Fontaines D.C. enciende Barcelona
La banda irlandesa presenta Dopamine Chamber en un directo de energía magnética y un final desajustado
BarcelonaUna hora antes del concierto, el cielo de Barcelona se transformaba del rosado de Romance (2024) a un Dopamine Chamber (2026) tornasolado. Fontaines D.C. llegaban a la ciudad diez días después del estreno del disco, que explora un sonido más electrónico, pero mantiene los temas de justicia social. Esa misma tarde, un estallido de disturbios en Barcelona había forzado cambios en el tren y el metro, y los seguidores de la banda se vieron forzados a subir y bajar las colinas que rodean el Sant Jordi Club entre carreras, esquivando a las decenas de fans que se habían quedado sin entrada y a un puñado de jóvenes desconcertados que acampaban para el concierto de Niall Horan.
Pasadas las nueve, Fontaines D.C. subieron al escenario para hacer sonar los primeros acordes de Tongue. Ya desde los primeros compases, el grupo había recuperado con una facilidad admirable el espíritu postpunk de sus primeros álbumes, añorado por algunos fans. En el directo, la banda brilla cuando se deja ser grande, ruidosa y saturada, y resultaba imposible no dejarse arrastrar por la espiral distorsionada de las guitarras, la urgencia del bajo y la batería y la narración casi profética de los versos de Grian Chatten.
Inicialmente, sin embargo, el público catalán se mostró tímido. No fue hasta la repetición frenética de Boys in the better land que salieron las primeras banderas de Irlanda y de Palestina. El frontman, cargado de cadenas de oro y con la chulería desafiante de una estrella de hip-hop, caminaba arriba y abajo de una pasarela que salía del escenario y partía al público por la mitad, reclamando incansable la atención y la energía de los oyentes con ambos brazos.
Lo que más destacó del concierto fue precisamente la fuerza de Chatten por encima del cool hermético de la banda. Chatten se agachaba para cantar directamente a los fans, y los buscaba gritándoles, señalándolos, mirándolos a los ojos. Esta desenvoltura escénica contrastaba con las pocas palabras que pronunció entre canción y canción: muchos “muchas gracias”, algún “buenas noches”. Hacia la mitad del concierto, cuando dijo “Viva Cataluña”, el Sant Jordi Club respondió con un rugido de euforia.
Hacia el final de la noche, Fontaines D.C. había logrado transformar el directo y al público, y el ambiente había ido mutando, por fin, en un concierto de rock: decenas de personas subidas sobre los hombros de sus amigos, banderas, empujones, gente que se quitaba la camiseta para hacerla girar; vasos de cerveza volando, salpicándolo todo de chispas eléctricas y cientos de manos estirándose hacia el cantante. Toda la sala latía al ritmo irredento de Fontaines D.C., arrastrados por la agresividad sensual de la banda.
Antes de los bises, la banda dejó el escenario teñido de los colores de la bandera irlandesa, y para volver se hicieron rogar hasta el punto de que el público ya no sabía qué más silbar, gritar o corear para animarlos. El primer encore, Six Shot Morning, quedó estropeado por un error en la reproducción de las pistas, enfriando momentáneamente el ambiente y aparentemente desconcentrando a los músicos, que tuvieron momentos de buscarse y no encontrarse durante el resto de temas. Pese a todo, con Japan, Chatten se permitía un último baño de masas, quitándose el auricular en el estribillo para sentir el clamor del Sant Jordi cantándole.
Fontaines D.C. cerró el setlist con Where Is Gone, la colaboración con Rosalía que estas semanas ha sonado por todas partes. En esta ocasión, Chatten la interpretó en solitario sentado entre sus compañeros y saltando del registro grave al agudo. La dificultad técnica de la melodía, sin embargo, hacía todavía más evidente la ausencia de la catalana en el dúo. En la cola del guardarropa, algunos fans se consolaban: "Para el concierto en el Primavera Sound del verano que viene seguro que saldrá con ella".