El dolor de poner voz al verdugo: el intérprete de Núremberg que perdió a sus padres en Auschwitz

Una exposición en el Instituto Goethe recupera las historias de los jóvenes que hicieron posible por primera vez un juicio en cuatro idiomas

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Waltraud Hofer y Emma Soler con una de las fotos del juicio de Núremberg que se puede ver en la exposición

BarcelonaPatricia Jordan tenía 21 años y se acababa de graduar en la Escuela de Interpretación de Ginebra cuando la seleccionaron para hacer de intérprete en los juicios de Núremberg. Era la primera vez en la historia que se hacía una traducción simultánea. "Esto de hablar por un micrófono y estar oyendo a la vez una voz incorpórea a través de los auriculares era algo profundamente inquietante. Fue mi primer trabajo y el más importante. Fui con el entusiasmo inocente de mis 21 años. Cuando volví a casa cuatro meses después, había envejecido diez años, y sí, ya era intérprete", escribió Jordan.

Entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, en el Palacio de Justicia de Núremberg, se celebró el primer juicio internacional por crímenes de lesa humanidad. Con cuatro idiomas oficiales (inglés, francés, ruso y alemán), la traducción consecutiva tradicional habría alargado el proceso más de cuatro años. Gracias a la interpretación simultánea, duró tan solo once meses.

"Se sabe muy poco de todos estos hombres y mujeres que vieron nacer un nuevo oficio y que tuvieron que poner voz a crímenes tan atroces. Era difícil encontrar las palabras en los diferentes idiomas, y no hundirse mientras se les daba voz, porque un intérprete tiene que ponerse en la piel de quien está traduciendo", destaca la intérprete Emma Soler, que, con la también intérprete Waltraud Hofer, ha traído al Instituto Goethe de Barcelona la exposición Un juicio, cuatro idiomas, impulsada por la Asociación Internacional de Intérpretes de Conferencia (AIIC).

Hasta el 15 de diciembre —también hay visitas guiadas—, la exposición recuerda la gesta y pone rostro, nombres y apellidos a aquellos pioneros que, en equipos de tres y desde cabinas improvisadas con tecnología de la época, iniciaron una nueva profesión. "Sin ellos, el impacto y las consecuencias del juicio habrían sido bastante diferentes", destaca Soler.

Algunos de los intérpretes en las cabinas de los juicios de Núremberg.

El proceso de selección

En aquel momento no existía prácticamente nadie que tuviera experiencia ni se hubiera formado en interpretación simultánea. El reclutamiento de los pioneros se tuvo que improvisar mediante anuncios en la prensa y pidiendo personal a las fuerzas armadas aliadas, sobre todo judíos que habían huido de la Alemania nazi y formaban parte del ejército de los Estados Unidos. No había mucho tiempo y se llamó a muchas puertas. Había también rusos que vivían en el exilio desde la Revolución de 1917 y estudiantes de traducción de la Escuela de Ginebra. No se reclutó a ningún alemán que no fuera judío. Todos tenían derecho a abandonar el juicio si no querían continuar, menos los intérpretes rusos que había reclutado la Unión Soviética.

Hofer recuerda el peculiar filtro de selección: "A todos los candidatos se les hacía un test: debían saber nombrar, en su lengua materna y en la de trabajo, diez términos de componentes de automóvil, diez de agricultura y diez de árboles o de pájaros. Después se hacía un simulacro de juicio en el desván del Palacio de Justicia para familiarizarlos con la terminología". Hubo 500 candidatos, de los cuales finalmente fueron seleccionados 36 intérpretes de cabina.

