La pregunta que se repite a los autores como si escondiera el secreto del éxito

Hay una pregunta que se repite a menudo a los escritores; la hacen los periodistas buenos y los malos (incluso en The Paris Review), la hacen los lectores, la hacen los aspirantes a escritor, la hacen otros escritores, la hacen también los amigos del escritor; es una pregunta que aparece una y otra vez como si escondiera el secreto del éxito (o el fracaso) del autor o de una obra. Lo puedo entender, claro; de la misma manera que, si queremos adelgazar, le preguntamos al amigo que ha adelgazado diez kilos cómo lo ha hecho, imaginamos que si queremos escribir, podemos hacer lo mismo: imitar una fórmula, un método. Reconozco que también a mí me interesa la pregunta; por más que no crea en fórmulas ni métodos, a veces puedes aprovechar o adaptar alguna de las ideas de los demás. La pregunta es: ¿cuándo y dónde escribes?Hay escritores que escriben por la mañana, otros por la tarde –aunque hay menos que escriben a primera hora de la tarde–, algunos en horarios intempestivos (se ve que Murakami se levanta a las cuatro de la madrugada para escribir, que es más o menos la hora en que dicen que Dostoievski acababa de escribir y se ponía a dormir). Sobre el lugar donde se escribe también hay para todos los gustos: casitas apartadas (Woolf), habitaciones forradas de corcho (Proust), escritorios con manzanas podridas (Schiller), bares (J. K. Rowling), hoteles (Nabokov y el Fairmont Le Montreux Palace), bibliotecas (Borges), plazas (Perec y la Place Saint-Sulpice). Algunos escritores escriben sentados, otros tumbados, unos cuantos de pie. Los hay que necesitan silencio, los hay que quieren ruido continuo (que es otra clase de silencio). Existen los devotos de la escritura a mano (y aquí entraríamos en los fetiches de los útiles para escribir: plumas, lápices, bolígrafos de determinada marca y color, etc.) y los que no pueden prescindir del ordenador (y entonces: tipo de letra, tamaño, espaciado, software y compañía).A pesar de que las respuestas no podrían ser más variadas, se continúa persiguiendo El Método. Los mismos escritores se encapsulan en sus rituales (aka manías), con una fe casi supersticiosa: quizás tienen miedo de que si alteran lo que les ha funcionado hasta entonces, el resultado se resienta. Es por eso que se acaban creando mitos alrededor de este tema. Escribir deviene entonces un ceremonial con una liturgia concreta: se entra en el santuario elegido y se ejecutan los ritos establecidos. Escribir, en efecto, es un acto de fe.Escribir es como dormir

Cuando me lo preguntan a mí –¿dónde y cómo escribes?–, respondo que escribo cuando puedo (casi nunca, pero, si procede, a la hora que convenga, aunque por motivos prácticos, no supersticiosos, acaba siendo en horario laboral estándar), que escribo en el ordenador sentada en una pelota de 65 cm de diámetro (porque la inestabilidad contribuye a que no se me atrofie la musculatura y quién sabe si las ideas también). Pero siempre repito que escribir es como dormir: evidentemente hay ciertos espacios y condiciones más óptimas para dormir –una cama, un entorno sin estridencias– pero si tienes sueño de verdad acabarás durmiendo donde sea: en el suelo, en el metro, en clase. Con el escribir pasa lo mismo; quien tiene necesidad de escribir, acabará escribiendo dónde y cómo pueda. Por eso, me rebelo contra el fetichismo del ritual y el santuario. La liturgia no hace escritores, hace maniáticos.Hay otra pregunta que reiteradamente hacen a los escritores publicados o a aquellos que quieren llegar a serlo, es una pregunta que hacen tanto estudiantes del instituto donde has ido a dar una charla como adultos que asisten a una conferencia o que te piden que les firmes un libro. La pregunta acostumbra a ir precedida de una introducción: me gusta escribir, querría ser escritor, estoy escribiendo una novela, no sé cómo ponerme, así que: ¿cómo debo hacerlo para ser escritor? La respuesta es bien simple. Para ser escritor hay que hacer una sola cosa, una sola cosa que no tiene nada que ver con tener manzanas podridas en el escritorio y sentarse a las tres de la madrugada con una Remington Victor T. Siempre les digo que para escribir lo único que hace falta es: escribir. ¡Qué obviedad, ¿verdad? Cierto, pero es que a menudo me da la impresión de que hay personas que se enredan tanto con el decorado que pierden la perspectiva. Si quieres escribir solo tienes que escribir. La repetición es el mejor (¿el único?) método: igual que una criatura cuando empieza a dibujar hace caballos que parecen perros y es solo gracias a la perseverancia y a fijarse en los errores que la técnica se va puliendo, también en el escribir hay una parte importante de práctica y revisión crítica. Este método, sin embargo, es poco popular. Siempre se prefieren métodos milagrosos que prometan una obra maestra con poco esfuerzo –bajar diez kilos en una semana–. Otro día ya hablaremos de la tercera (absurda) pregunta recurrente: la inspiración.