Una absoluta falta de respeto
La verdad, el respeto y la lealtad se han convertido en símbolos de debilidad. Lo decía el psiquiatra Léon Wurmser y lo hace suyo Byung-Chul Han en el ensayo Sin respeto. Una crisis social (Edicions 62). Donald Trump, el hombre más poderoso del mundo, encarna a la perfección la mentira, la burla y la deslealtad: el descaro (falta de vergüenza) o, como dice el autor, "el hipermoralismo desmoralizador" de un petulante arrogante. Ahora mismo, solo hace falta ver qué está haciendo con Ucrania.
¿Dónde se refleja mejor esta inversión de los valores? En las redes sociales, donde "lo que domina no es el altruismo, sino un egoísmo ciego". "El humanismo no ha propiciado el paso al altruismo, sino al narcisismo. En lugar del amor, la resonancia y la empatía, imperan en ellas el odio y el resentimiento. Las redes sociales están a rebosar de linchamientos y discursos de odio", dice el pensador surcoreano establecido en Alemania.
Las formas son importantes. Ante una sonrisa y una mirada franca, presenciales, de entrada es difícil –o más difícil– responder con ira y desconfianza. El diálogo cara a cara, con sus rituales, aleja la burla y el insulto. "Los chats, anónimos y carentes de rostro, se pueden considerar diametralmente opuestos a los cafés del siglo XVIII, que se definían por la socialización ritualizada y por la cortesía", escribe Han. La pérdida de las maneras educadas y de los gestos amables –un "buenos días", un dejar pasar a una persona mayor– generan, o generaban, civilidad. La belleza conlleva belleza. La falta de un respeto básico y mínimo, de la atención hacia el otro, dan pie al menosprecio.
¿De dónde sale esta falta de respeto actual? Según Byung-Chul Han, es fruto del triunfo del individuo por encima de la idea de comunidad, una pérdida que se gestó en el paso de la sociedad ordenada por el sentido de justicia y la idea del bien común —en tiempos keynesianos y socialdemócratas— a la sociedad neoliberal basada en los conceptos de rendimiento y ganancia, como en la serie El juego del calamar."The winner takes it all". Lo que cuenta es el dinero y el poder; trumpismo en estado puro. Los perdedores se quedan sin nada y acaban dirigiendo su agresividad contra todos, incluidos ellos mismos. Se consumen en su propia furia. De ahí que les seduzcan los discursos resentidos y nihilistas de la ultraderecha, su revolución individualista destructora, y su búsqueda y magnificación de los enemigos: la clase política, los burócratas, los inmigrantes, los musulmanes...
¿Qué ha sido de la solidaridad, entre los que no salían adelante, la vieja conciencia de clase? ¿O de la compasión de los de arriba por los de abajo, la antigua caridad cristiana? Hoy, la actitud predominante consiste en mirar descaradamente por uno mismo. Los demás ya se las arreglarán: no creo en nada ni en nadie. El mundo es una selva. Y todo esto, claro, es incompatible con el respeto por los perdedores, a los cuales se culpabiliza de su desgracia. El sentimiento de comunidad, de empatía con el diferente o el marginado, está bajo mínimos. En realidad, estamos ante una masiva falta de respeto, de amabilidad, de tacto. En lugar de tacto hay maltrato. La vida colectiva vuelve a parecerse a la supervivencia atávica del más fuerte. Los vínculos sociales se han debilitado, los egos narcisistas se han fortalecido.
La realidad digital de las redes sociales ha sido decisiva en esta deshumanización. En una espiral de aceleración, el tipo de comunicación que se establece es a base de mensajes breves y directos, a favor o en contra, blanco o negro. No hay lugar para la discreción amable, para las buenas maneras, para el diálogo respetuoso y matizado, para la duda. ¿Ponerse en el lugar del otro? ¡Ni hablar! "Las personas se atrincheran detrás de sus opiniones, que confunden con su identidad", sintetiza Han. Así no hay manera de construir un diálogo democrático. "La sociedad se desintegra en tribus digitales que se insultan y se combaten", apunta, a la vez que nos advierte de que la libertad solo es posible desde el respeto al que piensa diferente, no desde el combate polarizado. Hoy las "tribus digitales" se comportan como las turbas fanáticas de antes: aclaman al líder propio y apedrean a los enemigos.
Estamos cayendo en la trampa trumpista de un mundo de enemigos en lugar de un mundo de amigos. La auténtica amistad se construye desde el respeto y la aceptación de la diferencia. La auténtica política democrática, también. La autoridad quiere respeto, responsabilidad y confianza. La alternativa a la autoridad es el autoritarismo.