Zadie Smith: Todavía me emociona recordar lo bien que me trataron en el hospital cuando solo tenía 15 años
Novelista y ensayista
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BarcelonaEn persona, Zadie Smith (Londres, 1975) tiene tanto carácter como los protagonistas de sus novelas. Desde hace años, la autora de novelas como Dientes blancos (2000) y NW Londres (2012) –en castellano en Salamandra– combina la ficción con el ensayo, y esta semana ha visitado Barcelona para presentar su último y frondoso recopilatorio de textos de no ficción, Muertos y vivos (Penguin/Salamandra; traducido al castellano por Elena Ordeig Vila). En él recupera artículos publicados en la prensa, prólogos, discursos de aceptación de premios y algún inédito donde combina los apuntes autobiográficos con cuestiones candentes sobre la actualidad, como la adicción a los teléfonos móviles y el resurgimiento del racismo. Smith, que ha compartido una conversación sobre la belleza en el CCCB con el escritor Édouard Louis, lamenta haber accedido a conceder entrevistas tras haber pasado una noche movida. Quizás por eso sus respuestas son breves, aunque no pueden evitar contener, en esencia, una muestra de la inteligencia de la novelista.
Uno de los temas que aparece de forma recurrente en Muertos y vivos es el paso del tiempo. Cuando salió en inglés hacía exactamente 25 años de su debut, Dientes blancos, novela gracias a la cual recibió diversos premios y de la cual se han vendido alrededor de seis millones de ejemplares en la veintena de lenguas a las que se ha traducido. En Muertos y vivos se pregunta por cómo ha cambiado el mundo desde entonces. ¿Me podría decir algún aspecto de esta transformación que considere reseñable?
— Es una pregunta demasiado grande para responderla ahora. No tengo nada original que decir al respecto. Nuestra vida de entonces no tenía nada que ver con la de ahora, para empezar, porque no estábamos todo el día pendientes del teléfono móvil. Los cambios son tan obvios que no vale la pena hablar más de ello.
Cuando, en alguno de los textos, mira hacia su adolescencia y juventud, vivida todavía en un mundo predigital, ¿lo hace con nostalgia?
— A medida que uno se hace mayor, mucha gente siente nostalgia por su juventud. Hay que luchar contra esta nostalgia. Pienso que la gente de izquierdas debe evitarla: hay que mirar la historia para encontrar aquellos elementos que han permitido que los ciudadanos salieran adelante y luchar por preservarlos. Es importante hacerlo a título personal pero también políticamente. Podemos sentir nostalgia de la fuerza de los sindicatos en la década de los 50 del siglo pasado, pero no tiene ningún sentido sentir nostalgia por la falta de derechos de la población homosexual de aquella misma época. Cada época tiene sus cosas buenas y también sus carencias.
Describe su punto de vista como "socialista, humanista y existencialista".
— Dije estas tres palabras porque durante las últimas dos décadas me he dado cuenta de que si no te defines tú, lo harán los demás. La única etiqueta que creo que me identifica es escritora, pero definiéndome como socialista, humanista y existencialista estoy evitando que se me pueda considerar sionista, centrista o neoliberal. No me gusta que los demás me construyan una identidad con la que no encajo.
¿Diría que estas tres palabras están en crisis, hoy?
— Lo han estado siempre.
¿Por qué?
— El socialismo es una lucha, igual que la preservación de la democracia. La existencia en sí es una lucha. Hay que persistir en estas luchas, eso no cambia.
¿Cree que, 25 años después, Dientes blancos se lee de manera diferente a cuando la publicó?
— Sigo haciendo clubes de lectura de esta novela con gente que la acaba de descubrir. En ella describo la vida en un barrio como en el que crecí yo [Willesden, en las afueras de Londres]. Continúa siendo la realidad en la que viven millones de personas de la periferia en toda Europa, pero también en los Estados Unidos y en muchos lugares de Sudamérica. Quizás por eso todavía les llama la atención, Dientes blancos: les interesa o les hace reír, no lo sé.
¿Cómo diría que se recibió el 2000?
— No tengo ni idea.
Pero hacía presentaciones, concedía entrevistas, iba a clubes de lectura...
— La gente tenía muchas ideas sobre el multiculturalismo como proyecto político, pero no sé qué puntos concretos destacaban de la novela cuando la leían. Yo no hablaba de ningún proyecto, sino de una realidad. De la vida cotidiana de personajes de verdad.
Uno de los puntos que me llamó la atención cuando la empecé fue el vínculo de algunos personajes con los testigos de Jehová.
