la mística judía de la Cábala. También la alquimia, las cosmologías sumeria y egipcia, la filosofía de Heidegger, el romanticismo de Hölderlin y Goethe y la poesía de Celan y Bachmann. "Kiefer dice de sí mismo que mira, a la vez, hacia el pasado y hacia el futuro, y eso solo lo puede hacer el arte", afirma el comisario de la muestra, Walter Smerling.

Kiefer nació dos meses antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial en el sótano de un hospital bombardeado, y ha hablado a menudo de su relación íntima con el nazismo, que era un tabú cuando lo empezó a abordar. "En la escuela el nazismo se enseñaba como si se tratara de Alejandro Magno, como un trozo árido de historia antigua. Y aunque mi padre había sido oficial durante la guerra, en casa no se hablaba de ello", recordaba Kiefer en una entrevista. "No se trata de si soy nazi, sino de si lo habría sido. Es algo importante que todos deberíamos saber", decía en otra entrevista. "Quería averiguar por mí mismo si el arte es posible, de alguna manera, después del fascismo –añadía en otra conversación–. Quería ver qué hay detrás del fenómeno de la apariencia del fascismo, detrás de su superficie, y qué significa para mí mismo el abismo del fascismo, porque esta historia forma parte de la realidad y también de mi propio descubrimiento. Quería representar lo inimaginable que hay en mí".

Una muestra excepcional

La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe, la primera gran exposición del artista en Barcelona, es una muestra excepcional, porque es una de las primeras veces que el ciclo de veintitrés vitrinas monumentales y seis fotografías titulado Opus Magnum, provenientes de la colección del empresario Hans Grothe, dialoga con un repertorio de pinturas del artista. Las unas y las otras se complementan. "Las vitrinas son espacios poéticos, también las podemos llamar palacios celestiales que funcionan como archivos de memoria –dice Smerling–. En un tiempo como el de hoy en el que el conocimiento cada vez se guarda más digitalmente y se organizan redes invisibles, es muy importante encontrar estas respuestas, o comunicaciones, o ideas poéticas. Estos invernaderos son las contraposiciones analógicas a nuestro mundo digital".

Detalle de una de las pinturas de Anselm Kiefer en homenaje a Robert Fludd.

Un narrador muy especial

A veces Kiefer ha dicho que es un escritor frustrado y que el hecho de narrar es esencial en su obra. Uno de los puntos álgidos del recorrido lo forman una vitrina sobre el traslado milagroso de la casa de la Virgen de Nazaret al santuario de Loreto y la pintura de un águila monstruosa evocadora de los ángeles que se llevaron la casa. ¿Pero qué pasa si uno no tiene tantas referencias históricas y artísticas? "Kiefer aporta el 60% de la comprensión de la obra, mientras que el 40% lo tienen que poner los visitantes, ya que reconocen lo que ven y eso les incita a entenderlo", dice el comisario. "Si estudias a Kiefer tienes que estar dispuesto a entrar en él –añade–. A mí y a muchos de mis amigos nos pasa que cuando entramos en un espacio de Kiefer nuestro sistema nervioso vegetativo está estimulado, y el sistema vegetativo no tiene nada que ver con la mente, sino que es una cosa que no podemos controlar, y las imágenes, por el motivo que sea, nos sobrecogen".

En la entrevista incluida en el catálogo, Kiefer se muestra particularmente elusivo a la hora de dar pistas para interpretar sus obras. Aun así, en el folleto de la muestra hay algunas. La ceniza puede hacer referencia a la transformación alquímica y, también, a los crematorios y el Holocausto. Los girasoles son símbolos de la conexión entre el cielo y la tierra, y la paja evoca un escenario vulnerable de la historia de la humanidad. Las serpientes representan el peligro, la tentación y el pecado y, también, la regeneración después de la destrucción.

Además de las vitrinas, la muestra incluye el ciclo de pinturas que da título a la muestra, que es un homenaje al médico, naturalista y filósofo del siglo XVII Robert Fludd, que concebía el mundo como un sistema interconectado en el que plantas, estrellas y conciencia humana estaban vinculadas. "¿Cómo nos tratamos los unos a los otros en este tiempo en el que pasan tantas cosas? Entre las estrellas y los humanos, entre la infinitud y la transitoriedad, se despliega un espacio de pensamiento que el arte de Kiefer abre una y otra vez. Desde mi perspectiva, es él quien crea nuevas ideas, aunque sean paradojas, pero son nuevas ideas", dice el comisario. Y el recorrido termina con libros del artista y un audiovisual donde se puede ver el impresionante estudio-finca de 40 hectáreas que Kiefer tiene en Barjac (Francia).

Esta exposición es un hito en la trayectoria de la fundación. "Hemos conseguido representar toda la complejidad de sus obras, entre las vitrinas, las pinturas, las esculturas y los libros", afirma Marga Viza, la directora del área de cultura de la fundación.

Anselm Kiefer en La Pedrera durante el montaje de la exposición.

En cuanto a las actividades paralelas, incluyen una visita al pabellón Kiefer de la colección Sorigué, con tres pinturas monumentales, en la gravera de la Plana del Corb. Y hace dos meses que el Museo Hortensia Herrero de Valencia inauguró una gran exposición de Kiefer que expone obras como la monumental Danaë, una reproducción de más de trece metros de anchura el interior del aeropuerto berlinés de Tempelhof, que acogió los horrores del nazismo.

La colección de Hans Grothe

Con un centenar de obras, la de Hans Grothe es una de las colecciones de Kiefer más importantes del mundo. Grothe era originario de Duisburg. Provenía de un entorno humilde: su padre era minero. Tras el bachillerato trabajó como aprendiz de albañil y estudió arquitectura en Tréveris. Más adelante se hizo empresario del sector inmobiliario e inversor. A diferencia de otros colegas, Grothe se apasionó por el arte y forjó una gran colección con algunos de los grandes artistas alemanes de la segunda mitad del siglo XX, entre los cuales se encuentran, además de Kiefer, Georg Baselitz, Sigmar Polke, Markus Lüpertz y Gerhard Richter.

La historia de la colección de Grothe tiene miga, porque en 2004 dejó a todos boquiabiertos al venderla entera, salvo las obras de Kiefer. El mismo coleccionista explicaba que sabía que echaría de menos la colección y que el único remedio era un "trozo de patria", que representaban las obras de Kiefer. La amistad entre Grothe y Kiefer no era "ruidosa", como dice el comisario, sino una relación de "respeto mutuo". El mismo Kiefer, como se puede leer en el catálogo de la muestra, recuerda que Grothe tenía "muy buen ojo para la calidad de las obras", y lo consideraba casi como un "colaborador".

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