La suerte, como el viento, es mudable, y nosotros somos cañas doloridas
'Cañas al viento', de Grazia Deledda, explica la vida de cuatro hermanas sardas y del criado de la casa
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- Grazia Deledda
- Adesiara
- Traducción de Samuele Arba
- 200 páginas / 20 euros
Es muy conocida la máxima de Blaise Pascal que asegura que “el hombre es un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa” (y la mujer también, claro). El junco es un elemento de una gran rentabilidad simbólica: parece, en efecto, muy débil, porque se dobla con facilidad bajo el embate del viento, que lo hace balancearse. Pero resulta menos quebradizo de lo que se podría pensar, al ver su delgadez. Se mantiene derecho. Junco (o caña), y el viento de la vida por todas partes, azotándolo. W.B. Yeats publicó The wind among the reeds en 1899, y Josep Carner, El viento entre las cañas en 1920. Entremedias, en 1913, ve la luz esta bellísima novela de Grazia Deledda (1871-1936), Cañas al viento, que Adesiara recupera después de haber dado a conocer, hace ya diecisiete años, La madre, de la misma autora.
En una Cerdeña de costumbres muy deudoras del siglo XIX, cerca de la ciudad de Nuoro, las hermanas Pintor (Ruth, Ester, Noemi y Lia) viven bajo la autoridad inflexible del padre, en una hacienda que se va empobreciendo cada vez más, dentro de una mansión que se va degradando sin que nadie haga nada: “De la madera carcomida llovía un polvillo gris como ceniza”, “las ortigas crecían en los peldaños”. Y no solo es la casa de los Pintor, ejemplo de desidia, sino todo su entorno, que invita a la desesperanza: “La catedral se caía a pedazos; todo era gris, húmedo y polvoriento”. Por eso, Lia, la hermana pequeña –la más lúcida y atrevida–, decide huir del hogar, y poco después el padre muere en extrañas circunstancias. Las otras tres hermanas malviven en un lamentable estado de atonía: señoras como son, tienen mucha pereza. Ahora bien, como a todo el mundo, les hace falta algo para comer y seguir viviendo, aunque sean, todas ellas, bien poca cosa de vida...
Un relato donde el dolor y la desgracia son ineludibles
La figura central del relato, sin embargo, no es ninguna de estas mujeres, sino el criado de la casa, Efix. Hombre maduro, se dejaría matar por sus amas, a las que profesa una fidelidad sin fisuras. Años después de la huida de la hermana pequeña, llega una carta del hijo que ha tenido, un joven atolondrado, Giacinto. Su llegada a casa de las Pintor, lejos de atenuar la miseria familiar, todavía la hará más profunda: “Daba la impresión de una roca precipitada de la montaña para destruir la casa”. Efix, que no ha recibido por parte de sus amas una consideración muy diferente de la que se reservaría a un perro, un día también se marcha, pero, al cabo de un tiempo, vuelve, convencido de que, si no es por él, aquellas hermanas carcomidas por el resentimiento y esposadas por la inacción todavía acabarán yendo más a mal puerto. La novela presenta, con una gran sutileza, la tensión sexual de una de las hermanas, Noemi, hacia su sobrino. Todo ello conforma un relato de corte naturalista, en el que el destino parece escrito desde la primera página, y el dolor y la desgracia diríais que son ineludibles, connaturales a una aldea rodeada de una naturaleza bravía, agreste.
Grazia Deledda recibió el premio Nobel de literatura en el año 1926, y no es extraño, porque sus obras –implacables y rigurosas– están escritas con un dominio portentoso de los recursos expresivos. Fijaos, pongamos por caso, en las diversas frases que he citado, que sirven al propósito de describir un estado moral a partir de elementos de la dinámica de la naturaleza. El carácter de sus personajes parece esculpido en mármol por un cincel que no se deja doblegar por la dureza de la piedra. El lirismo de la autora sarda no empalaga nunca, y presenta siempre las proporciones necesarias. La alegoría de las cañas atraviesa la narración. Dice Efix, el personaje más conmovedor: “Somos precisamente como cañas al viento, señora Ester. ¡Es eso! Somos cañas, y la suerte es el viento”. Cañas doloridas, eso sí, porque piensan y sienten. Y es que la suerte, como el viento, es mudable, pero la que corre por los parajes de la novela arrasa más que acompaña.