Boots Riley, el cineasta comunista que ha llevado la revolución a Sitges

El director y músico presenta al festival la sátira anticapitalista ‘I love boosters’

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El cineasta y músico Boots Riley en el Festival de Sitges.
14/10/2026 - 20:54 h

SitgesEn un Hollywood donde el socialismo es una palabra tabú e incluso Paul Thomas Anderson se resiste a hablar de política después de haber hecho una película tan política como Una batalla tras otra, directores como Boots Riley (Chicago, 1971) son una rara excepción. "Por si no resulta evidente viendo mi película, soy comunista y creo que el pueblo debería controlar democráticamente la riqueza que genera el trabajo. Y para cambiar las cosas, obviamente es necesario luchar. Necesitamos huelgas generales", ha afirmado este miércoles en el Festival de Sitges después de presentar allí la comedia fantástica I love boosters.

En un festival donde el consenso estético de aficionados y cineastas se sitúa en el color negro, Riley destaca por un colorido y atrevido sentido de la moda que delata su pasado como músico de hip-hop y líder de la banda The Coup, proyecto que ha quedado en segundo plano a raíz del éxito de su primera película como director, Sorry to bother you (2018). El cine de Riley, de hecho, es igual de singular que él: una combinación exuberante de comedia surrealista, música negra, ciencia ficción y análisis marxista. Como I love boosters, un Ocean’s eleven anticapitalista y afroamericano en el que tres mujeres que roban ropa en tiendas de lujo planean un gran golpe contra la empresa de una poderosa diseñadora.

“En Estados Unidos hay un proceso de demonización de lo que nosotros llamamos boosters, que son gente que vive de robar en tiendas de ropa y revenderla más barata –explica Riley–. Los sindicatos de policía pagaron campañas de publicidad y filtraron historias falsas a los medios para pintarlos como la escoria de la sociedad. Yo quería poner a la gente de su lado, y de ahí la idea de hacer una película de atracos, porque son excitantes y el público siempre quiere ver triunfar a los ladrones que desafían el sistema”.

La película introduce sin complejos argumentaciones sobre lucha de clases y materialismo dialéctico en un delirante patchwork cinematográfico con rascacielos inclinados, demonios que absorben el alma a través del cunnilingus, ingenios fantásticos que “aceleran la contradicción” y un desfile de moda que culmina en una huelga general. “No soy uno de esos artistas a los que no les importa si lo que hace le gusta a la gente. No, yo sí quiero llegar a la gente –reconoce–. El arte es comunicación, quiero compartir las ideas que me apasionan. Hago música o cine para transmitir estas ideas, y si no puedo, pues no haré arte. No quiero hacer cine solo por ser cineasta”.

Riley es hijo de una pareja de activistas sociales, y de los 15 a los 20 años militó en una organización comunista, el Partido Progresista del Trabajo, y mientras estaba en el instituto organizó una protesta contra los recortes educativos que movilizó a miles de estudiantes. “Aquello me llevó al comité central del partido, donde coincidí con gente de más de 60 o 70 años que habían sido comunistas desde los años 20 o 30, incluso una mujer rusa que de pequeña había vivido la Revolución Rusa –recuerda–. Aquella experiencia dio forma a mi estética: si después hice música fue gracias al comunismo. Y no tengo nada que ver con la izquierda americana que desde los años 60 se olvidó de la lucha de clases y se desconectó de la clase trabajadora”.

Riley asegura ser consciente de la contradicción que supone hacer cine comunista y llamar a la revolución en una película producida por un estudio de Hollywood. “Pero también es contradictorio defender una idea muy de izquierdas, quedarte muy satisfecho por tu discurso y no hacer nada para llevarla a la realidad”, espetó. El director recuerda que el famoso panfleto de Lenin ¿Qué hacer? se inspiró en una novela homónima del filósofo utópico ruso Nikolái Chernyshevski. “El arte no puede cambiar nada por sí mismo, tiene que estar conectado a campañas y organizaciones. Pero podemos mostrar cómo se pueden cambiar las cosas. El arte puede ser instructivo”.

Boots Riley en el Festival de Sitges.

Al final de I love boosters,una huelga de los trabajadores de una empresa de moda inspira una huelga general en todo el mundo que pone contra las cuerdas al capitalismo. “A la revolución no solo se llega tomando las armas. Antes de 1917 hubo un montón de huelgas en Rusia, y todo el mundo habla del Che y de Fidel, pero antes de la Revolución Cubana hubo una gran huelga general”, dice Riley, que subraya que “el arte que se limita a decir que el mundo está jodido no sirve de nada”. “Quizás mi película es poco sutil –insiste–, pero nadie podrá decir que sea aburrida”.

Robert Eggers y el hombre lobo medieval

Once años después de visitar el festival para presentar en él su debut, el director Robert Eggers ha vuelto a Sitges para recibir el premio Máquina del Tiempo. "Estuve aquí con La bruja, la película que me cambió la vida", ha recordado Eggers, uno de los grandes cineastas de terror actuales, a quien no hay nada que le guste más que estar en un festival de cine de género, "especialmente si es Sitges, donde el público ama el cine de género y aprecia su belleza con entusiasmo".

Eggers ha recompensado al público de Sitges con un avance de su próxima película, Werwulf, una historia sobre licantropía ambientada en la Inglaterra rural del siglo XI. "Sois los primeros de Europa en ver estas imágenes", ha dicho sobre una escena protagonizada por Aaron Taylor-Johnson y Willem Dafoe hablada íntegramente en inglés antiguo. "El pasado me gusta tanto como el horror, quizás incluso más –ha confesado durante un coloquio posterior con el director del festival, Ángel Sala–. En cualquier caso, los monstruos clásicos funcionan mejor en la época en la que la gente creía en su existencia".

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