— La mitad de mi familia son testigos de Jehová. Hay por todo el mundo, de testigos, es otro movimiento global. Seguro que me gané algún problema con los testigos, a raíz de la novela. Pero cualquier tema en relación a los testigos es problemático.
¿A usted le trajo problemas dentro de la familia?
— No. Formo parte de una de aquellas familias jamaicanas extensas en las que la mitad de sus miembros rechazan la religión. Están acostumbrados a ello. De la misma manera, yo me he acostumbrado a tratar con parientes míos que tienen una concepción del mundo que me los hace tan cercanos como un alienígena venido del planeta Marte.
He conocido a algunos testigos de Jehová que no querían tener un televisor en casa. En el ensayo Algunos apuntes sobre el tiempo mediado explica que no era ni mucho menos su caso: comenta que diariamente veía muchas horas de tele.
— Sí. Todos los niños de familias de clase obrera veíamos la tele por la mañana, por la tarde y por la noche, y nos pasábamos el fin de semana tirados en el sofá viéndola. En mi generación era así. La gente que se sorprende de esta realidad debe venir de un entorno de clase media alta. Mis padres trabajaban todo el día y llegaban tarde a casa. La tele era su sustituto.
¿Qué tipo de educación ofrecía la tele?
— Era una fuerza mediadora que te daba diversos ejemplos de vida. Lo hacía a través de cualidades muy diversas. Había programas horribles, pero otros eran maravillosos. Recuerdo una serie como MASH, una visión nihilista y existencialista de la participación de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Era de un cinismo absoluto y 100% antiamericana, a pesar de que la hacían estadounidenses.
En el ensayo explica que la televisión daba un sentido narrativo al mundo, y lo compara con el presente perpetuo que viven los usuarios de redes sociales como TikTok, Instagram y X. Es un gran cambio que le preocupa, ¿verdad?
— No es que me preocupe a mí. Preocupa a todo el mundo. Por suerte, mucha gente mantiene los músculos de la narratividad, aunque sea en estado latente, y puede ir a ver una película de tres horas como la Odisea de Christopher Nolan. A mí personalmente no me ha gustado mucho, pero es una historia ambientada en la Grecia antigua que ha visto muchísima gente en todo el mundo.
En cualquier caso, esta preocupación por cómo el algoritmo nos define está presente en Muertos y vivos.
— Me cuesta hablar de los artículos. Todo lo que tengo que decir lo he dejado por escrito.
Pero mi trabajo es hacerle preguntas, y encuentro que son temas interesantes.
— La tecnología tiene un efecto evidente en todos nosotros. Hay un programa en la televisión británica, Love is blind, bastante divertido y con encanto, en el que hace unos días preguntaban a una mujer de 28 años muy simpática quién era el actual primer ministro del Reino Unido y no supo dar ninguna respuesta. Hubo gente que se sorprendió, pero no era nada extraño. El algoritmo de su teléfono no había creído conveniente mostrarle quién era el primer ministro británico.
¿Cree que dejar que el algoritmo decida qué nos interesa y qué debemos dejar de lado nos hace vivir más aislados y, por lo tanto, nos vuelve más egocéntricos?
— No me gustan este tipo de argumentos porque tienen un punto moralista. Lo que está pasando no es una cuestión moral. Si vamos hablando de los ciudadanos de hoy como si no fueran tan honorables como los que participaron en la Segunda Guerra Mundial, estamos perdidos.
¿Somos igual de honorables?
— Claro. Lo que sucede hoy es que somos víctimas de una manipulación tecnológica bestial. Y esto no ocurre a pequeña escala: hay millones de personas afectadas.
En el ensayo Fascinada por suponer explica que dos de los motivos por los cuales defiende escribir ficción es que se trata de un acto de comprensión y de empatía hacia los demás.
— La ficción no salvará el mundo. Es un acto minúsculo, un ornamento en una buena democracia social. No tiene ningún poder.
Tuvo suficiente poder para cambiar su vida.
— Le dio y le da un sentido. Pero hay mucha gente a la que las novelas no le interesan nada y ya me está bien. Escribir novelas ha sido siempre un acto minoritario, y eso no cambiará. Para hacerlo hace falta haber alcanzado un determinado nivel educativo. Tiene, por tanto, un componente burgués evidente. Es una forma de expresión complicada y comprometida.
¿Quizás por eso vale la pena continuar escribiendo novelas?
