The Strokes encuentran una segunda juventud en el Palau Sant Jordi
El grupo neoyorquino presenta ‘Reality awaits’ en un concierto que hace himnos tanto de los clásicos de la banda como de las novedades más arriesgadas
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- Palau Sant Jordi. 20 de octubre del 2026
El concierto comenzó con un rugido de guitarras y el clamor ensordecedor del público barcelonés. En el escenario del Palau Sant Jordi, Julian Casablancas entonaba Tyrants of the mellow moon con un exceso de autotune. Salió vestido con una gabardina negra y unas gafas de sol que no se quitó en todo el concierto. Al principio, más tímido: colgándose del micrófono y balanceándose de un pie al otro, girándose de espaldas para comprobar el listado de canciones. Pero, poco a poco, algo se fue calentando. El público, que ya lo gritaba todo de entrada, estalló con Reptilia. Fue después del tercer tema que el cantante habló por primera vez: “Huele a España. Uy, no, a Cataluña”, dijo.
The Strokes volvían a Barcelona por primera vez desde el concierto en el Primavera Sound de 2022. Este año, el grupo vuelve sin el guitarrista y cofundador Nick Valensi, sustituido por Steve Schiltz, y con un disco que ha dividido a la audiencia. El repertorio, sin embargo, supo hacer equilibrios entre la nostalgia y la novedad. Además de pinceladas de cada era, el grueso de canciones que sonaron fueron de Reality awaits (2026), el álbum que da nombre a la gira y de Is this it (2001), el emblemático álbum de debut. Entre el público, sin embargo, había una atemporalidad difícil de explicar: las luces azules de los teléfonos móviles han sido mínimas, y si había manos alzadas no era para grabar, sino para marcar el ritmo y estirar los dedos hacia el cantante. Con Heart in a cage se formó un pequeño pogo, que se multiplicó y repitió después con cada hit. Había gente subida a los hombros, amigos que se abrazaban después de una canción, su canción, y, poco a poco, en la pista se empezaron a ver lucecitas de encendedores. Hacia el final del concierto, el humo del tabaco llegaba a las gradas.
En el Palau Sant Jordi costaba determinar qué tipo de público había venido a ver a los Strokes. Había adolescentes acompañados de sus padres, padres acompañados de adolescentes, milenials con tantas canas como tatuajes, alguno de la vieja escuela y muchos jóvenes que sentían la banda tanto suya como cualquier otra. El álbum The new abnormal (2020) se convirtió en un éxito viral entre la generación Z, y cuando en el concierto Julian Casablancas anunció “con los adultos”, repitiendo el grito de un fan, el público estalló: sonó The adults are talking y cantaron con él el verso y el estribillo. Quizás, lo más sorprendente fue cómo el repertorio más nuevo se trataba con la misma reverencia que los clásicos.
Quizás Reality awaits ha sido un disco más turbio, tanto en imaginario como en sonoridad, y algunos sectores de la crítica han considerado que el autotune y las letras irónicas de Casablancas ponen demasiada distancia entre el grupo y el oyente. El álbum habla de la desorientación ante un mundo absurdo, de manipulación política y mediática, tecnología, consumismo. Casablancas juega con el personaje, pero en los directos se ve claro que entre el falsete, los aullidos y las bromas para sacar de quicio a los fans, hay una sinceridad —quizás involuntaria— que conecta muy bien con el aquí y el ahora. Es justamente esto lo que ha hecho que la banda no suene nunca como un tributo a The Strokes.
A medida que avanzaba el concierto, Casablancas se animaba a comentar más cosas entre canción y canción, jugar con sus compañeros y el público, aunque de manera bastante limitada. Donde se expandía realmente era en la música: improvisaba letras y melodías por encima de los riffs de las guitarras y la batería, en una especie de incontinencia musical. Al final, parecía que ni el público ni el grupo querían marcharse, y The Strokes llegaron a hacer tres bises. Primero, un falso final con el hit Last night, donde Casablancas se marchó del escenario encogiéndose teatralmente de hombros. Después Ode to the mets y Selfless. Finalmente, los músicos lanzaron las baquetas y las púas de guitarra al público, y el cantante dio las gracias al equipo técnico y a sus compañeros, para marcharse gritando “my name is Julian”.
Fuera del recinto, después del concierto, una multitud de gente bajaba por las escaleras del MNAC comentando el hito. Cuando en uno de los rellanos se encontraron a un músico callejero que aprovechaba para tocar Last night al saxo, la multitud se sumó para corear la melodía como un grupo de aficionados al fútbol volviendo a casa después de haber ganado.