La editorial barcelonesa Saldonar nació en 2011 con el objetivo de ayudar a "explicarnos el mundo actual" desde una doble vertiente: la poesía y la no ficción. En su catálogo conviven libros de poemas de Attilio Bertolucci, Iannis Ritsos, Maria Beneyto y Vicent Andrés Estellés con una extensa nómina de ensayos, memorias y libros de investigación. Además de dedicar una colección al periodismo –con títulos de Jordi Borràs, Lluc Salellas y Alba Sidera– y otra que incorpora literatura de viajes de autores como Per Nyholm, Cal Flyn y Leila Guerriero y libros de investigación de Adrian Nicole LeBlanc y Ted Conover, Saldonar ha inaugurado Monod, centrada en temas de actualidad. La mirada a la guerra de Palestina por parte de Marc Comas y David Fontseca abrió la colección (Hotel Palestina, 2025), que ha continuado con el recuerdo de Manel Riu de cómo se evitó una tragedia nuclear catalana (Los héroes de Vandellòs I, 2025) y ahora llega al tercer volumen con el libro de memorias sobre el embarazo y la primera maternidad de Amanda Hess (Segunda vida, 2026).
Amanda Hess: "El móvil se había convertido en una especie de guía religioso sobre mi maternidad"
Periodista y escritora. Autora de 'Segunda vida'
-
CAT -
ENG
BarcelonaLa periodista del New York Times Amanda Hess se quedó embarazada cuando se acercaba a los 35 años. Quizás porque se ha especializado profesionalmente en estudiar las nuevas tecnologías –sobre todo derivadas de internet–, lo primero que hizo Hess fue explicar que estaba embarazada a la aplicación telefónica que supervisaba sus ciclos menstruales. Este fue el inicio de una relación muy estrecha entre el móvil de la periodista y la gestación de la criatura, que a partir del séptimo mes se complicó inesperadamente. Cinco años después de dar a luz, Amanda Hess publicó Segunda vida (ahora en castellano en Saldonar, traducido por Elena Ordeig), donde combina su testimonio personal con el análisis de aplicaciones de fertilidad, pruebas genéticas prenatales, vídeos de revelación de género, influencers de parto libre y grupos de Facebook y foros sobre enfermedades raras. La autora se conecta con el ARA por videollamada desde el piso de Nueva York donde vive con su marido y sus dos hijos. Responde con precisión y sin ahorrar detalles a pesar de abordar temas delicados.
El título de su libro nos remite a un simulador y un mundo virtual que se pusieron de moda hace algo más de dos décadas. ¿Fue Second life una de sus puertas de entrada a su atracción por realidades paralelas a la nuestra?
— Tuve un contacto limitado con Second life, pero a la hora de buscar título para mi libro pensé que era una buena idea relacionar los meses de embarazo con la entrada a una realidad paralela, sobre todo a partir de cómo me relacioné con internet, pero también porque es una temporada en la que tu vida se convierte en un acto de imaginación. Te dedicas a fabular sobre de qué maneras se transformará tu día a día, y también proyectas cómo será tu criatura y qué tipo de madre serás. Hay que decir que buena parte de estas proyecciones son equivocadas.
Seguro que su relación con internet ha cambiado mucho desde que empezó a usarla.
— Sí. Las primeras veces que me conecté todavía era estudiante de primaria. Recuerdo el largo proceso de conectar el módem antes de poder navegar por páginas web y de conectarme a chats. Era una chica muy tímida, e internet me permitía explorar tanto los sitios que me interesaban como los que me daban miedo. Durante la adolescencia, internet me ayudó a forjar mi identidad personal.
Todo esto ocurría a finales de los 90 del siglo pasado.
— Eran años en los que internet todavía no se había monetizado hasta el extremo que hemos llegado ahora, en los que pocas empresas lo controlan todo. Cuando me quedé embarazada en 2019, pasé por una segunda adolescencia. El cuerpo me volvía a cambiar y estaba entrando en un territorio que desconocía completamente. Como me había ido especializando en escribir artículos sobre la cultura de internet, creía que podía controlar cualquier mensaje que recibiera.
El libro explica que no fue así.
— Fue como si durante el embarazo mi espíritu crítico me fallara. Quizás tuvo que ver que la pandemia de covid-19 estalló pocos meses después de quedarme embarazada. En Nueva York, que es una ciudad con una densidad de población altísima, hubo muchas muertes desde el primer momento. Durante el embarazo la mayoría de mujeres se sienten aisladas y solas. Con la pandemia, esta sensación se magnificó, y pasé a depender quizás demasiado de lo que me decía mi teléfono.
