Clementina Arderiu, una poeta a contraluz
Ahora que se celebran los cincuenta años de la muerte de la autora, vale la pena intentar enmendar el agravio que se ha hecho a su obra, sobre la cual han pesado, por razones sociales y biográficas, unos juicios reduccionistas
Barcelona"Clementina Arderiu Voltas seguramente es una de las escritoras catalanas que más fácil y más difícil lo ha tenido para dejar una obra en la historia de la literatura catalana". Con esta afirmación contundente arranca el perfil que Marta Pessarrodona esbozó de la poeta en el volumen Donasses. Protagonistas de la Catalunya moderna (Destino, 2006). Ahora que se celebran los cincuenta años de la muerte de Arderiu, vale la pena preguntarse cuáles son las razones de esta situación contradictoria –a la luz y a la sombra al mismo tiempo– e intentar enmendar el agravio que se ha hecho a su obra, sobre la cual han pesado, por razones sociales y biográficas, unos juicios reduccionistas.
Clementina Arderiu fue poeta. Es interesante presentarla así porque, aunque tuvo una vida creativa muy interrumpida –atravesada por momentos largos de silencio atribuibles a la guerra, el exilio y la posguerra, por un lado, y a la crianza de los hijos, por otro–, la celebración del canto y de la canción es un motivo recurrente en su obra, un pilar de autoafirmación en una poética que coquetea más bien con la duda. "Fidelidad encontraré siempre / a mi mismo cantar", asevera con trazo seguro en el poema Sempre i ara, la composición que cierra el volumen homónimo. Su producción poética, aunque fue bastante breve –publicó seis libros en más de medio siglo–, es compacta, personal y muy bien trabada, hecha de unos versos de apariencia sencilla y lenguaje accesible que, sin embargo, dicen "mucho más de lo que aparentan a primera vista" –como afirma D. Sam Abrams en el prólogo de Jo era en el cant, la obra completa de la poeta que él mismo ha curado y que Edicions 62 ha reeditado, ampliada y corregida, este febrero.
"¡Ay, calle de la Princesa, / de antes de que yo entrara en mí!"
Barcelonesa nacida el 6 de julio de 1889 y fallecida el 17 de febrero de 1976, Clementina Arderiu nació en el seno de una familia de plateros, pero rechazó continuar el oficio familiar para dedicarse al arte. Aprendió el oficio y trabajó en él de joven, mientras estudiaba lenguas y piano en la Escola Municipal de Música. Recuerda estos años de formación por el Born barcelonés en un delicado poema de vejez, fechado en 1963: "Por la calle de la Princesa / –canela, comino y anís– / todavía he sentido la fragancia / que mis quince años cosecharon. / Por la calle de la Princesa, / la calle de mis suspiros. / ¡Ay, calle de la Princesa, / de antes de que yo entrara en mí!"
Publicó los primeros poemas a finales de la primera década del siglo, y en 1912 ganó la Flor Natural en los Juegos Florales de la agrupación excursionista de Barcelona Déu i Pàtria con el poema A un llibre oblidat –quince años más tarde que Caterina Albert ganara los Juegos Florales de Olot con el poema Lo llibre nou, de temática libresca concomitante, y con el monólogo en verso La infanticida, que desató el escándalo a partir del cual asumió el pseudónimo de Víctor Català. En la valiosa entrevista que Montserrat Roig hizo a Arderiu para Serra d’Or en 1972, la poeta recuerda el día de la entrega del premio: "Me dijeron: «El presidente será un chico de la universidad que vale mucho»". He aquí el conocimiento con Carles Riba, con quien se casó, a pesar de la oposición familiar, cuatro años más tarde. Y he aquí, también, la razón del contraluz en la recepción de su obra: el matrimonio con uno de los más grandes intelectuales de la cultura catalana del siglo XX, que sin duda facilitó el cultivo poético de Arderiu y debió iluminarle de manera privilegiada el camino de la lectura y la escritura, pero que al mismo tiempo, por el peso determinante de su figura en la (re)construcción de la literatura del país, eclipsó los versos arderiuanos y relegó a la mujer a un segundo plano –el de la esposa atenta que de vez en cuando cultiva las letras como un decoroso esparcimiento de señora de su casa.
