Robar ideas con buenos modales

Hace unos años me robaron una idea con muy buenas maneras. Cuando preparaba el proyecto de doctorado, pedí a una psicóloga experta en el tema y a quien admiraba que me lo supervisara. Le gustó tanto que me propuso escribir un libro juntas. La propuesta me cogió por sorpresa y pensé que era demasiado pronto, ya que justo me había matriculado del primer curso y necesitaba tiempo de estudio para madurar el proyecto. Le dije que podíamos volver a hablar en un año. No esperó: meses más tarde, supe que había publicado un artículo en una revista de psicología, donde desarrollaba mi idea con una becaria, con quien se ha dedicado a trabajarla desde entonces. Tardé un año entero en rehacer mi tema de tesis, aparte del disgusto. Ahí he vuelto a pensar hablando con una amiga editora, que organizó un ciclo de charlas donde un autor desplegó las ideas que debían ser la base de su próximo ensayo. Pues bien, la historia es cíclica: por lo visto, uno de los asistentes vertió las ideas aprendidas en un artículo sin citarlo, argumentando que no podía hacerlo porque aún no había escrito el libro. Como si el orden de publicación decidiera de quién es una idea.Vivimos inmersos en el debate de si escribir con inteligencia artificial es plagio, y hay que tenerlo. Pero mientras vigilamos la máquina, ¿quién nos vigila a nosotros y nuestras pulsiones?Una idea, legalmente, no se puede plagiar: se copian las expresiones, las palabras exactas. Pero al menos la máquina, con su frialdad, no se te hace amiga para robarte. No te propone hacer un libro con tu idea para después apropiársela, ni te escribe para disculparse de aquello que te está quitando. Romper la confianza epistémica

Lo que se rompe, en estas situaciones, no es un trato, sino el pacto más básico de las relaciones humanas (y de la evolución misma): el que los psicólogos Fonagy y Allison bautizaron como confianza epistémica. Yo me abro y te doy lo que sé; tú te abres, confías en mí y lo recibes. Es un instante de conexión entre dos mentes, y de estos instantes surgen la cultura y el aprendizaje. Traicionarlo haciendo ver que participas, sonriendo y admirando, es doblemente deshonesto porque no solo engaña al saber, sino también al vínculo. Una disculpa que vuelve a fingir esta conexión sin restituir nada no lo repara, lo rompe por segunda vez.A veces, viendo cómo está el panorama, se hace difícil no caer en la desesperanza, pero si permitimos que cada desengaño nos aísle, dejaremos de aprender los unos de los otros y no tendremos cultura ni evolución. Ahora bien, como ya hemos visto que el orden de los factores sí que altera el producto, a partir de ahora mis ideas irán siempre, primero, en negro sobre blanco.