Pere Antoni Pons: "La España democrática es heredera de muchas desfiguraciones identitarias"
Escritor y crítico literario. Publica la novela 'Les conseqüències'
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BarcelonaEl lector que comience Las consecuencias (Proa, 2026), quinta novela de Pere Antoni Pons (Campanet, 1980), tendrá problemas para dejar de leer la historia, magnética, intrigante y construida con mucho oficio, de un escritor y periodista que, después del divorcio y en medio de una nueva relación sentimental compleja, retoma el contacto con un viejo amigo de instituto que le propondrá investigar la misteriosa visita a Mallorca de dos oficiales nazis en plena Segunda Guerra Mundial. Este es el punto de partida de un libro que se devora siguiendo las peripecias de un hombre de mediana edad que, en paralelo a la desorientación vital, sabe desenterrar vínculos entre el fascismo de la década de los 40, los grupos de extrema derecha que afloraron durante la Transición y el resurgimiento actual de un radicalismo ultraconservador. Tres años y medio después de Contra el mundo (Empúries, 2023), Las consecuencias confirma la destreza y ambición de Pons, poeta, narrador y crítico literario (en el ARA) que sabe combinar la velocidad que requiere un thriller con la digestión que exige una novela de ideas, preocupada por la deriva antidemocrática y ultraliberal de nuestro presente.
Si el lector se entretuviera un poco, podría ir eligiendo los aforismos que dejas caer en medio de Las consecuencias y que enriquecen todavía más la experiencia de ir descubriendo la historia que explicas. Uno de los que te quería comentar es este: "Quiero a mi gente y hago mi trabajo". ¿Por qué es tan importante, para el protagonista, una cosa y la otra? ¿También lo es para ti?
— Toda la novela es un gran remolino de dudas, inquisiciones, autointerrogaciones, golpes y nebulosas, y esta frase es una especie de destilado de lucidez existencial. Las dos cosas esenciales que justifican una vida son amar a tu gente y hacer tu trabajo. Si no las haces, difícilmente sentirás que vale la pena vivir. Si no eres capaz de amar a tu gente es espantoso. Y si no haces tu trabajo te conviertes en una especie de fantasma inútil, ¿no? Cuando hablo de trabajo no me refiero solo a la productividad, sino también a un punto ético, existencial y cotidiano. Yo mismo me resultaría insoportable si no tuviera la sensación de que amo a mi gente y voy haciendo mi trabajo. Otra cosa es que a veces no la ame tan bien como querría y que el trabajo no lo haga tan bien como quizás lo tendría que hacer o como yo querría que me saliera, pero eso es otro tema, ¿no?
¿Crees que en Las consecuencias pones a tu protagonista y narrador contra las cuerdas desde la primera página?
— Lo sitúo en un momento vital complicado. Se acaba de divorciar de una mujer con quien no tenía una relación en absoluto degradada y está involucrado con una mujer a quien también ama, pero sabe que por diversas circunstancias, compromisos y divergencias de destino es imposible que le pueda dar lo que ella quiere o pretende, o que él pueda poner sobre la mesa lo que es necesario para que aquella relación funcione. Todo este marasmo de dudas y de incomodidades del personaje vino mientras ya escribía. El punto de partida de la novela fue otro.
¿La intriga que mueve la acción?
— La idea más novelesca de todas: que los nazis vinieron a Mallorca buscando en ella algo que a nosotros, los mallorquines, nos remite a las fábulas y que, por tanto, forma parte de nuestras raíces. Pensé que exploraría este punto de partida evitando los códigos de género cerrados y arquetípicos y dándole una dimensión autoral. De inmediato se me ocurrió que para aterrizar la historia en la realidad hablaría de la desaparecida lista de chuetas hecha durante la Segunda Guerra Mundial y le añadiría un componente de autoficción. Escribí de una manera frenética y bulliciosa, con la sensación de que tenía en mis manos dos materiales aparentemente incompatibles: el de la novela de intriga, de aventuras e histórica con una dimensión política y esta vertiente tan personal.
Se nota que te gusta leer Emmanuel Carrère.
— Sí, pero a diferencia de él no he querido ser exhibicionista, confesional ni impúdico. He querido disfrazarme mucho entre las páginas.
"Había deshecho mi matrimonio para no tener nunca más una vida previsible y ahora navegaba por un pantano de previsibilidad". Son palabras del protagonista y narrador, que parece inmerso en una crisis vital a raíz de haber cumplido los 40 hace poco.
