Contemplar el horror desde la distancia confortable de la pantalla

Lluís Calvo desborda los límites convencionales del ensayo en 'L'Ull que tot ho veu' para explorar la relación entre materia, cuerpo, violencia y fascinación

3 min
El padre del niño Hamada Abedrabo, asesina el domingo en la franja de Gaza por un bombardeo israelí.
14/10/2026 - 07:16 h
  • Lluís Calvo
  • Lleonard Muntaner
  • 208 páginas / 18 euros

Vivimos en una época en la que nada queda fuera del ojo. Lo fotografiamos, lo grabamos, lo retransmitimos, lo compartimos, lo archivamos. La realidad ha dejado de ser solo lo que nos pasa: es también lo que miramos. Lluís Calvo (Zaragoza, 1963) parte de esta mirada omnipresente en El ojo que todo lo ve. Materia y horror, un ensayo que desborda los límites convencionales del género para explorar la relación entre materia, cuerpo, violencia y fascinación.

El horror tiene una característica incómoda: nos atrae. Si no fuera así, no nos costaría tanto apartar los ojos. Calvo no lo trata como una extravagancia reservada a los monstruos o a los criminales. Se encuentra en los cuerpos, los objetos, los espacios que habitamos, la tecnología que nos promete control y la violencia que preferimos imaginar siempre lejos de casa. El horror no necesita entrar por la puerta porque, de hecho, ya vive en ella. El Ojo que todo lo ve nos hace desmontar la fantasía según la cual la civilización nos ha protegido de nuestra naturaleza más brutal.

Materia es la otra palabra clave. El cuerpo es materia, y la herida, y la muerte. También lo son los rastros que dejamos, los objetos, las ruinas, aquello que se deteriora y aquello que sobrevive a quien lo construyó. Queremos pensar que somos seres inteligentes, racionales, espirituales, creativos. Nos cuesta mucho más asumir que también somos carne que envejece. El cuerpo nos recuerda que no somos invulnerables y que toda arquitectura humana acabará sometida al tiempo. El horror comienza allí donde se acaba la fantasía del control.

Calvo no construye un ensayo lineal ni académico. El libro avanza por conexiones entre literatura, filosofía, arte, ciencia, espiritualidad o psicogeografía, y convierte cada desplazamiento en una nueva manera de mirar. No ofrece un mapa cerrado: abre puertas y hace danzar al mundo inorgánico. Pensar aquí no significa acumular conocimiento, sino dejar que las ideas modifiquen la percepción. La lectura se convierte así en una experiencia activa que cuestiona la manera habitual de entender el mundo, renueva la idea de humanidad e invita a salir de la perspectiva antropocéntrica: las plantas y las piedras también son humanas.

Mirar no es una acción inocente

Cuando el dolor aparece cada día ante nosotros, corre el riesgo de convertirse en decorado. La tragedia entra en el comedor entre dos anuncios. La guerra se consume mientras cenamos. La muerte se convierte en una imagen que podemos ampliar con los dedos y abandonar con un movimiento del pulgar. Nos hemos acostumbrado al horror sin tener que soportarlo físicamente. Ver sin tocar, saber sin implicarnos, contemplar la catástrofe desde la distancia confortable de la pantalla. Calvo pone el dedo en esta herida: mirar no es una acción inocente. Quien mira decide qué mira, desde dónde lo mira y, sobre todo, qué hace con aquello que ha visto. La mirada puede comprender, pero también puede dominar; puede acercarse, pero también puede convertir al otro en objeto; puede dar visibilidad o transformar el sufrimiento en espectáculo.

El ojo que todo lo ve no ofrece una salida fácil a esta incomodidad. Y es mejor así. Su fuerza radica en la capacidad de hacernos desconfiar de lo que miramos y, sobre todo, de la manera como lo miramos. Porque quizás el problema no es que haya demasiado horror en el mundo. Quizás es que nos hemos acostumbrado demasiado a verlo sin reconocernos en él. Y aquí aparece la pregunta que queda suspendida cuando cerramos el libro: ¿qué pasa cuando el ojo que observa descubre que también forma parte de aquello que observa? Que el horror ya no está ahí fuera. Que está aquí. Que también somos nosotros. Y que, por mucho que miremos hacia otro lado, la materia continuará mirándonos.

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