Un americano en el paraíso de Montjoi
Larry Williams, descendiente de los Pi-Sunyer, está reconstruyendo una masía del siglo XIII que guarda más secretos de los que parecía
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RosasLa vida da muchas vueltas. Larry Williams, de 66 años, constructor de éxito en Vermont, es el nuevo amo y señor del mas de Montjoi de Baix y de todo este pequeño valle situado en la vertiente sur del Parque Natural del Cabo de Creus, dentro del término de Rosas. Un paraíso rural junto al mar. Un lugar ocupado por hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales, rico en flora y fauna y rico, también, en historias más legendarias que documentadas que ahora, sin embargo, están pasando a ser reales. Es, además, el rincón de costa donde Ferran Adrià hizo el milagro culinario de El Bulli.
¿Cómo ha ido a parar el acomodado estadounidense Larry Williams a este rincón del mundo? ¿Qué ha encontrado ahí? Las dos respuestas están cargadas de memoria y de sorpresas.
La madre de Larry Williams, que murió en los Estados Unidos en 1992, era Berta Pi-Sunyer Diaz, hija de Jaume Pi-Sunyer Bayo y nieta de August Pi i Sunyer, dos médicos eminentes. La saga de los Pi-Sunyer, originaria de Roses, ha dado nombres ilustres a la medicina y la política, entre los cuales el hermano de August, Carles, que fue ministro, consejero y alcalde de Barcelona. El trágico exilio republicano los dispersó a todos por las Américas: México, Venezuela, Chile, los Estados Unidos… El aprecio por la tierra de origen se mantuvo. Al cabo de los años, algunos descendientes volvieron. Otros no, pero a menudo han heredado la nostalgia familiar.
Es el caso de Larry, a quien su madre siempre le transmitió la pasión por Roses. Una tierra mitificada que ahora quiere volver a hacer suya. El hecho de no hablar catalán ni castellano no le ha impedido esta conexión íntima, sanguínea. En 2020 pidió a una prima, Joana Burgués Pi-Sunyer, residente en Roses, que le ayudara a buscar una casa antigua en esta población del Alto Ampurdán. Una masía para rehabilitar y con vistas al mar. No fue fácil.
Finalmente, se decidieron por el proyecto más difícil y prometedor: el mas de Montjoi de Baix, del siglo XIII, abandonado en 1961 por los últimos masoveros. Estaba en estado ruinoso. Su emblemática torre del siglo XVII, de veinte metros de altura, había caído en 2011 –ahora ya ha sido reconstruida–. Otras personas lo habían intentado comprar antes, pero la condición sine qua non que siempre ponían los propietarios, los Casabosch Thos, emparentados desde el siglo XIX con los Coll de Roses (el mas más emblemático de la población), era que se debía adquirir con todas las tierras, es decir, con todo el valle: 95 hectáreas. Esto hizo retroceder, entre otros, al mismo Ferran Adrià. El hecho de que esté dentro del parque natural también hacía difícil cualquier futura intervención.
Larry Williams Pi-Sunyer se enamoró del lugar y logró in extremis detener la venta a un fondo de inversión alemán. Aquel caserón rural con vistas al azul marino de la bahía tenía que ser suyo. Rodeado de olivos, almendros, higueras, almezos, encinas, robles, castaños y limoneros, tiene abundante agua dulce potable y una rica diversidad faunística. La compra no se acabó de materializar hasta mayo de 2023, después de dos años de pesadas gestiones para garantizar todos los permisos de rehabilitación de acuerdo con el Parque Natural, el Ayuntamiento de Roses y las diferentes instancias de la Generalitat. Fue un proceso complejo con un final feliz. Muy feliz. Ahora veréis por qué.
La suma de ilusión, paciencia y perseverancia obró el milagro. También la buena disposición de las administraciones ante una apuesta excepcional de colaboración público-privada. Larry no es un potentado caprichoso e insensible. Al contrario. El día que obtuvo la nacionalidad española y vio cómo se le reconocía el segundo apellido catalán de sus antepasados rosincos “se echó a llorar”, recuerda Joana. Con su esposa, Leslie, vienen a menudo desde los Estados Unidos para hacer personalmente el seguimiento del proyecto y tienen la intención de instalarse a vivir allí seis meses al año. De manera permanente habrá unos masoveros que se harán cargo del mantenimiento de la casa y las tierras. Tendrán una vivienda aparte, donde estaban las antiguas silos de la masía. Ya hay candidatos. Hace unos meses, Larry y Leslie pasaron por el ARA y me invitaron a visitar Montjoi. Este verano finalmente he podido responder al amable ofrecimiento.
