Literatura

El escritor que debía traducir treinta páginas al día para sobrevivir

El centenario del nacimiento de Ramon Folch i Camarasa permitirá recuperar a uno de los autores y traductores más prolíficos de la literatura catalana del siglo XX

16/06/2026

Barcelona"Como un náufrago feliz, / en octubre del veintiséis, / día treinta, llega al mundo, / en Barcelona, un tal Ramón. / Sin hacer mucho ruido. Es el hijo que hace nueve". Así comienza la auca que dedicó Joan Vilamala a Ramon Folch i Camarasa (1926-2019), uno de los autores clave de la reanudación literaria en catalán que arrancó a finales de los 50 del siglo XX, junto a Manuel de Pedrolo, Maria Aurèlia Capmany y Josep Maria Espinàs.

Penúltimo de los diez hijos de Josep M. Folch i Torres (1880-1950), Ramón vivió "un clima de bonanza intelectual", tal como recuerda la ensayista y catedrática Montserrat Bacardí, hasta el final de la Guerra Civil, en que el catalán pasó a ser una lengua perseguida. La aspiración de Folch i Camarasa fue, desde muy joven, "intentar recomponer" aquel ambiente previo al franquismo "por medio de diversas iniciativas", continúa Bacardí, antes de mencionar los tres ejes de su actuación: el teatro, la narrativa y la traducción. "En los tres campos procedió con una desenvoltura y una agilidad que recuerdan la capitanía de su predecesor", añade la filóloga.

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El grueso de la obra de Ramon Folch i Camarasa, integrado por más de una cincuentena de novelas, obras de teatro, cómics y libros de narraciones, además de más de 150 traducciones, es lo que reivindica la comisión del centenario dedicado al autor. "Queremos reivindicar su figura, su obra y su compromiso con la lengua y la cultura catalanas", dice el editor, poeta y crítico literario Oriol Izquierdo, vocal de la Fundació Folch i Torres, que contará con actos de homenaje como el que se hará durante la Setmana del Llibre en Català (25 de septiembre), un simposio en el Institut d'Estudis Catalans (30 de octubre), la exposición itinerante L'ofici de viure la paraula, la reedición de la novela L'estiu més bonic (1966) y la publicación del epistolario entre el escritor y uno de sus editores, Joan Sales.

De la lengua impuesta a la lengua amada

Al igual que otros compañeros de generación, Ramon Folch i Camarasa tuvo que abrirse camino primero en castellano. Durante los años 50 trabajó como corrector y traductor para la editorial Janés, propiedad de su amigo Josep Janés i Olivé (1913-1959). "Jamás quiso responsabilizarse firmando estas traducciones con su nombre por el simple hecho de que tenía que reescribir los libros a una lengua impuesta", comenta Bacardí. En paralelo, Folch i Camarasa comenzó a dar a conocer su obra propia. En 1954 fue el año de su debut triple: la obra de teatro Un vailet entre dos reis, el poemario L'aigua negra y la novela Camins de ciutat.

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También en 1954 fue el año en que Folch i Camarasa se casó con Montserrat Pons i Dedeu. Tuvieron seis hijos. Crecían mientras el padre continuaba traduciendo a un ritmo cada vez más alto. En 1959, cuando ya había ganado el premio Joanot Martorell con La maroma (1956), publicó la primera traducción al catalán, el Diari de Anna Frank, en Selecta. "Hasta el inicio de la década de los 60, las traducciones al catalán habían sido perseguidas por la censura franquista con una obcecación muy particular", recuerda Montserrat Bacardí. La relajación de la dictadura permitió que se pudieran consolidar editoriales como Aymà, Selecta, Edicions 62 y Club Editor. A Ramon Folch i Camarasa le debemos las versiones catalanas de novelas tan significativas y que ampliaron el público lector como Un món feliç, de Aldous Huxley (Plaza & Janés, 1963); L'home que mirava passar els trens, de Georges Simenon (Edicions 62, 1964); La dama del llac, de Raymond Chandler (Edicions 62, 1966), y El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (Edicions 62, 1967).

"Durante estos años desplegó una intensa actividad porque vivía de la traducción –continúa Bacardí–. Su ritmo era, según propia confesión, de treinta páginas diarias, en un intento precoz de transformar la tarea en un oficio. Así, por ejemplo, en 1965 publicó veintiuna traducciones y en 1966, dieciocho". En la década de los 70, el ritmo de traducciones disminuyó: entre 1973 y 1986, instalado en Ginebra, trabajó de traductor profesional, del inglés y el francés al castellano, en la Organización Mundial de la Salud.

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Joves plens de vida abocats al fracàs

En el séptimo volumen de Història de la literatura catalana –proyecto aún en curso–, Margarida Casacuberta enmarca la producción literaria de Ramon Folch i Camarasa bajo el epígrafe de novela católica, que nace "de una confluencia de intereses religiosos y literarios de acuerdo con una concepción del hecho literario como algo inseparable de la moral" y que, según la filóloga, incluye nombres como los de Joan Sales, Xavier Benguerel y Blai Bonet. Más allá de la fe, los personajes de las novelas de estos autores construyen "una visión descarnada de la realidad" a través "de idealistas con pies de barro, jóvenes llenos de vida abocados al fracaso existencial y arrastrados por las ruinas del mundo que parecían destinados a conquistar".

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Además de ganar premios como el Sant Jordi por La visita (1964) y el Ramon Llull por Sala de miralls (1982), entre la abundante producción de Folch i Camarasa se encuentra El nàufrag feliç (Albertí, 1959) –que Viena volvió a editar con muy buena repercusión en 2022– y los guiones de los quince álbumes de Massagran, ilustrados por Josep Maria Madorell, publicados entre 1981 y 2002 en la editorial Casals. Fueron uno de los éxitos más sonados del cómic en catalán en la década de los 80 –superó los 100.000 ejemplares vendidos–. Aun así, Folch i Camarasa, que continuó publicando hasta 2006 –la última novela fue Contra el silenci, en L'Albí–, se quejaba con sentido del humor de la poca fortuna que tenía siempre que enviaba un inédito a un galardón literario: "Hay una conjura en mi contra, cada vez que me presento a un premio hay algún escritor que decide presentar una obra mucho mejor y, claro, gana él. Muchos escritores catalanes son mejores que yo, pero eso no quiere decir que sean buenos".