El diario de ERC
La independencia periodística siempre ha costado. La información es poder. ¿Qué poder no quiere influir en los medios de comunicación, quién no quiere condicionarlos, quién no quiere controlarlos? No dejarse influir, condicionar y controlar forma parte de la esencia del oficio desde que el periodismo es periodismo. Esto no es óbice para que cada cabecera tenga un posicionamiento o línea editorial, una ideología de fondo desde la que mira, explica e interpreta los hechos, la realidad.
En el primer tercio del siglo XX, la línea divisoria entre prensa y política era muy fina. No se guardaban las distancias. Jaume Guillamet, uno de los grandes estudiosos de aquella prensa, ha dedicado ahora una monografía, publicada por la Fundació Josep Irla, al caso de L’Opinió (1931-1934), uno de los interesantes diarios de la efímera época republicana, años de gran renovación e impulso de la prensa en lengua catalana. Lo define como "el diario de la revolución republicana", defensor de un socialismo compatible con el liberalismo.
Antes de ser diario, había sido un semanario (1928-1931) donde inicialmente escribía Josep Pla antes de dar el salto ideológico y ponerse al servicio de Cambó. L’Opinió semanario fue clave en el impulso de la creación de ERC. Poco después del nacimiento del partido, se convirtió en diario. A pesar de durar solo tres años y cuatro meses, llegó a ser el de mayor difusión en lengua catalana y el tercero entre los veintiocho diarios publicados entonces en Barcelona. ¡Sí: veintiocho diarios de papel! Su éxito, además, se produjo a pesar de que el mismo 1931 ya le surgió un rival directo, La Humanitat, también afín a una ERC en permanente ebullición, una cabecera –esta última– impulsada personalmente por Lluís Companys.
La Vanguardia (derecha monárquica) y El diluvio (republicano de izquierdas), ambos en castellano, lideraban las ventas. L’Opinió se disputó la primacía en catalán con La Publicitat, diario de referencia intelectual vinculado al partido de los intelectuales, Acció Catalana, y fue por delante del veterano La Veu de Catalunya, el diario de La Lliga. El tiraje medio de L’Opinió se habría situado entre los 55.000 y los 65.000 ejemplares. Desde el entorno de La Publicitat, diario histórico que en 1922 se había catalanizado, en 1929 también se había creado el prestigioso semanario cultural Mirador.El propietario de L’Opinió era Joan Casanelles, elegido concejal por ERC en Barcelona en abril de 1931. Casanelles nunca quiso ceder la propiedad al partido, hecho que comportó fuertes tensiones. El primer director de L’Opinió fue Antoni Xirau. El jefe de redacción de los inicios, Joan Alavedra (que acabaría siendo secretario particular del presidente Francesc Macià), y como secretario de redacción, el joven Andreu-Avel·lí Artís, el futuro Sempronio. Xirau, elegido diputado en Cortes, cedió muy pronto el puesto a Joaquim Ventalló, que había sido secretario de redacción en La Publicitat. Años después, Ventalló sería el traductor al castellano de Tintín.La Opinión, más allá del combate político, quiso hacer periodismo con firmas jóvenes como la de Irene Polo, que destacó por las entrevistas de cariz humano y por reportajes sobre el terreno, por ejemplo la cobertura del conflicto minero en la cuenca del Llobregat y el Cardener: bajó al fondo de la mina a hablar con los huelguistas. Entre los nombres femeninos también estaban los de Rosa Maria Arquimbau y Aurora Bertrana. Francesc Madrid fue el delegado en Madrid. Domènec de Bellmunt hacía las crónicas del Parlament. Josep M. Lladó, que había pasado por La Veu de Catalunya y La Publicitat, fue uno de los puntales de la redacción. Una vez cerrada La Opinión, acabó yendo a parar a La Vanguardia.El turismo, la educación, la reforma agraria, la economía, el paro, el Barça y las páginas de cultura (por ejemplo con Sebastià Gasch escribiendo sobre cine) eran temas recurrentes. No han cambiado tanto los intereses, ¿verdad? El verano de 1933, momento álgido del rotativo, Felip Grau Ros enviaba reportajes desde Oriente y Aurora Bertrana desde el Caribe; Vicenç Riera y Artur Perucho denunciaban tráfico de cocaína y estupefacientes y las facilidades que encontraba la criminalidad en Barcelona; y Polo se iba a Andorra a narrar la entrada de la Gendarmería francesa en el Principado pirenaico a petición del Obispado de Urgell en vísperas de elecciones. Además, el diario denunciaba las vacilaciones antidemocráticas del sector de Estat Català amparadas desde la Presidencia por Macià. Esta posición crítica acabaría teniendo consecuencias políticas con la expulsión del gobierno y del partido de los líderes del Grup de L’Opinió: Joan Lluhí i Vallescà, Pere Comas, Antoni Xirau i Josep Tarradellas, y también de Casanelles. Ventalló, el director, se dio de baja de ERC. Entonces crean el nuevo Partit Nacionalista Republicà d’Esquerra. El diario sufre una crisis de lectores. Con la muerte de Macià, se produce un retorno de este sector al gobierno de ERC.
¿Qué más se puede destacar de L’Opinió? Ideológicamente, la crítica al terrorismo de la FAI. En el terreno técnico, la progresiva introducción de la fotografía y la cantera de dibujantes: Helios Gómez, Quelus, Tísner, Opisso, Siau... Su vida, sin embargo, fue efímera. Clausurado con los Fets d’Octubre de 1934, y encarcelados sus factótums políticos, ya no volvió a salir.