"Si buscas una novia por catálogo en Europa del Este, quizás te llevarás una sorpresa"

Maria Reva publica 'El último rastro', protagonizada por una bióloga que cría caracoles en peligro de extinción en Ucrania hasta que Rusia invade el país

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Maria Reva, durante la visita a Barcelona para presentar 'El último rastro'
05/11/2026 - 07:02 h

BarcelonaPocas novelas publicadas este año parten de una premisa argumental tan curiosa, arriesgada y divertida como la de El último rastro, de Maria Reva (Jersón, 1989), que Periscopi publica ahora en castellano traducida por Míriam Cano. Comienza como la historia de la obsesión de la bióloga Ieva por criar caracoles en peligro de extinción. Continúa a partir del día a día de Romeo Meets Yulia, la empresa de novias por catálogo en la que Ieva trabaja para financiar la investigación en moluscos gasterópodos. A partir de dos hermanas con las que la protagonista entra en contacto, Nastia y Solomia, accede a secuestrar a un grupo de hombres solteros para denunciar la misoginia del negocio y, de paso, descubrir quién se esconde tras la misteriosa desaparición de su madre. En plena aventura, además, la novela implosiona y se transforma en un libro totalmente diferente.

“Si quieres que sea sincera, nada de todo esto formaba parte del plan inicial de esta novela –comenta la autora–. El último rastro nació como un acto de furia y venganza después de lo que pasó con mi debut, Good citizens need no fear [Los buenos ciudadanos no necesitan el miedo]. El libro no tuvo ni tiempo de fracasar, porque salió el 10 de marzo de 2020, el mismo día que la OMS declaró la pandemia de covid-19 y menos de una semana antes del confinamiento global”. Reva había invertido varios años en explicar cómo era la vida en la Ucrania soviética, que conoció a través de los relatos de familiares y vecinos de Jersón, donde creció hasta que, a los 7 años, se marchó a Canadá con sus padres y su hermana.

“En solo seis semanas tuve el primer borrador de la novela, que transcurría en un pueblo ucraniano donde se descubrían minas de ámbar y los aldeanos empezaban a venderse propiedades para hacer negocio –continúa Reva–. En aquella versión inicial dedicaba 30 páginas al negocio de las novias por catálogo. Cuando releí el manuscrito me di cuenta de que justamente esa parte era la más interesante”. La autora decidió reorientar su proyecto, y fue así como profundizó en los personajes de Nastia y Solomia. La primera se ofrece como posible novia en la página web de Romeo Meets Yulia. La segunda es traductora. Ambas buscan recuperar a su madre, la activista feminista Iolanda Cherno, desaparecida desde hace ocho meses después de denunciar las sombras del negocio de poner en contacto a hombres occidentales con mujeres de Europa del Este.

Ir a buscar a la mujer perfecta

“Es un tema que ha avergonzado a las mujeres de estos países durante mucho tiempo —asegura—. Mientras crecía en Canadá, yo misma tuve que responder a la pregunta en diversas ocasiones. La inmensa mayoría de mujeres nunca ha formado parte de este juego. Durante el proceso de escritura de El último rastro me dediqué a leer muchos de estos libros autoeditados por parte de hombres occidentales que explican su experiencia de ir a Europa del Este a buscar a la mujer perfecta, porque en su país ya no pueden encontrarla: ya se sabe, a las mujeres occidentales nos ha arruinado el feminismo y la modernidad, somos agresivas y en realidad aspiramos a convertirnos en hombres, ¿verdad?”

Reva se propone darle la vuelta a “el relato de hacer realidad una fantasía masculina”. “Si buscas una novia por catálogo en Europa del Este, quizás te llevarás una sorpresa —avanza en relación al secuestro que planean las tres protagonistas de la novela—. En Ucrania, el feminismo tiene un largo recorrido histórico y creer que encontrarás fácilmente una pareja dócil y pasiva es un error”. El lugar donde Ieva, Nàstia y Solomia quieren encerrar a trece hombres tiene una importancia capital en la trama: es la caravana donde Ieva cría especies de caracol en peligro de extinción. “Antes de escribir El último rastro no tenía ninguna relación especial con los caracoles, pero un día leí un artículo largo en la revista The Atlantic, firmado por un periodista científico, Ed Yong, que me cautivó –recuerda–. Hablaba de la relación que los biólogos y cuidadores establecen con los últimos ejemplares de animales que están a punto de extinguirse y del peaje psicológico que tienen que pagar si no consiguen que se reproduzcan y mueren”.

El ritmo de los caracoles

Reva eligió los caracoles porque en los bosques de Ucrania hay especies muy diversas, que debido al cambio climático van disminuyendo, y también porque son animales sin ningún glamur. “En la escuela nos hablaban con admiración de animales peludos como los perros, los gatos y los gorilas o nos advertían del peligro que representaba encontrarse con una orca en medio del océano —recuerda—. Hay muchas especies que o bien se ignoran o que provocan más bien angustia”. Igual que le ocurre a Ieva dentro de la novela, Maria Reva desarrolló un amor particular por los caracoles. “Si los observas mucho tiempo, te das cuenta de que ellos, en realidad, no son lentos: se mueven a su ritmo —dice la autora—. Si haces el ejercicio contrario y estudias a un humano desde la perspectiva de un caracol, llegas a la conclusión de que somos nosotros quienes vamos demasiado rápido”.

En la página 149 de la edición catalana de la novela, el inicio de la invasión de Ucrania por parte de las tropas rusas hace añicos el mundo de las protagonistas y, de rebote, la narrativa que planteaba el libro hasta entonces. La historia se bifurca a partir de aquel momento entre la peripecia de Ieva y compañía y la experiencia de una autora de orígenes ucranianos que se esfuerza por escribir su segundo libro desde Canadá cuando, de repente, la guerra lo transforma todo. “Uno de mis maestros a la hora de hablar con humor de unos hechos tan traumáticos como los de la invasión es Kurt Vonnegut —reconoce Reva—. El último rastro no aspira a dar una visión global del conflicto, que ha cambiado mucho desde el inicio; quiere ser una instantánea de aquel inicio. En mi familia, todo el mundo se marchó del país excepto mi abuelo. Fue una temporada muy complicada, porque estábamos pendientes de lo que pasaba en Ucrania e intentábamos continuar con nuestras vidas en Canadá, un país donde el dolor no se exterioriza. Cuesta que la gente te pregunte por temas delicados, les hace sentir incómodos. En Ucrania, en cambio, podemos pasarnos horas comentándolos”.

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