Estaba dada de alta en Flo, una aplicación telefónica que supervisaba sus ciclos menstruales. Fue a la aplicación a quien le explicó antes que a nadie más que esperaba una criatura.
— Cuando supe que estaba embarazada, mi marido estaba de viaje por temas de trabajo, y como le quería dar la noticia en persona me comuniqué primero por teléfono. Sin darme cuenta realmente de lo que estaba haciendo, le facilité información muy íntima. De hecho, estaba dando datos sobre mi futuro hijo antes incluso de que fuera visible en una ecografía.
Enseguida le empezó a llegar publicidad sobre ropa para embarazadas y para bebés, intercomunicadores, muebles, juguetes... ¿No le daba miedo?
— No me daba miedo porque, en aquellos momentos, lo que de verdad me asustaba era estar embarazada.
Estas aplicaciones venden nuestros datos a empresas que nos ofrecen sus productos. Segunda vida es una advertencia en este sentido?
— De alguna manera nos controlan. Si tienen nuestros datos, nos pueden recomendar qué debemos consumir y cómo nos debemos comportar. A veces te acaban convirtiendo en quien quieren que seas. Cuando compras cualquier tipo de artículo para tu futuro bebé estás tomando decisiones muy íntimas, y estas empresas te pueden hacer tomar decisiones que después tienen una gran importancia. Yo compré un aparato que mi hijo llevaba atado al cuerpo 15 horas al día. Esto influía en lo que acababa pensando sobre sus ciclos de sueño y, de rebote, también en los míos.
En su embarazo hubo un antes y un después de la ecografía del séptimo mes, en la que el médico vio "una cosa" que no le había "gustado".
— Durante los primeros meses había estado tomando notas de cómo se trata a las mujeres online cuando están embarazadas. Toda esta feminización extrema e infantilización estimulaba mi sentido del humor. A veces hacía capturas de pantalla de lo que iba encontrando por si alguna vez, en un futuro próximo, escribía un artículo sobre ello. Cuando aquella ecografía salió mal, cambié de opinión. No podía hacer nada con todo aquel material, entre otras cosas porque mi vida acababa de dar un giro incierto. Empecé a creer, de forma supersticiosa, que haberme permitido hacer broma con un tema tan importante como mi hijo me había condenado.
La tecnología acaba siendo un elemento más del control que se ejerce sobre los cuerpos de las madres, ¿verdad?
— Sí. Cuando la ecografía del séptimo mes salió mal me empecé a sentir culpable. El teléfono móvil se había convertido en una especie de guía religioso sobre mi maternidad. Si hacía todo lo que me pedía estaba convencida de que tendría un bebé normal y sano. Durante el proceso de determinar qué le pasaba exactamente a mi feto, que duró cuatro semanas, expliqué a los médicos cualquier pequeñez que pudiera tener que ver con lo que pudiera tener, desde una copa de vino que me bebí un día hasta una pastilla contra la ansiedad que tomé. Aunque el síndrome que le diagnosticaron no tuviera que ver con nada de lo que yo hiciera, continuaba sintiéndome culpable. A las mujeres se nos supervisa y controla constantemente. A todos los niveles. Como no había vivido toda la vida pensando que algún día me quedaría embarazada, era cosa mía que el feto tuviera un problema.
Históricamente, si un hijo nacía con problemas se atribuía a la madre.
— Se llegaba a decir que si el hijo nacía con algún defecto físico era culpa de los malos pensamientos que había tenido la madre durante el embarazo.
Con su marido no pudieron evitar mirar por internet todos los problemas que comportaba el síndrome de Beckwith-Wiedemann. Había, entre otros, un crecimiento muy rápido, una lengua demasiado grande –que podía requerir pasar por el quirófano–, problemas para comer, hablar y respirar y la propensión a desarrollar cáncer infantil.
— Buena parte de las imágenes que veíamos eran de situaciones extremas que podía comportar el síndrome. Las encontrábamos tanto en publicaciones médicas como en diarios sensacionalistas: les encanta publicar artículos sobre enfermedades genéticas raras como si formasen parte de un show moderno de freaks. Mi hijo ha tenido problemas médicos, pero el 99% de su tiempo lleva una vida normal. Muchos niños tienen sus particularidades. La diferencia es lo más normal del mundo.
Aunque su hijo requiriera una atención especial desde que nació, ¿su angustia fue menor que durante el último trimestre de embarazo?
— Sí. Pasé de sentirme desgraciada y culpable a sentirme afortunada y feliz. La ansiedad que sentía durante el embarazo desapareció desde que mi hijo nació. Con esto no estoy diciendo que nuestra vida no fuera difícil y estresante, pero afrontamos esta nueva etapa con un gran alivio. Tuve la depresión posparto antes de dar a luz.