Hostia, ¿quieres decir que tiene que hacer eso, tu padre?
La experiencia de Josep y Roger Sanglas, padre e hijo participantes en la última edición del Tor des Géants, una carrera de ultrarresistencia de 330 kilómetros
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Torelló“Hay gente que me dice: «Ostras, ¿quieres decir que tiene que hacer esto, tu padre?»”, admite Roger Sanglas (Torelló, 1988). “Sí, a veces me dicen: «¿Hasta cuándo, Josep?» Ya me pararán. La vida ya te para. Pero mientras pueda iré haciendo”, sonríe Josep Sanglas (Torelló, 1957). Padre e hijo han participado en la última edición del Tor des Géants, una de las grandes carreras de ultrarresistencia del mundo. Son 330 kilómetros por el Valle de Aosta, en Italia, con 24.000 metros de desnivel positivo, por los alrededores del Cervino, el Mont Blanc y el Monte Rosa. “En realidad son 360 kilómetros y casi 26.000 metros de desnivel”, matizan.
Empezaron en el mundo de las carreras de montaña ya hace mucho tiempo. “Siempre me ha gustado la soledad y me encanta este momento de estar con uno mismo. En estas carreras llega un punto que pasas del nivel físico al mental, y eso a mí me atrapa. Te da una libertad que no la encuentro en ningún otro lugar. En un sentido de no tener preocupaciones, de no tener ataduras. De ser yo conmigo mismo y dejar de lado muchas cosas: materiales, sentimentales. La cabeza te hace ir hacia adentro. Este punto es el que me ha atrapado”, admite el hijo. “Yo cuando salía del trabajo necesitaba una descarga física. Era como cuando sueltan a un perro que ha estado atado todo el día”, apunta el padre, ahora ya jubilado. Mientras corre recorre su vida: “Pienso qué he hecho, qué me queda, hacia dónde voy. Me gusta la soledad y me encantan las noches en la montaña. Los cielos estrellados, las líneas que dibujan los frontales en la oscuridad. Todo esto no tiene precio”. Cada año hacen unos 3.000 kilómetros y unos 150.000 metros de desnivel positivo entre carreras y salidas.
En 2018 hizo el Ultra Trail del Mont Blanc. En 2019 hizo el Tor des Géants y siempre había pensado que quería volver con su hijo. “Me hacía mucha ilusión poder hacerlo juntos. Es algo que pocas familias pueden decir”, dice Josep, feliz. Así se plantaron en la salida, en el pueblo de Courmayeur, a los pies de la cima de Europa. Roger fue el mejor corredor del estado español, con un tiempo de 87 horas y 47 minutos. Fue 34º de la general de la carrera, con 1.500 inscritos de 86 países y 690 finishers. Cuando pasaba por los avituallamientos avisaba de que al cabo de un rato pasaría su padre. “Cada cincuenta kilómetros cogía el móvil y preguntaba: «¿Cómo está mi papá, ay, mi padre?»”
“En estas carreras de 150 kilómetros hacia arriba tienes momentos malos. Siempre tienes algo que no va bien: las piernas, la barriga, la cabeza. Tienes momentos de desánimo, de parar”, explica. Pero toca sobreponerse y seguir caminando. La primera noche no durmió. “En la segunda, hacia las 6 de la madrugada, me vino una borrachera de sueño en una bajada”, admite. En total durmió poco más de una hora en tres días y medio. Josep durmió dos horas en cinco días y medio. En este mundo hay que aprender el arte de los microsueños: “Cierras los ojos y los abres al cabo de 10 o 20 minutos. No sabes si has dormido o no, pero ya no tienes esa paranoia. Es un reset”. Hasta hace pocos días todavía tenían una especie de jet lag extraño.
Tener delirios forma parte de la carrera
Los delirios son una parte más del recorrido. “Se te mueven las cosas, ves cosas. Es un continuo, y cuando tienes mucho sueño ya son alucinaciones grandes. Hablas en voz alta, ves borroso. No sabes si vas hacia adelante o hacia atrás, como si fuera el día de la marmota”, apunta Roger. “Yo a veces veo a una mujer con una cola blanca que me mira desde una ventana”, continúa Josep. Él estuvo un buen rato peleándose con unas luces porque le parecían unos drones que le seguían. Les preguntaba qué querían.
Roger llegó a la meta a las dos menos cuarto de la noche. Todavía tuvo que hacer dos kilómetros más hasta la autocaravana. Josep llegó al cabo de dos días, con 134 horas y 54 minutos. Terminó 387.º de la general y octavo de la categoría de 60 a 70 años. Le saltaron las lágrimas cuando vio Courmayeur bajo él, después de completar la última subida. “Me dije: «Chaval, esto hoy será la hostia»”. Continuó bajando y saliendo de una curva ya se encontró a Roger. Le esperaba para acompañarle hasta la llegada. “Pensé: «Ya estoy a salvo. Ahora sí que ya está. Ya llego»”. Caminaba torcido por el dolor de lumbares. “La llegada era un drama total. Los fisios no daban abasto. Sufres mucho porque pones el cuerpo al límite, pero cuando acabas te da una satisfacción como pocas cosas en la vida. Es algo muy difícil de explicar. Son minutos de gloria”, subraya.
“Estuve cinco minutos llorando. Era un llorar espontáneo. Me vino. Yo soy una persona que se guarda bastante los sentimientos, Roger ya lo sabe, pero allí me explotó todo. Me bajó todo -sonríe-. Como padre, poder hacer algo así con mi hijo ha representado más que una satisfacción. No lo sé, es algo que no sé cómo decir. Es una satisfacción total, algo que ya me queda para siempre”, añade emocionado.
“Quizás volveremos a hacer alguna otra carrera grande juntos, pero quizás no. Cuando le vi llegar se me caían las lágrimas”, admite Roger.