— Muestro cómo el personaje vive las consecuencias de las decisiones tomadas durante la crisis. El título remite a estas consecuencias personales, pero también y sobre todo a las consecuencias políticas de buena parte de los hechos que en él se cuentan. En vez de mostrar el gran huracán de la vida del personaje, el gran desgarro y el momento de giro, me centro en la postcrisis. Contra el mundo se ocupaba más de este episodio anterior.
Si repasamos las cinco novelas que has escrito encontraremos en ellas etapas vitales que se corresponden con las tuyas. La primera, La felicidad de los días tristes (Empúries, 2010), estaba ambientada durante los años universitarios. El protagonista era un gran lector, que se dejaba fascinar por personajes como Jay Gatsby, Huckleberry Finn y Holden Caulfield. En Las consecuencias, el protagonista continúa amando la literatura y prueba a escribir una nueva novela, pero suma unos cuantos desengaños y fracasos literarios, un poco como pasaba en Si te atreves (Empúries, 2014).
— Cada novela encaja más o menos con el momento vital en el que yo la escribía, que no lo veo solo a título personal, sino generacional. Con la primera quizás fue un poco diferente, porque la hice cuando ya había cerrado la etapa universitaria, pero me interesaba hacer una novela iniciática de corte clásico y con un tono lírico elevado.
Cuando debutaste como novelista ya habías publicado tres poemarios. El primero, El verí dels àngels (Lleonard Muntaner, 1999), llegó cuando tenías solo 19 años. Debías de haber acabado de empezar Filología Inglesa en la Universidad de Barcelona. ¿Cómo es que elegiste esta carrera?
— Era un fanático de la literatura y la cultura americanas. Ya me gustaba mucho el Hollywood clásico, me interesaban determinados pintores de los años 40 y 50 —como Jackson Pollock y Willem de Kooning— y había leído mucha literatura norteamericana, cuando entré en la universidad.
¿No compartes esta afición con nadie?
— No. En Campanet compartía jugar a fútbol obsesivamente, ir en bicicleta... Hacíamos mucho ruido, es decir, siempre teníamos cosas en marcha. Entendí muy pronto que hablar de literatura con los amigos solo me llevaba a la frustración. Me puse pragmático y vine a Barcelona a estudiar una carrera que entonces no teníamos en Mallorca. Tuve la suerte de reencontrarme con Melcior Comes: habíamos compartido primero de instituto, pero después no habíamos continuado siendo amigos. Un día nos pusimos a charlar saliendo de la Filmoteca, después de ver La dolce vita, de Fellini, y ya no pudimos parar. Todavía charlamos a menudo y compartimos muchas cosas.
Jay Gatsby, Huckleberry Finn y Holden Caulfield, personajes que aparecen en La felicidad de los días tristes, protagonizan libros de Francis Scott Fitzgerald, Mark Twain y J.D. Salinger, respectivamente. ¿Fueron tres autores importantes, para ti?
— Los tres personajes me servían en la novela para explorar la idea de pureza en un sentido puritano, que de joven me obsesionaba. Holden Caulfield representa la pureza de la infancia, que evidentemente se echa a perder. Huckleberry Finn es la pureza de la naturaleza precivilizada, que la civilización destruye. Gatsby representa la idea del sueño y la utopía: si rascas un poco, detrás hay suciedad, bajeza y mediocridad. Con los años me he dado cuenta de que la pureza que me interesa es la sucia, la que está herida. En Las consecuencias hay un momento en el que se habla de cómo la limpieza buena es la que se da después de la suciedad. La vida pletórica solo es posible después de muchas subidas y bajadas. No hay un éxtasis vital o existencial en sí mismo.
¿Filología inglesa te encaminó hacia esta vida pletórica que poco o mucho todos buscamos?
— Acabé muy frustrado de la carrera, porque estaba muy atravesada de cuestiones que venían de los estudios culturales en el sentido más militante e ideológico. La literatura queer y postcolonial se explicaba de una manera muy dogmática y de manual. Me ponía enfermo leer artículos tan supersofisticados que en el fondo no decían demasiado nada. Y me enfadaba la hipocresía de problematizar la historia de ingleses y norteamericanos a través de la literatura postcolonial y ser incapaces de trasladarlo a la situación catalana y española. Acabé siendo un mal estudiante... Y el año que me fui a Belfast de Erasmus fue más interesante en temas vitales que académicos. Compartí piso con un católico y con un protestante y eso me permitió aprender muchas cosas.
