Joan Miquel Oliver escribe contra el aburrimiento
Los setenta y siete microrrelatos recogidos en 'La vida no son matemáticas' transitan entre la anécdota, la reflexión, la memoria y el absurdo, sin someterse a las convenciones narrativas
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- Joan Miquel Oliver
- La Magrana
- 300 páginas / 21,90 euros
Hay experiencias que no admiten una explicación racional, recuerdos que se deforman cuando intentamos recuperarlos, ideas que aparecen sin pedir permiso. La realidad tiene esa mala educación: no se deja ordenar. En La vida no son matemáticas (La Magrana), Joan Miquel Oliver (Sóller, 1974) convierte esta imposibilidad de cuadrar el mundo en un principio literario. Los setenta y siete microrrelatos transitan entre la anécdota, la reflexión, la memoria y el absurdo, sin someterse a las convenciones narrativas. Porque el desorden también puede tener una forma.
El compositor de Antònia Font no necesita revestir la existencia de solemnidad para hablar de cuestiones esenciales. Le basta observarla y dejar que una situación cotidiana se desvíe hasta un territorio inesperado: una llamada, un bar, una mancha de pegamento. La literatura comienza cuando aquello que parecía insignificante se convierte en una pregunta y el pensamiento abandona el camino recto para descubrir otras posibilidades.
Los textos tienen algo de diario, pero no son una confesión. La experiencia se mezcla con la imaginación, y el recuerdo adquiere una forma diferente cuando pasa por el tamiz de la escritura. Oliver preserva esta frontera ambigua entre vida y ficción, allí donde la experiencia deja de pertenecer solo a quien la ha vivido y se convierte en una literatura que rehúye el exceso de cálculo. El autor prefiere la intuición a la demostración, el hallazgo al mecanismo. Esta libertad puede producir desigualdades de intensidad, pero también preserva la capacidad de sorpresa.
El humor es una de las armas principales del libro. La ironía, insolente y poco reverencial, desmonta las apariencias y descubre el ridículo que se esconde detrás de muchas certezas. Esta mirada se acerca al surrealismo: el mundo puede ser absurdo sin dejar de ser real, y una situación insólita puede revelar más que una explicación razonada. El pensamiento también se tropieza, retrocede y se distrae con una tontería. No siempre es en línea recta que llegamos a alguna verdad. La memoria recupera la Mallorca de la infancia y la adolescencia sin convertirla en un paraíso perdido. Es una geografía interior hecha de escenas y experiencias que persisten a pesar del paso del tiempo. Recordar no es volver al pasado, sino comprobar hasta qué punto continúa interviniendo en el presente.
Mantenernos despiertos
La música atraviesa este universo como una manera de entender la creación: el ritmo, las asociaciones inesperadas y los cambios de registro forman parte de una escritura que no necesita la aprobación unánime para justificarse. Tampoco la fama garantiza el valor de una obra: el reconocimiento puede agrandar una figura y desvanecerse sin haber explicado nada esencial. Oliver escribe contra el aburrimiento, contra el tiempo que se escapa y contra la soledad. Escribir no resuelve estas cuestiones, pero permite transformar un rato muerto en una posibilidad creativa. A veces, la literatura sirve para mantenernos despiertos ante el mundo y evitar que el tiempo pase sin dejar rastro.
La vida no son matemáticas es un libro irregular, libre y refractario a las clasificaciones. Convierte la dispersión en una forma de conocimiento. La vida es limitada, contradictoria y a menudo ridícula; nos obliga a improvisar mientras pasa. Oliver escribe desde este territorio sin garantías, con humor y una saludable falta de reverencia.