— Sí. Seguiré escribiendo sobre ello. Lo que no haré es pasar quince años más de mi vida diciéndole a la gente que si escribe o lee tendrá una vida mejor. Tampoco me dedicaré a criticar TikTok. Que cada uno haga lo que quiera. Somos adultos, ¿no? Si en el año 2026 todavía no sabemos si estamos aprovechando o malgastando el tiempo, no tenemos esperanza. Los teléfonos móviles son una buena herramienta de trabajo y para publicitar lo que hacemos digitalmente. En nuestra vida privada deberíamos saber alejarnos un poco de ellos.
Nunca le ha gustado demasiado hablar de su vida privada, pero en Muertos y vivos recuerda un episodio complicado de su adolescencia. Cuando tenía 15 años, cayó desde la ventana de su habitación hasta el jardín. Fueron 12 metros. Le podría haber costado la vida.
— Mi adolescencia estuvo llena de altibajos. Sufrí unos cuantos dramas. Caer desde aquella ventana fue uno de ellos. Tuve que pasar una larga temporada en el hospital. Aprendí una lección importante: lo bien que funcionaba el Servicio Nacional de Salud británico. Recibí las mejores atenciones por parte de médicos y personal de enfermería, que se preocupaban noche y día por mi bienestar. Todavía me emociona recordar lo bien que me trataron en el hospital cuando solo tenía 15 años. Cuando salí, tuve la suerte de poder contar con profesores que me llevaban a la escuela en coche, porque mis padres se habían divorciado y mi madre estaba en el trabajo. Recibí una gran lección de amabilidad, aquel año.
Si esto mismo le hubiera pasado ahora, ¿el Servicio Nacional de Salud le habría podido ayudar igual, en su país?
— Sería más difícil, pero el Servicio Nacional de Salud continúa siendo una institución extraordinaria. Mi amigo Hanif Kureishi, que por desgracia ha tenido mucha relación con él [a finales de 2022 sufrió una caída que le dejó tetrapléjico], dice con su sentido del humor habitual que durante los dos años que pasó en el hospital de Charing Cross no vio ni a un solo blanco entre el personal médico, de enfermería y de limpieza. La retórica antiinmigración que gasta mucha gente le hace reír a carcajadas. Hay que estar agradecido a toda esta gente venida de todas partes del mundo que se ocupan 24 horas al día de un hombre que tiene el cuerpo entero paralizado y que lo hacen a pesar de tener recursos insuficientes.
En el libro alerta del resurgimiento del racismo. Compara a Donald Trump con un personaje de Flannery O'Connor que no tiene ningún remordimiento de abandonar a su esposa "infantil y muda" en plena carretera, durante el viaje de novios.
— El resurgimiento del racismo tiene que ver con la falta de recursos. Mucha gente siente que tiene menos que hace treinta años y que alguien más le arrebata lo que es suyo. El sentimiento contra los inmigrantes nace de aquí. No hace falta ser ningún lumbreras para darse cuenta. En un país como el Reino Unido haría falta una inversión masiva en infraestructuras para que la población notara que son bien atendidos en un hospital, que los hijos reciben una buena educación y que tienen un lugar digno donde vivir. Nos dicen que no hay dinero, pero a la vez sabemos que cada año se evaden más de 700 millones de euros de impuestos en economías offshore como la de Panamá.
En Muertos y vivos habla más del papel que tuvo la televisión en su adolescencia que la lectura. También explica que, hace 25 años, en la prensa se hablaba sobre todo de los hombres que escribían, aunque también había muchas autoras valiosas, entre las cuales destaca Hilary Mantel, Margaret Drabble y A.S. Byatt. Esto ha cambiado.
— Sí. Ahora todo el mundo lee a mujeres, ¿verdad? No debería ser tan extraño, porque las mujeres hemos tenido un papel clave en la historia de la novela. Las primeras lectoras del género cuando se empezó a popularizar en el siglo XVII fueron mujeres. Incluso novelas serializadas como Pamela, de Samuel Richardson, se dirigían sobre todo a un público femenino. Es un género literario ideal para las mujeres: pueden leer novelas en cualquier rincón de casa. La razón principal por la cual hemos escrito menos que los hombres es porque nos hemos ocupado de nuestros hijos. No es ningún misterio. Ninguna de las grandes autoras del pasado tuvo descendencia. George Eliot. Virginia Woolf. Jane Austen. Fue a partir de la década de los 70, cuando el cuidado de los hijos dejó de ser un tema exclusivo de las madres, que proliferaron las autoras. Ahora, por suerte, hay muchos hombres que también se ocupan de la crianza. En casa lo hemos hecho a medias con mi marido, y ambos hemos podido continuar escribiendo.