En Las consecuencias hay convicciones políticas muy diversas que se confrontan: el nacionalismo español, las aspiraciones independentistas, el viejo comunismo y la extrema derecha.
— Concibo la novela como un debate de ideas que chocan y luchan, no como una explicación de por qué unas ideas son buenas y otras malas.
Los ecos del fascismo de los años 40 y 70 en la Mallorca contemporánea quedan ejemplificados a través de la figura de un padre y un hijo, en la novela: Rodrigo Pons Palmer y Rodrigo Pons Cabezas.
— En este punto hay dos aspectos en cuanto a términos identitarios. Hay una muestra de una mallorquinidad cada vez más interferida y desmallorquinizada. Esto se ve, por ejemplo, en la incapacidad de ir asumiendo el legado y la memoria de lo que hemos sido. Eres en función de la memoria que tienes, y también en función de cuán arraigado estás en un lugar u otro. Después tenemos la realidad política, y en la novela se habla de Mallorca pero se puede aplicar a todo el estado español, que el 2026 es consecuencia de muchas cosas, o es una realidad hecha de un puñado de consecuencias. Ahora se habla mucho del auge de la extrema derecha. No sería posible si Santiago Abascal no fuera heredero del Aznar de principios del 2000, que a su vez era hijo político de Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular. Y Fraga era hijo del aperturismo franquista, que no asumió por convicción democrática, sino por el contexto internacional, por interés personal y por los beneficios económicos que podía dar.
La novela examina a fondo esta genealogía y llega hasta los años de la Guerra Civil.
— Los aperturistas franquistas de la década de los 60 eran los herederos de los franquistas que habían fusilado y asesinado gente durante tres años de Guerra Civil, y si ganaron esta guerra fue porque un tal Adolf Hitler les dio apoyo. La España democrática es heredera de muchas violencias y de muchas desfiguraciones identitarias e ideológicas.
El fascismo y la extrema derecha están indisolublemente entrelazados, en Las consecuencias.
— Muchas veces se habla de la extrema derecha como si fuera una cosa que no tiene nada que ver con el fascismo ni con la democracia, cuando la realidad es otra. A menudo, el fascismo coge dos o tres componentes naturales de la democracia y aumenta su temperatura. El nacionalismo banal de los estados a una temperatura elevada puede acabar derivando en fascismo. Todo esto he querido explicarlo, en la novela, evitando los diálogos interminables entre los personajes y planteando situaciones, tramas y conflictos.
Como lector admito que he tenido que ir parando, porque el ritmo es tan rápido que es fácil coger mucha velocidad y perderte todos los detalles.
— Dos influencias que fueron determinantes en mí de pequeño fueron Indiana Jones y los cómics de Tintín. Diría que en Las consecuencias están, de una manera u otra, ¿no?
A mí me ha parecido ver ambas influencias. Como en una aventura de Tintín o de Indiana Jones, tu personaje se va adentrando en una trama cada vez más insólita y rocambolesca que le lleva a vivir peripecias inesperadas.
— El cine negro del Hollywood clásico también me alucinó desde los 10 o 12 años. Fritz Lang, John Huston, Billy Wilder, William Wyler... En paralelo me fascinaron géneros populares como el terror, la intriga y las aventuras. Dos novelas que me volvieron loco entonces fueron La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. No era un gran lector: básicamente estaba con los amigos, jugaba a fútbol, iba de arriba abajo en bicicleta. Me recuerdo como un tipo que iba medio lesionado todo el día.
Treinta años después, has publicado una veintena de libros y cientos de reseñas literarias. Durante esta última década has compaginado la creación con la crianza de tus dos hijos. ¿En qué momento te encuentras, ahora?
— Desde hace unos años vivo una especie de vitalidad pletórica bastante considerable. A veces agarro enfados monumentales, me decepciono o estoy muy triste... pero siempre conservo las ganas de hacer cosas. Tengo la sensación de que el trabajo y los niños me llenan tanto que hasta que no se emancipen del todo y empiecen a pasar de sus padres, difícilmente podré incorporar cosas significativas a mi vida, más allá de lo que ya tengo en ella: la familia, media docena de amigos, mis dos niños y mi vocación literaria. Nunca he sido nostálgico, pero ahora vivo más que nunca en el día a día, a una semana vista como mucho. Estoy muy arraigado en un presente frenético y autocentrado en mi gente y el trabajo.
El personaje de la novela se ve como un monje encerrado todo el día con su manía de escribir. ¿Tú también?
— Combino la vida monacal con tres o cuatro pulsiones hedonistas.