Baloncesto

La gran leyenda del Barça que se ha pasado a dibujar cómics

Andrés Jiménez revive su exitosa carrera con un libro lleno de ilustraciones hechas por él

12/04/2026

BadalonaCuando era un crío, Andrés Jiménez pasaba las horas ojeando los tebeos y los cómics que su abuelo vendía en un quiosco de Carmona (Sevilla). La única premisa era no abrirlos mucho para que parecieran nuevos y se pudieran vender sin problemas. Aquella pasión por las ilustraciones no desapareció nunca y unos años después se lanzó a realizar sus propias creaciones.Jiménez cambió Carmona por Badalona, ya que fichó por el mítico Cotonifici (1978-83). “En Carmona no se jugaba mucho a baloncesto, pero yo era alto. Cuando tenía 13 años ya medía 1,97 metros de altura. Me inscribí en una de las operaciones Altura que hacía la Federación Española y me seleccionaron para hacer una concentración de 15 días en Cáceres. Mi informe, que decía que era voluntarioso, pero que no sabía jugar mucho a baloncesto, fue dando vueltas. Dos años después, cuando ya estaba desanimado y quería dejar el baloncesto, dos directivos del Cotonifici me hicieron una propuesta”, recuerda.Su gran suerte fue coincidir con Aíto García Reneses, un entrenador con una visión privilegiada para detectar el talento antes que el resto. “Aterricé en el mejor lugar posible porque el Cotonifici necesitaba formar jugadores jóvenes”, dice Jiménez. Durante años, el sevillano compaginó el baloncesto con sus creaciones. “Siempre me ha gustado dibujar. Cuando llegué a Badalona, no seguí mis estudios en la Escola Industrial, que en aquel momento estaba un poco abandonada. Me enteré de que la Escola d'Art Pau Gargallo ofertaba estudios de artes aplicadas. Entré en publicidad y diseño y vi que se me daba bien”, recuerda.Fernando Martín, que siempre lo veía dibujando durante las concentraciones de la selección española y sabía que era un gran fan deAstérix y Obélix, lo bautizó como Jimix. Jiménez jugó en el Joventut durante tres temporadas (1983-86). “Cuando jugaba en la Penya llegué a hacer campañas publicitarias, pero cuando llegué al Barça me empezó a costar encontrar el tiempo necesario para dibujar. Viajábamos mucho y los partidos eran muy intensos. Durante dos años mantuve una tira semanal de cómic, pero después lo dejé durante 20 años”, confiesa.

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“Fue hace pocos años que recuperé la pasión. Cuando volví a tener tiempo libre, me lancé de cabeza”, reconoce. Ahora ya no se mueve sin su tableta, un instrumento que le permite dibujar en cualquier lugar. Después de iniciar una colaboración mensual con la mítica revista Gigantes del Basket, Jiménez ha dado un paso más y ha creado su propio cómic. Mi loca historia del básquet (Valnera Gráfica), que se presenta el miércoles en Barcelona, incluye tres partes: una autobiografía, su particular visión de la historia de la humanidad y el diario de Los Ángeles 1984. Aquel es su gran éxito deportivo, ya que se colgó la medalla de plata en unos Juegos Olímpicos.Una retirada culé

Jiménez es una leyenda tanto en Badalona como en Barcelona, donde tiene el dorsal 4 retirado en el Palau Blaugrana. “Cuando empecé a jugar a baloncesto hacía de pívot, pero poco a poco me fui recolocando. Después de ser el mejor alero pívot de Europa durante dos temporadas, Aíto me propuso jugar de alero. No fue un cambio sencillo. Pasé de ser una referencia a hacer algo que no sabía hacer. No jugaba con la misma seguridad y tuve que aprender recursos nuevos. Personalmente, a mí no me iba bien, pero al equipo sí y a mí eso era lo que me importaba. El Real Madrid tuvo muchos problemas y tenía que gastar una plaza de jugador extranjero para mi posición, lo que debilitaba su juego interior”, explica.

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Aun  que nunca pudo ganar la Copa de Europa, Jiménez guarda un gran recuerdo de su etapa en Can Barça (1986-98). “Vencimos muchos títulos y pude retirarme cuando aún estaba en condiciones de seguir jugando. Habría podido fichar por otros equipos, pero preferí que mi último partido fuera con la camiseta del Barça”, aclara. De anécdotas tiene para llenar un carro. “Cuando jugábamos en Grecia siempre teníamos problemas. Cuando quedaban 10 segundos para el final, los jugadores del banquillo empezaban a marcharse hacia el vestuario. Cuando sonaba la bocina final, los cinco jugadores de la pista y Aíto García Reneses empezábamos a correr porque nos lanzaban de todo: desde monedas hasta sillas”, asegura.