Marion Cotillard, una superviviente traumatizada en el Alt Empordà
La actriz protagoniza el 'thriller' de Guillaume Canet 'Karma', rodado en El Port de la Selva
Enviado especial al Festival de CannesSetenta y cinco años después de Pandora y el holandés errante, la Costa Brava sigue siendo un polo de atracción para los rodajes internacionales. Pero esta vez no vemos a Ava Gardner paseándose por Tossa de Mar sino a Marion Cotillard por el Port de la Selva, en una de las películas que se presentan estos días fuera de competición en el Festival de Cannes, Karma, dirigida por su ya exmarido Guillaume Canet, con quien se separó poco después de rodar la película.
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Karma, Cotillard se aleja de registros glamurosos para interpretar a una mujer que trabaja en una conservera de pescado y vive con un carpintero argentino (Leonardo Sbaraglia) en un pueblecito del Empordà donde parece que el único que habla catalán es el cura y donde, cuando hay una procesión religiosa, una vecina sale al balcón a cantar una saeta. La Jeanne bebe demasiado, a menudo falta al trabajo y tiene una relación más intensa de lo normal con su ahijado, que en realidad es el hijo que tuvo justo después de huir del culto religioso endogámico en el que creció, dominado con mano de hierro por un Denis Ménochet imponente y monstruoso. Traumatizada por la experiencia, la Jeanne tiene un comportamiento tan inestable que, cuando su hijo desaparece mientras ella lo vigilaba, el comisario que investiga el caso (Luis Zahera) sospecha inmediatamente de ella, que decide volver a Francia y enfrentarse a su pasado.
Cotillard exhibe solidez en una historia que Canet escribió para ella pero en la que queda claro, como ya pasaba en Lazos de sangre (2013), que por mucho que al director francés le gusten los thrillers, no tiene garra como narrador de historias que pidan fuerza e intensidad. Tampoco ayuda que algunos de los giros de guion que dan forma a la intriga chirríen por inverosímiles, a pesar de que el buen trabajo interpretativo de la protagonista y Ménochet consigue sostener el interés de la película hasta su previsible final.
La experiencia migrante en Barcelona
Cataluña también es uno de los escenarios principales de Ceniza en la boca, el film dirigido por el también actor Diego Luna que se ha presentado en la sección no competitiva Special Screenings. Basado en el libro homónimo de Brenda Navarro, la película acompaña a Lucila, que se marchó de México a Madrid siguiendo los pasos de su madre y para ganarse la vida como puede con trabajos abusivos mientras cuida de un problemático hermano pequeño, hasta que un día se cansa, hace las maletas, rompe con su madre y se marcha a Barcelona. Allí los trabajos son igual de precarios, pero al menos vive en un piso con otras chicas y, sin cargas familiares, puede salir de fiesta, conocer chicos y sentir que vive la vida de una chica de su edad, un sueño que se acaba cuando la tragedia llama a la puerta.
Parece mentira que sea un mexicano como Luna quien haya acabado haciendo el mejor retrato cinematográfico de la inmigración latinoamericana en Cataluña. Ceniza en la boca captura sin paternalismo ni impostación las dificultades que enfrentan los migrantes en nuestra casa, pero también la energía y las ganas de vivir de quien no se quiere resignar a una existencia gris, o como dice el hermano de Lucila, “anomás sobrevivir”. Y el tramo final de la película, que transcurre en México, es lo suficientemente honesto para enmarcar la problemática en un contexto más grande y profundo: la violencia sistémica de un tipo u otro que han de afrontar la mayoría de los migrantes tanto si vuelven a su país como si no.