Marion Cotillard: “Me da mucho miedo que un día me emocione un actor hecho con IA”

La actriz presenta ‘7h40 ce matin-là’ en el Festival de San Sebastián el mismo día que Mikel Gurrea estrena ‘Sants’, con Victoria Luengo

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Marion Cotillard en el Festival de San Sebastián.
24/09/2026 - 19:34 h
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Enviado especial a San SebastiánCinco años después de recibir el Premio Donostia, Marion Cotillard ha vuelto al Festival de San Sebastián, pero esta vez para luchar por la Concha de Oro con la intriga familiar atravesada por la política 7h40 ce matin-là. En el filme interpreta a una antigua revolucionaria de izquierdas que, después de 15 años en la cárcel, se reencuentra con el hijo que abandonó por la lucha armada, que ya es adulto y trabaja como mecánico en un taller. Como en el thriller de sectas Karma, que presentó en el pasado Festival de Cannes, Cotillard se aleja de su glamurosa imagen de embajadora oficial de Chanel. Aquí es una mujer dura y opaca, que busca un trabajo de camarera en un pueblo de provincias para estar cerca de su hijo y observarlo; a veces habla con él, pero sin revelar nunca su identidad, como una espía silenciosa y con una agenda secreta.

“Siente un amor infinito por su hijo, pero el anhelo por cambiar el orden establecido la desvió de su camino como madre –ha reflexionado Cotillard en San Sebastián–. Sin embargo, ella toma medidas para que su hijo tenga una vida normal, aunque eso implique separarse de él completamente. Fue una decisión difícil, la más importante de su vida. Pero la verdadera revolución es el hecho de ser madre y su viaje, casi interior, para recuperar lo que más le importa”. La actriz no se ve con fuerzas de criticar la apuesta por la lucha armada que de joven hizo su personaje: “La violencia siempre engendra violencia, pero es complicado juzgar esta decisión, porque la violencia revolucionaria suele provenir de otra violencia que no se acostumbra a mencionar, que es la derivada de una condición o situación política. Y en este caso, la reacción violenta me parece tristemente lógica. Cuando llegas a este nivel de cólera y frustración, es difícil no expresarte a través de la violencia”.

La actriz también ha opinado sobre los cambios en la industria del cine, como la aparición de las plataformas y la amenaza de la IA generativa en sus aplicaciones cinematográficas. “Me da mucho miedo que un día me emocione un actor hecho con IA, pero de momento actúan como patatas –asegura–. La IA puede ser una herramienta formidable en muchos ámbitos, pero en el arte me desconcierta. ¿De qué sirve hacer películas con falsos actores que no tienen la experiencia que aporta la vida? No creo que la IA pueda sustituir nunca a un corazón que late”.

Victoria Luengo en la ciudad de los santos

La jornada ha dejado otro regreso al festival, el de Mikel Gurrea. Después de estrenarse como director con Suro, ahora opta por segunda vez a la Concha de Oro con un heterodoxo drama familiar teñido de noir y cargado de ideas que le confirman como un cineasta singular en el panorama del cine catalán: impregnado del naturalismo de la nueva generación de directoras pero con vocación evidente de jugar con los géneros y tejer múltiples capas de significados sobre las historias.

Sants, que se ambienta en el mismo barrio barcelonés –donde también vive el director vasco–, toma las convenciones del cine negro y de las películas de robos y las proyecta sobre la historia de una mujer (Victoria Luengo) que regresa a su ciudad para cuidar a su madre enferma (Ariadna Gil), carga que le ahoga y que no sabe cómo gestionar. Robar una pequeña icona religiosa la pone en contacto con una banda de ladrones especializados en estas figuras, un grupo liderado por una mujer enigmática (Eulàlia Ramon) donde también encuentra una inesperada comunidad que cuida de ella y de su madre: una especie de estado del bienestar al margen de la sociedad. Con ellos planea un gran golpe en un conjunto de tres iglesias de, precisamente, la ciudad de los santos: Vic.

La semilla de Sants está en el deseo de Gurrea de rodar en su barrio y en el hecho de interrogarse sobre el origen de su nombre. “Cuando supe que procedía de la iglesia de Santa Maria dels Sants fui a verla varias veces y siempre la encontraba cerrada –recuerda–. Esto me llevó a pensar en el porqué de cerrar una iglesia y la necesidad de proteger sus tesoros, y también en cómo los iconos religiosos pueden ser objetos a reverenciar por los ladrones. Al fin y al cabo, robarlas también es una especie de acto litúrgico, sincronizado y silencioso, una especie de culto invertido”.

El otro elemento que acabó de dar forma a la película es más personal y tiene que ver con los 700 kilómetros que separan al director de sus padres. “Ya tienen una edad y han tenido episodios de enfermedad –explica–. Yo he tenido que navegar como hijo la idea de dónde quiero estar y dónde debo estar. No soy católico, pero en nuestra cultura arrastramos un fuerte legado de culpa y sacrificio”. En cualquier caso, lo que a Gurrea le interesaba más era explorar “el viaje del deber al querer” a través del arco del personaje de Luengo, actriz con quien se reencuentra después de su explosivo papel en Suro. Aunque no escribió con la actriz en mente, el director reconoce que “inconscientemente sabía que era ella” y que, después de un par de versiones del guion, fue evidente. “Es una gran amiga y nos entendemos muy bien –dice–. Y ella se involucró mucho en el proceso mucho antes de tener el guion definitivo”.

Pero la gran sorpresa actoral de Santses el papel pequeño pero esencial de una Ariadna Gil a quien cuesta recordar una interpretación tan descarnada y visceral como esta. “Es verdad que no hemos visto nunca a Ariadna como en Sants, no era una opción nada obvia, pero nos apetecía mucho y a ella le gustó mucho el guion –explica Gurrea–. Y no nos centramos solo en la cuestión de la enfermedad, porque aunque la degradación está ahí, había que ver que podía ser simpática y a la vez cañera y alborotadora, y que tiene mucha dignidad pero también mucho miedo”.

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