¿Tiene sentido plantearnos abolir la familia?
Las investigadoras Evelina Johansson y Alva Gotby reflexionan en el Festival Read sobre la sobrecarga familiar y plantean qué alternativas hay
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BarcelonaDespués de tener dos hijos muy seguidos y encontrarse encerrada en casa con la covid-19, Evelina Johansson, profesora de estudios de género en la Universidad de Örebro (Suecia) y especialista en marxismo y teoría feminista, se encontró al límite. "Lo estaba pasando muy mal, colapsada y muy cansada", recuerda. Buscando cómo salir del túnel, empezó a leer y a investigar el papel del hogar en la sociedad y a adentrarse en la literatura sobre el abolicionismo de la familia. Esta corriente de pensamiento no defiende acabar con el amor, el afecto o la convivencia, sino que está en contra de la privatización de los cuidados y la dependencia, a veces un poco forzada, de una unidad pequeña, la familia, para poder sobrevivir. Defiende un mundo donde todo el mundo tenga acceso a una red incondicional y colectiva de apoyo, alimento y refugio, sin importar de quién hayas nacido.
Este agotamiento personal de Johansson es compartido por muchas mujeres. En este sentido, la profesora cita un estudio sueco en el que se midieron los niveles de hormonas del estrés en madres y padres al volver del trabajo: mientras que en los hombres los niveles de estrés se calmaban al atravesar la puerta de casa, en las mujeres se disparaban. "Esto demuestra que el hogar sigue siendo el segundo turno de trabajo para la mayoría de las mujeres", remarca, y recuerda que a escala global asumen el 75% del trabajo doméstico y de cuidados no pagado. Es una situación que no va camino de mejorar, porque la presión no para de crecer a causa de los recortes del Estado en sanidad, escuelas y servicios públicos. "La política actual, aunque habla mucho de la familia, en realidad no le da apoyo; es antifamilia, aunque no pare de hacer bandera ideológica de ella", afirma la profesora.
Tanto Johansson como la británica Alva Gotby, escritora e investigadora que trabaja sobre teoría feminista, reproducción social y vivienda, y que pronto publicará en castellano Como en casa (Verso), han estado en Barcelona para participar en el Festival Read. Ambas hablaron con el ARA horas antes del debate ¿Abolir la familia? La pregunta del debate, sin embargo, no tiene una respuesta nada fácil.Además, la familia no es tan solo el lugar que muchas personas tienen como refugio, sino el que les permite sobrevivir. "La presión que se ejerce sobre las familias es colosal", afirma Gotby. Si las cuidadoras están al límite, no pueden ofrecer el cuidado que querrían o que las personas a su cargo necesitan. Por otra parte, para la gente que está fuera del ámbito familiar, es mucho más difícil acceder a cualquier forma de cuidado. "Quien tiene una familia estable y acomodada dispone de seguridad y una garantía de tener propiedad mediante la herencia, mientras que quien es excluido queda desamparado", añade Gotby.
La carga mental
Más allá de las tareas físicas, Gotby pone el foco en el peso invisible de la carga mental. Es decir, ser la persona que tiene la responsabilidad última de asegurarse de que las cosas se hagan, la que tiene la lista en la cabeza para que los niños tengan todo lo que necesitan o todo funcione en casa. "En Suecia, donde hace cincuenta años que se aplican políticas de igualdad, la carga mental es la parte más difícil de cambiar, porque se da por hecha y forma parte de cómo nos entendemos a nosotros mismos como hombres o mujeres. Para mí, esta es la gran asignatura pendiente", asegura.
No se trata de eliminar ni el amor, ni el cuidado, ni la educación ni la crianza, sino de redistribuirlos para que no recaigan en una unidad tan pequeña, explica. "Existe la idea de que las feministas críticas con la familia queremos externalizarlo todo al Estado o despersonalizarlo, y eliminar el amor y el cuidado de la vida familiar. Estoy totalmente en desacuerdo", defiende Gotby. "Lo que intentamos es, por ejemplo, que el trabajo se distribuya de manera más equitativa. Es difícil hacerlo con la unidad familiar cerrada. Se puede redistribuir el trabajo para que los padres hagan más, pero, al fin y al cabo, se deposita mucha responsabilidad en la familia: hijos, personas mayores, personas con discapacidad o enfermedad... Deberíamos considerar formas de abrirlo", reflexiona.
Y es en este punto donde entra un elemento muy importante: el espacio. Gotby trabaja sobre todo en el ámbito de la vivienda, donde los pisos están diseñados para unidades familiares reducidas, lo cual dificulta cocinar con los vecinos o compartir el cuidado de los niños. La tendencia a la privatización lo ha empeorado. "Deberíamos poder imaginar cómo compartir el derecho al cuidado, las instalaciones o la comida, pero también los aspectos de ocio y comunidad, como mirar una película o que los niños jueguen juntos. Aun así, el modelo de vivienda actual lo dificulta", dice.
La reacción conservadora
En las últimas elecciones en Suecia, como también ocurre en España, se ha visto una polarización de género: las mujeres y las chicas jóvenes son más feministas, mientras que los hombres jóvenes son más conservadores. Ante la emergencia de corrientes conservadoras y movimientos en redes sociales que idealizan la figura de la ama de casa tradicional, tanto Gotby como Johansson interpretan que este malestar responde a la presión del modelo actual. Para Gotby, hay mujeres jóvenes que rechazan la promesa del feminismo liberal de tener que tener una carrera y una familia a la vez, y lo perciben no como una libertad, sino como una obligación exhaustiva: ser una trabajadora de éxito y después cuidar a los hijos y a los padres. Algunas prefieren renunciar a este mundo de autoexigencia y competitividad capitalista para refugiarse en el hogar y el amor, idealizando la familia tradicional. Es una respuesta reaccionaria a la insatisfacción.
"La reacción de estos jóvenes responde a un malestar real, aunque sacan conclusiones equivocadas. Lo mismo ocurre con la masculinidad entre los hombres jóvenes: sienten que la promesa de la masculinidad no se ha aprendido y canalizan su frustración contra el feminismo en lugar de hacerlo contra el sistema de clase", asegura Johansson. "Hay que desenmascarar la falsa promesa de libertad del proyecto de la extrema derecha, que en realidad recorta los derechos de las mujeres, el aborto y la libertad sexual. Hay que señalar cuál es el conflicto central de la sociedad: el problema no es entre hombres y mujeres, sino de carácter económico y de clase", añade.
Para Johansson, el problema de fondo, pues, es la falta de libertad real. En la literatura abolicionista de la familia existe el debate de si hay que destruir la familia para acabar con el capitalismo o si es al revés. "Yo no me lo jugaría todo a la carta de la familia; preferiría cambiar las condiciones en torno a la vivienda y el trabajo para dar libertad real a la gente para elegir cómo y con quién quiere vivir", afirma la profesora. Hoy en día la tasa de natalidad cae y la gente se ve obligada a quedarse en estructuras familiares no por elección, sino por la imposibilidad de acceder a una vivienda", concluye.