Caterina Riba Sanmartí, bisnieta de los poetas y una de las principales estudiosas de la genealogía poética femenina en catalán, lo habla en términos de criptoginia, es decir, de invisibilización sistemática de las mujeres en la cultura. Prueba de esta situación en relación con Arderiu es el hecho de que a lo largo de las cuarenta y seis páginas que constituyen el retrato de Riba hecho por Josep Pla en la primera serie de los Homenots –un libro que Pessarrodona intenta equilibrar, unos cincuenta años más tarde, justamente con las Donasses que mencionábamos al inicio–, no se hace mención ni una sola vez de la figura de su esposa. Se ha subrayado muchas veces que la poesía de Arderiu bebe poco de la de su marido y, en cambio, es mucho más deudora de Josep Carner –y hay que decir que buscar los referentes masculinos para dar cuenta de la excepcionalidad artística de la mujer es un ejercicio no exento de ciertos tics mistificadores, también–; parece que la posibilidad de que Arderiu influyera de alguna manera en la obra de Riba, sin embargo, es una extravagancia que ni Pla ni nadie se ha planteado todavía. Aprovechando la ocasión del aniversario de la muerte de la poeta haríamos bien en preguntarnos, sin embargo, si en las canciones ribianas de los años cincuenta no hay más de un poderoso dejo arderiuà. Por el desdoblamiento con el yo maravillado de la infancia y por los recursos rítmicos y musicales concretos que emplea, el poema de Riba Dins la nit, els meus anys… podría ser un buen ejemplo de este influjo.
"Dos vidas están en mí"
Maria-Mercè Marçal quería consagrar la tesis doctoral a la obra de Arderiu; finalmente no llevó a cabo la empresa, pero sí que preparó y publicó la antología arderiana Contraclaror (La Sal, 1985), con un prólogo muy valioso que ha marcado un cambio de rumbo en la atención y el acercamiento –más bien escasos, hay que decirlo– a su poesía que hemos hecho las generaciones posteriores. En este texto clarividente, Marçal insiste en la idea de la contradicción vital en la que se encontraba Arderiu, una mujer singularmente inteligente y creativa que se vio abocada, por los condicionamientos sociales y de la época, a elegir –"a elegir de manera consciente, que no quiere decir de manera libre", precisa con lucidez Marçal– un modelo de vida "de mujer como las demás, como tantas otras" –como se apresura a subrayar Arderiu en el texto que encabeza el poemario del 1936–. Y a que esta mujer se esfuerce en someterse a un ideal femenino que la constriñe y la coarta.
Seguramente, sin embargo, han sido las críticas de los dos primeros volúmenes de versos de Arderiu, Cançons i elegies (1916) y L’alta llibertat (1920), las que más han determinado la idea general de su poesía que nos hemos hecho los lectores. Es especialmente significativa, en este sentido, la que Joaquim Folguera hace de su primer libro, publicada en Les noves valors de la literatura catalana: «La obra de Clementina Arderiu es un caso purísimo de emoción literaria: elegíaca sin debilidad, gozosa sin estallido, piadosa sin turbación. Revela el modelo perfecto de la mujer catalana que se queja poco, amaK quietamente, regocija la alegría en una sonrisa, y pide la virtud al precio "del dolor toda la amplitud"».