Con Joana Burgués como global project manager y Clara Solà-Morales como arquitecta –los Solà-Morales son otra saga relevante, en este caso de arquitectos de raíces olotenses–, Larry siente que está en buenas manos. Les ha dado plena confianza. Por descontado, él tiene experiencia constructora. Desde el principio sabía bien qué quería. Quería –quiere– una obra respetuosa con el patrimonio arquitectónico y natural. Quería que su madre hubiera estado orgullosa de ello. Quería huir de la voracidad turística. Lo que no se podía imaginar era lo que se encontraría más allá de las ya de por sí fabulosas evidencias iniciales.
Un sorprendente hallazgo arqueológico
La sorpresa saltó el verano de 2024, con las obras de reconstrucción del cortijo ya iniciadas. La preceptiva intervención arqueológica, liderada por Marcel Pujol, no había dado frutos, a pesar de que la escasa historiografía hablaba de la existencia en la zona del antiguo monasterio de Magrígul, totalmente perdido. En los cimientos y entorno inmediato de la casa no había aparecido nada. Pero rehaciendo el antiguo canal que lleva agua fresca a la casa desde un manantial natural, en un espacio cercano donde se tenía que hacer una intervención logística, el arqueólogo Xavier Aguelo, del equipo de Marcel Pujol, detectó unas piedras que quizás, un quizás muy tenue, parecían formar parte de una posible antigua arcada.
“Estábamos en la fase final de aquel tramo de obras y le di cuatro días, solo cuatro”, recuerda Joana. Xavier Aguelo trabajó día y noche hasta que apareció, desenterrada después de siglos de olvido, la estructura entera, en buen estado de conservación, de una iglesia visigótica, incluidos diversos enterramientos, el más antiguo de los cuales data del siglo VII d. C. El impacto fue fabuloso y dio pie a nuevas investigaciones. Había que encontrar el monasterio, que tenía que estar cerca. Efectivamente, a finales de 2025 se localizaron los restos. De nuevo, un hallazgo excepcional. Hacía años que en Cataluña no aparecía un conjunto religioso tan antiguo y en tan buen estado.
Doble premio para los arqueólogos, sin duda, pero también para un Larry que no podía dar crédito a lo que le estaba pasando: no solo había adquirido una finca rural que le conectaba con su pasado familiar, sino que también estaba ayudando a desenterrar un precioso pedazo de la historia de la Cataluña romana y medieval. Porque en las bases de las dos construcciones se han encontrado trazas –pavimentos y otros indicios– de época imperial, probablemente de una villa. Tiene todo el sentido, teniendo en cuenta que la colonización romana de la Península se inició en Ampurias y Rosas.
En conjunto, de momento en el valle de Montjoi se han localizado diez enterramientos de época altomedieval y romana, de cinco de los cuales se están realizando pruebas de ADN en París para obtener más información sobre parentescos, causas de la muerte y alimentación. En noviembre se tendrán los resultados. Además, se cree que debe existir una tercera iglesia y posibles estructuras de hábitat, ya que se calcula que en el momento álgido (siglos IX al XII) de este dinámico pasado del valle de Montjoi debían vivir entre 100 y 120 personas. La gente, sobre todo los ciudadanos relevantes, solo se hace enterrar donde considera que su memoria perdurará. Montjoi, pues, debía ser un núcleo religioso y emblemático consolidado. El equipo de tres arqueólogos que sigue trabajando allí tampoco descarta encontrar restos megalíticos.
Pero el valor del lugar no es solo humano e histórico, también es natural. De acuerdo con el Parque Natural del Cabo de Creus, actualmente hay un equipo de ornitólogos que está realizando allí el seguimiento de las migraciones de aves. El paraje es muy rico en especies: el día de la visita para escribir este reportaje habían anillado, entre otras, un carbonero común, una curruca cabecinegra –que estaba acumulando grasa en la barriga para poder volar hasta África– y una vistosa abubilla. El trabajo de los naturalistas también ha incluido la localización de un tritón endémico: se le puede ver en la balsa histórica, que se ha recuperado. La restitución paisajística y natural del valle es una parte fundamental del proyecto, con mucho trabajo por hacer.
Poco a poco, al margen del bullicio turístico de primera línea de la costa, el valle de Montjoi comienza a recuperar su pulso rural e histórico de la mano de un Pi-Sunyer venido de las Américas, a las puertas del centenario de la trágica huida de sus antepasados.