Barcelona como madre y como abuela
En 'Si fuera una sibila', Maria Canelles Trabal confirma su vigorosa capacidad narrativa a partir de la historia de tres generaciones de una familia barcelonesa
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- Maria Canelles Trabal
- Angle Editorial
- 300 páginas / 20,90 euros
Con su primer libro, Contra la nostàlgia, Maria Canelles Trabal concitó una rara unanimidad crítica. En él se celebraron su sofisticación emocional, la madurez narrativa y el abanico de temas relacionados con la feminidad (el sexo, la maternidad, los vínculos familiares...) tratados con un punto de vista original. Para Si fos una sibil·la, su segunda novela, auguro una acogida similar. Canelles, ciertamente, tiene una vigorosa capacidad narrativa y sabe construir mundos simplemente sustentados por la palabra. Porque eso es lo que hacen sus personajes, hablar y hablar, y cuando no hablan ellos, habla el narrador. Este poderoso edificio verbal es convincente y provoca una lectura placentera.
Si fuera una sibila aborda la historia de tres generaciones de una familia barcelonesa. Amanda, dependienta de una librería, es hija de una escritora de culto, aunque autora unius libri. La madre de Amanda, Maria Mercè Paloma Soler, murió cuando ella era muy pequeña, pero pudo escribir antes la novela Com un crit de fàstic. Para Amanda, su madre supone un doble enigma: un enigma biológico y uno literario. Ella se ha criado, en realidad, bajo las alas de Clara, su abuela. Clara es uno de los personajes más atractivos del libro. Ha luchado por mantener a Amanda en su regazo hasta cuando ha podido y ha volcado en ella el amor que no pudo o supo proyectar sobre su propia hija. Clara Soler es muy de misa, pero también se ha psicoanalizado. Es un personaje a la vez moderno y tradicional, sometido también de alguna manera al hechizo de la literatura, incluso en materia de aventuras extraconyugales: “Anna Karènina tenía veintiocho años cuando vivió la gran historia de amor con el conde Vronski, y cuando yo cumplí veintinueve [reflexiona Clara] este dato me obsesionaba. Me evidenciaba que se me estaba acabando el tiempo. Por eso cuando apareció Robert en nuestras vidas me aferré a él. Acababa de cumplir treinta, entonces, y no quería que pasase más tiempo alejándome de las opciones de vivir una novela”.
Inaugurar un centro de arte con aceitunas
Más allá de la familia, por el volumen pululan otros personajes relacionados con el mundo de la «cultureta» barcelonesa. La autora es gestora cultural, y eso se nota en las minuciosas y a veces hilarantes descripciones de las ambiciones y las miserias de un grupo de personajes donde destaca quizá Màrius Plana, un dramaturgo que no acaba de consolidar su fama. Él y otros protagonizan la inauguración de un centro de arte que permite a la autora narrar con verosimilitud este tipo de ceremonias, con muchos discursos pero la crueldad añadida de que solo se disponga de aceitunas para picar (rellenas de anchoas de l'Escala, eso sí). En torno a Màrius Plana hay quizá una cierta displicencia narrativa, al anunciar el narrador un hilo que no lleva a ninguna parte. Alguien ha pintado por etapas delante de su casa el refrán “A todo cerdo le llega su San Martín” y Màrius, leyendo el caso de un director teatral que recuerda el episodio de abusos destapados en el Institut del Teatre en 2021 por este diario, revela una incomodidad. Esperaríamos que la pintada y este caso tuvieran un desarrollo ulterior en el relato, pero no es así.
Más allá de anécdotas, es evidente que Com si fos una sibil·la es una buena novela. Por su captación de la oralidad de los personajes, por la penetración psicológica, por el retrato de los ambientes artísticos de Barcelona y por abundar en la relación madre-hija, que es siempre un nudo gordiano. Está claro que esta relación, en el relato, no se resuelve, pero ¿se puede resolver definitivamente de alguna manera?