Como ya apuntó Marçal, más que hablar de lo que era el primer volumen de Arderiu, Folguera parece que hable del modelo de feminidad propuesto a sus ojos –un modelo con el cual hay que decir que Arderiu debía estar bien de acuerdo–. Así, el rastreo de las presuntas marcas de un ideal de mujer que parece que haga falta definir o reducir a una esencia quieta es una constante en las reseñas de los primeros libros de Arderiu, no hace falta decir que hechas siempre por hombres. "Mujer, madre, ojo vigilante, diestra providente, que no se olvide de permanecer, a veces, extrañamente indolente, extrañamente desatada, apta para revelar, como una pitonisa, arcanos magníficos y terribles, o para murmurar al oído del temporal las débiles cosas que no osaría decir a ninguna persona nada", apunta con un halo mistificador Josep Carner en el artículo "La dolça consirosa", de 1921; "es una poesía indefinible, quizás, de tan femenina", concluye Josep Maria Capdevila en una crítica de 1927.
Más allá de la discreción y la sutileza
Por lo que se desprende de las críticas de principios de siglo, pues, esta feminidad modélica encuentra la máxima expresión en el verso arderiuano en el ideal del buen juicio y la contención. Así, se ha subrayado muchas veces que la discreción y la sutileza –como contrapuntos, se entiende, del prototipo masculino, de gesto amplio y teatral– son las dos principales virtudes que se desprenden de sus versos, en un ejercicio de lectura edificante que pretende, más que describir la poesía de Arderiu, proponerla como ejemplo del modelo de mujer que se tiene por bueno y reafirmar la noción estereotipada de lo que las mujeres pueden o deben escribir. A esto también han colaborado las antologías y los currículos académicos, que cuando se han fijado en la poesía de Arderiu ha sido para seleccionar casi siempre los mismos poemas, los que apuntalan esa misma imagen. Valga de ejemplo de esto la que es, con toda seguridad, una de las composiciones más conocidas de Arderiu, El nombre: "Clementina me llamo, / Clementina me llamaba. // Otro tiempo fui / un poco temerosa; / el nombre me era largo / igual que una queja / y me punzaba el corazón / cuando las amiguitas / para hacerme enfadar / muchas veces me lo reprochaban". Así empieza la canción, y de esta discordancia onomástica los versos pasan a un feliz asentamiento identitario por obra y gracia de la figura masculina: "Ningún nombre es tan bello / sobre la tierra / como el que el amado / me canta al oído", concluye.
Como Maria-Mercè Marçal y Caterina Riba Sanmartí han insistido en subrayar, sin embargo, en esta aproximación a la poesía de Arderiu el foco está descentrado. Sin negar que hay poemas que reafirman esta visión más conocida de la poeta, lo cierto es que hay muchos otros que, en relación inversamente proporcional al esfuerzo de contención que tanto gustaba a la crítica novecentista, exploran el fracaso de esta voluntad de control. En efecto, dentro de Arderiu bullían lo que ella misma llama "cosas oscuras": son las contenidas, por ejemplo, dentro de la cámara que siente que hay "en el fondo del fondo" de sí misma, donde ni que fuera "por breves segundos" no podrían entrar ni el marido ni ella, porque "el alboroto golpearía / más que una roca", tal como expresa en la Cançó de la bella confiança. Así, buena parte de sus poemas tratan de la pugna interna para acallar estas voces sombrías, del deseo de rectitud ante las acometidas que la quieren doblegar: "Porque siento que un no / que viniera de ti por el aire / rompería este querer / que es fuerte pero no lo es tanto", pide a un mar cargado de deseos ambiguos en el poema Imprecación.
Y es aquí donde la poesía de Arderiu se nos hace más interesante, compleja y actual, donde nos habla más de tú a tú y es capaz de explorar motivos tan en boga como la ambivalencia del deseo (por ejemplo, en el johnbergeriano juego de miradas de Veí que sotja) o la identidad desdoblada (como explora en la magnífica Cançó del voler i del no voler, en que el yo escamoteador solo se asienta en la duda, en la posibilidad de que no se decanta por ninguna de las dos opciones que se le abren ante sí), o tan insólitos para su época como el parto (recreado como un ascenso peligroso y solitario, culminado en un gran salto y con "solo la Muerte por vecina / que me tamiza con mil tamices"). Que valga el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento, pues, para sacar de la penumbra unos versos que exploran, con una musicalidad singular y con inteligencia e intuición poética, la complejidad de la identidad humana.