Trabajar desde las primeras cabinas improvisadas con tecnología pionera suponía convivir con interrupciones constantes y una fuertísima presión. Para muchos, era la primera vez que topaban con cierto vocabulario jurídico o militar, y había bastante desconocimiento de la jerga nazi —como el término de las SS—. Todo ello complicaba el trabajo diario. Una luz de aviso advertía a los testigos y acusados cuando hablaban demasiado rápido, pero el estrés y la importancia de lo que se decía podían ser angustiantes. "Una de las intérpretes llegó a manipular los cables con una pinza de pelo para provocar una avería técnica y ganar tiempo para recuperarse", detalla Hofer.

Las quejas de Göring

Además, los mismos procesados intervenían directamente cuando detectaban matices en la traducción con los cuales no estaban de acuerdo. Y ciertos matices eran polémicos. "Hermann Göring se quejó al fiscal Robert H. Jackson diciendo que no se debía traducir solución final del problema judío, sino solución completa", detalla Hofer. Göring alegó que cuando firmó la orden en 1941 se refería a una "solución global/completa" al problema mediante la emigración o la evacuación de los judíos fuera de Europa, y no al exterminio físico. Uno de los retos más difíciles para los intérpretes fue tener que traducir en primera persona enunciados como "yo ordené" o "yo ejecuté" y detallar, a continuación, todos los horrores cometidos por los nazis.

El intérprete Stefan Priacel escribió a su mujer en marzo de 1946: "El trabajo de intérprete en las vistas es sin duda el más difícil que he hecho en mi vida". Priacel explicó lo terrible que había sido su experiencia al traducir durante más de una hora a Julius Streicher, director de la revista antisemita Der Stürmer: "A través de un fenómeno de despersonalización del cual ni siquiera era consciente, me había identificado en cierta manera con una persona contra la cual todo en mí se rebelaba. Cuando Streicher terminó, supe que yo era intérprete", aseguró.

Esta distancia mental no siempre se podía mantener. Hofer relata el episodio vivido en la cabina rusa durante el interrogatorio del nazi Fritz Sauckel por parte del fiscal estadounidense Thomas J. Dodd: "Tatiana Stupnikova, que traducía al acusado nazi, y su compañero, que traducía al fiscal estadounidense, se metieron tan intensamente en el papel que se levantaron de la silla. Él le agarró el brazo a ella con tanta fuerza y dolor físico que a la chica le saltaron las lágrimas. El juez tuvo que detener la sesión al ver que algo grave pasaba en la cabina rusa", explica Hofer.

Un intérprete con los padres muertos en Auschwitz

Tener que escuchar durante horas los crímenes cometidos por los nazis y traducirlos en primera persona dejó heridas profundas. Los padres del intérprete Armand Jacoubovitch fueron deportados y asesinados en Auschwitz en 1942. Jacoubovitch tenía 30 años cuando tuvo que traducir en voz alta los crímenes cometidos contra su propia familia y se desmayó en la sala durante el testimonio de Göring. Como escribió su nieta en A fifty-year silence, el juicio le marcó para el resto de su vida y le convirtió en una persona solitaria. Su mujer le abandonó y se llevó a los dos hijos poco después de Núremberg.

No fue el único intérprete que había vivido en su propia piel el infierno nazi. Genia Rosoff había luchado con la Resistencia francesa y había sido deportada al campo de concentración de Ravensbrück. Liberada por la Cruz Roja en la primavera de 1945, plasmó su testimonio sobre el terror de los campos en el texto Durer (Durar). Cuando se disponía a retomar su vida como profesora de inglés, el ministerio de Justicia francés la reclutó para trabajar en el proceso de Núremberg. Desde la cabina francesa, traduciendo del ruso y del inglés, Rosoff se convirtió en una de las voces más destacadas del tribunal. "Es una de las mejores intérpretes que he conocido nunca", recordaba su compañera Marie-France Skuncke, quien destacaba su fortaleza mental extraordinaria. A pesar de su valentía, su hija explicó que su madre no quiso hablar nunca del juicio.

Waltraud Hofer y Emma Soler con una de las fotos del juicio de Núremberg que se pueden ver en la exposición en el Instituto Goethe.
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