Barça

Un Mbappé gigante despierta de su sueño a un Barça empequeñecido con tres bofetadas (1-4)

El campeón francés destapa las vergüenzas de un equipo demasiado defensivo y deja la eliminatoria vista para sentencia

BarcelonaEl barcelonismo soñará en cada zancada de Kylian Mbappé por el Camp Nou. El francés despertó de su sueño al Barça con tres bofetadas y dejó la eliminatoria vista para sentencia. Su paso por Barcelona será recordado como uno de esos monstruos que no te dejan dormir por la noche cuando eres pequeño. El Barça se había ilusionado imaginando que podría hacer frente al PSG, pero los sueños no son nada más que eso, sueños. Y la realidad es que el Barça hace mucho que no lleva corona en Europa. Más que ser el inicio de una reconquista, el partido fue una segunda parte de esa noche triste de Lisboa. El ridículo en Europa no se ha acabado. Sí, todo podía ir todavía peor. Y todavía queda la vuelta.

Era una noche extraña, con un estadio vacío y las calles llenas. No, no era una noche cualquiera. Ya hace años que el PSG se ha ganado a pulso ser uno de los equipos menos simpáticos. Las rivalidades se construyen así, con golpes recibidos y golpes dados, con fichajes polémicos y derrotas que hacen daño, como esta. La última vez que el campeón francés visitó el Camp Nou acabó de rodillas, con Messi encaramado en una grada y Sergi Roberto ganándose un lugar en la eternidad. Ahora volvía desafiante, consciente de que el Barça se ha ido debilitando. El equipo de Mauricio Pochettino sabía que tenía una gran oportunidad para cobrar facturas pendientes con el club que no hace tanto era la gran referencia europea. Ya no es así. Ahora los clubes referentes están en otros lugares. 

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El Barça de Koeman salió con la calculadora en la cabeza, prudente, como ya hizo en Sevilla. No era un equipo de los que salen al terreno de juego para disfrutar. Y así, en lugar de disfrutar, acabó sufriendo cada vez que Mbappé atacaba por su parte. Cada vez que Verratti, el centrocampista italiano al que el Barça quiso fichar, se reivindicaba con su fútbol estiloso, mimando la pelota. Sí, era una noche para sufrir. Ninguna sorpresa, de hecho. El gran mérito de Koeman en los últimos meses había sido animar al barcelonismo, pero cada vez que hay un partido importante el equipo flaquea. Y Koeman parece perder el coraje con propuestas conservadoras. La realidad es un muro demasiado alto, demasiado duro. Y si contra el Sevilla el equipo de Koeman ya sufrió, contra el PSG acabó arrodillado de nuevo. Koeman no salió reforzado de una derrota con unos cuantos protagonistas que en Lisboa, como Busquets, ya estuvieron en el césped. 

Como era una noche importante, Piqué quiso estar. En los últimos meses, el central catalán había trabajado en solitario pensando en llegar a este partido. Dicho y hecho. Piqué se dejó la garganta en medio de la defensa, como si fuera un padre gritando a sus hijos, sufriendo por ellos. Cada vez que Dest perdía la posición, lo corregía. Cada vez que había que mantener la línea defensiva, él lo ordenaba. Koeman había apostado por Sergiño Dest, su defensa más rápido, para intentar parar las carreras de Mbappé. Y el joven norteamericano no podía parar a solas a Mbappé. En la flor de la vida, la gran estrella del PSG asusta por su forma de mirar, fría. Por su forma de correr, como si fuera un robot programado para hacer añicos a los rivales. Fue él, claro, quien se escabulló dentro del área para fusilar a Ter Stegen y empatar el partido en la primera parte. Un momento clave, puesto que el Barça, sin hacer nada del otro mundo, había conseguido ponerse por delante en el marcador cuando Kurzawa, sin quererlo, hizo caer a De Jong dentro del área. Messi, enviando la pelota ahí donde ningún portero puede llegar, había dado de penalti el primer golpe. Pero Mbappé se encargó de responder en una acción en la que Dembélé no ayudó en tareas defensivas. El mismo Dembélé que había perdonado el 2-0 poco antes. El día que jugaban contra el club de su capital, los tres franceses del Barça no estuvieron a la altura. Griezmann falló dos ocasiones claras, Dembélé siguió condenado a tomar las decisiones equivocadas en el peor momento y Lenglet todavía busca a Mbappé en la jugada del 1-1.

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A pesar de algunas perlas de Pedri y las carreras verticales de De Jong, el Barça, prudente, no tuvo el fútbol que hacía falta para controlar el escenario. A medida que el partido avanzaba, el PSG se iba haciendo grande. Ter Stegen, por suerte, también. El portero alemán hizo dos paradas de las suyas, de las que salvan partidos, de las que dejan con un palmo de narices a los rivales. A pesar de no tener a Neymar ni a Di María, el PSG olía sangre y salió en la segunda parte a morder, liderado por la exhibición de un Mbappé que en algunos momentos parecía Gulliver sacándose de encima a adversarios como si fueran habitantes de Liliput. Y Koeman lo miraba sin hacer cambios, como si no tuviera ideas, entregándose a un destino trágico. Un destino escrito por Mbappé, que certificó la remontada francesa después de una jugada en la que Florenzi se escapó de Griezmann. Poco después, Moise Koean hizo el 1-3. Y ahora sí, Koeman hizo los cambios. Demasiado tarde. El Barça, sin alma, acabó recibiendo la última estocada, un golazo de Kylian Mbappé -de quién si no?-.

El duelo contra el PSG no dejaba de ser un juicio y el Barça lo suspendió. Koeman, atrapado por el pasado en vez de apostar por el futuro, también. Y Messi, el hombre tentado por el PSG, acabó condenado a andar como un alma en pena por un estadio vacío y triste. Tan triste como el juego de un Barça que ni quiso ni pudo tener la pelota. Quizás era su último partido en la Champions en el Camp Nou. La realidad, cruda, duele.