Gil Manzano y la tostada de Murphy

Gil Manzano es ese tipo de árbitro que con la cara ya paga: altivo, arrogante, inaccesible y con una tendencia patológica a expulsar a quien antes ha estado sacando de quicio. Si, encima, le emparejan con Del Cerro Grande en el VAR, les queda un dúo muy prometedor que pondrá a prueba la paciencia del más tranquilo del vestuario, aunque tenga horchata en las venas y se llame Frenkie de Jong. Con la designación de ese tándem estelar, el Comité Técnico de Árbitros firmó toda una declaración de intenciones dirigida al Barça en una semana muy complicada para Florentino Pérez. En general, las teorías conspiranoicas dan mucha pereza, pero, en este caso concreto, es muy difícil tragarse que la elección fue una coincidencia. El vestuario azulgrana sabía todo esto cuando saltaba en el césped de Anoeta.

"No estoy decepcionado con el árbitro porque sé que es así", dijo Hansi Flick tras consumarse la derrota. Y también nos preguntó a los periodistas, muy pícaro, si el tipo del VAR era el mismo que la temporada pasada le había anulado un gol a Lewandowski: el déjà-vu con el fuera de juego del talón de Lamine Yamal era demasiado capcioso. El cóctel arbitral de Anoeta condensó todo lo que más nervioso ha puesto el técnico alemán desde su aterrizaje en el verano del 2024: la sensación de injusticia que le dejó la punta del pie polaca condenada por Del Cerro, el criterio absurdo de Gil Manzano que le expulsó contra el Girona y la incapacitado. La tensión se mascaba con una actuación sibilina que magnificó la frustración del Barça, que, todo sea dicho, pudo golear al rival sin tener en cuenta la sombra de las manos negras.

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El Barça no perdió por culpa de los trompicones interesados ​​del Comité Técnico de Árbitros. El equipo cayó ante la Real Sociedad porque falló ocasiones muy claras y cometió errores en defensa impropias de un campeón de Liga. Ya lo decía Pep Guardiola: el Barça no puede permitirse el lujo de dejar en manos del azar lo que pueda ocurrir en un partido. Con los peores colegiados comandando la nave y en un campo que provoca empachos como si tuviera que digerirse cemento, hay que ser perfecto y el equipo de Flick, por mucho que sobresaliera con el balón en los pies, no lo fue en los momentos clave. En la racha de once triunfos consecutivos habían ganado partidos que se habían merecido perder, y en Anoeta la tostada de Murphy se impuso. Y no, esta vez no hubo que Gil Manzano y Del Cerro fueran decisivos.