El deseo como brújula

BarcelonaEn el mes de junio cumplo años y este año me han regalado muchos libros, algo que siempre me hace feliz. Uno de ellos ha sido Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli (traducido al catalán por Elisabet Ràfols Sagués, en Angle Editorial). Todavía no lo he terminado, pero ya puedo decir que lo estoy disfrutando mucho. En un momento dado, Luiselli recoge unas reflexiones de la poeta Layli Long Soldier, que habla de la escritura en términos de una relación, como si fuera una persona, en el sentido de que tiene unas condiciones que la hacen posible y la refuerzan: reciprocidad, generosidad, tiempo y paciencia. Y otras que la pueden dañar. No es la metáfora más manida del talento y la disciplina, sino la de un vínculo que hay que cuidar y que, como todos, se puede estropear.

Luiselli explica entonces que su relación con la escritura comenzó al final de la adolescencia con una curiosidad intensa, con deseo, juego, disfrute. Y que, a lo largo de los años, había ido derivando en inseguridades y dudas, bebida, insomnio y en una expectativa de resultados por encima de la atención al proceso. Se declara agotada por lo extractiva que había acabado convirtiéndose esta relación, por el hecho de encontrarse dando y dando sin tener en cuenta las consecuencias de esta autoexplotación.

Cargando
No hay anuncios

Escritura y trabajo

Hace unas semanas, en una conversación sobre creatividad y neurodivergencia en el Palau Macaya con mis amigos escritores Elisenda Solsona y Roger Coch, reflexionamos justamente sobre esto: cómo cuando la escritura se ha convertido en trabajo, hemos perdido alegría y espontaneidad, y cómo puede acabar condicionando esa expectativa de resultado que comentaba Luiselli y, también, la mirada del otro. No la mirada como interlocución, que es positiva, sino sentirla como tribunal. Escribir pensando en cómo quedará ese texto, quién lo leerá o cómo se tratará lo que has mostrado. Y en ese desplazamiento, olvidarse de lo único que de verdad nos pertenece, que es el proceso.

Cargando
No hay anuncios

Pero entender la escritura como una relación, tal como proponía Long Soldier, lo que nos permite entonces es superar la nostalgia. Si escribir es como un vínculo, y no un don que se tiene o se pierde, podemos pensar en cómo recuperar o volver a procurar aquellas condiciones que lo hacían posible. Así, el deseo y la curiosidad de los primeros tiempos ya no serían un paraíso perdido, sino una brújula que nos ayuda a saber, mientras escribimos, si todavía nos estamos cuidando o si, por el contrario, hemos vuelto a dar y dar hasta vaciarnos. De hecho, es lo que hace la misma Luiselli con Principio, medio, fin, que escribió sin saber si sería una novela o un ensayo, tomándose el tiempo necesario y la libertad para explorarlo.

No tengo claro que el miedo al resultado se desaprenda; seguramente no del todo y ya está bien que sea así. Es lo que hace que sigamos esforzándonos hasta escribir algo que sorprenda y que valga la pena ser leído. Como ha hecho Valeria Luiselli con este libro.