La antigua fábrica donde un centenar de profesionales ponen a prueba otra manera de construir
Más de un centenar de profesionales de la bioconstrucción y artistas del Konvent ponen a prueba otra manera de construir en la antigua colonia textil de Cal Rosal, en el Berguedà
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Concierto de Bru Ferri en el Konvent del Berguedà durante las puertas abiertas en las jornadas Forma.Nuno Perestrelo
Cal Rosal (Berguedá)Un piano de pared con las cuerdas al descubierto reposa sobre una alfombra de serrín. Por primera vez en seis días, en la antigua colonia textil de Cal Rosal, en el Berguedà, se ha hecho el silencio. El artista Bru Ferri se dispone a tocar y cantar. Pero antes reivindica el trabajo del público cansado y a la vez emocionado que tiene delante. En menos de una semana, entre muchas otras cosas, se ha construido el escenario donde interpretará. Y no de cualquier manera, sino con construcción natural, tradicional y haciendo cada pieza con las manos. Madera, tierra, cal, piedra y fibras vegetales al servicio de recuperar técnicas tradicionales como la bóveda catalana, los ensambles de madera, los estucos y la construcción con tierra. "Sin espacios no hay cultura", reivindica Ferri.
Todo lo ha construido de manera altruista el mismo público: más de un centenar de artesanos, maestros de obras y arquitectos dedicados a la bioconstrucción en Cataluña que han inundado las instalaciones del centro artístico multidisciplinario del Konvent para demostrar que otra forma de construir es posible. La grada de este nuevo escenario está hecha de madera maciza con ensambles tradicionales. Hasta hace solo tres días, Ildefons Alonso, integrante de El Petit de Cal Eril y productor musical de grupos como Remei de Ca la Fresca, usaba una larga escalera recta provisional para acceder a su estudio, por donde también subían los artistas. Ahora, como dice en broma David Chia, bailarín y residente del Konvent, en un abrir y cerrar de ojos en las naves de la antigua fábrica tienen las "escalinatas de la catedral de Gerona".
Vista general de la fábrica de Cal Rosal desde el Konvent.Nuno PerestreloRenovación de las cerchas de una de las naves de Cal Rosal.Nuno Perestrelo
Desde lo alto de la escalera, Gerard Mateu ha tenido que estirarse y escucha la música con una especie de mareo. "Lo que hemos vivido es equiparable solo a la adrenalina de después de un correfoc con los Diables de l'Onyar: un mareo que da hambre y a la vez ganas de vomitar", explica este bioconstructor e interiorista del Estudi Consciència, que ha participado en la construcción de la escalera. Es un ejemplo de lo que se ha vivido en las jornadas Forma del Konvent, que se celebraron por primera vez el mes pasado en Cal Rosal. Una reivindicación práctica del valor de los oficios y la transmisión del conocimiento, pero también del papel de las mujeres en la construcción. Como resume Mateu: "El primer día nos conocimos, el segundo preparamos el material, el tercero y el cuarto lo levantamos todo, el quinto pusimos los pasamanos de la escalera y el sexto ya se celebra un concierto de piano por primera vez".
La semilla: la amistad
La idea surgió hace años entre dos buenos amigos gerundenses: el artista y muralista Jofre Oliveras, residente en Cal Rosal desde hace una década, y el arquitecto y bioconstructor, y miembro de la Escuela Orígenes y de la Red Mora, Martí Ferrer. "Ya habíamos hecho muchas acciones previas, desde la vertiente artística y de la arquitectura, y hacía tiempo que dábamos vueltas a hacer alguna cosa en el Konvent", explica Oliveras. "El antiguo convento de monjas, donde viven los artistas, ya lleva tiempo articulado, y lo que queríamos es mirar hacia las naves de la fábrica, buscando estrategias para trabajar en la rehabilitación de espacios industriales –reflexiona a su vez Ferrer–. Pero en lugar de quedar para charlar, como si fuera un congreso, quedar para trabajar y construir juntos".
Martí Ferrer (en el centro) y Jofre Oliveras (a la derecha) durante la visita inicial para acordar las intervenciones en el Konvent.Nuno PerestreloGerard Mateu (a la derecha) durante la construcción de la escalera en las naves de Cal Rosal, en el Berguedà.Nuno Perestrelo
Tras una primera visita técnica durante el verano para definir los espacios de intervención, las jornadas se estructuraron en diferentes comisiones en función de los oficios. La madera, aplicada a la escalera y a la reparación de unas grandes cerchas. La piedra, en la construcción de un gran empedrado a las puertas del convento. La tierra y las cañas, en la creación de una habitación exterior para personas con movilidad reducida, donde estaba el antiguo gallinero. La bóveda catalana, en la recuperación de otra escalera. Y los estucados, en la creación de un gran mural a la entrada del complejo con el plano de la colonia de Cal Rosal, la primera gran fábrica textil construida en el Alt Llobregat, con un modelo curioso de residencia y control: la presencia de un convento de monjas donde las trabajadoras vivían y los más pequeños podían estudiar. Un edificio que cuando se colectivizó la fábrica y se marcharon las monjas pasó a la juventud del pueblo.
El joven a quien dieron las llaves en los años 90 del siglo pasado era Pep Espelt Farràs, que transformó el espacio en un laboratorio artístico y autogestionado y que se ha convertido, de alguna manera, en su guardián. Escucha el concierto desde la ventana, emocionado por la energía colectiva formada durante cinco días. ¿Qué hace posible que más de un centenar de personas trabajen gratuitamente? ¿Y qué queda de esta energía cuando cada uno vuelve a su trabajo habitual? "Esto es un acto de amor, de fe, y una demostración de que es posible hacerlo de otra manera –resume Ferrer–. Si una obra ya de por sí es compleja, imaginaos una obra donde cada uno es dueño y señor de lo que es".
Pep Espelt, gestor cultural del Konvent.Nuno PerestreloEl equipo del Konvent preparando la comida para las jornadas Forma.Nuno Perestrelo
Para hacer posible esta energía colectiva, el Konvent puso los cuidados en el centro: camas para todo el mundo; comidas calientes, saludables y recién hechas; música en directo por la noche, y un espacio para los niños que permitía a las familias conciliar el trabajo con la crianza. Los niños también participaron en las intervenciones, haciendo una cúpula de avellano, mientras muy cerca se aplicaban revestimientos de arcilla.
Espelt reivindica que el Konvent no va a contracorriente, sino que tiene una visión de la cultura, como el CCCB: "No somos underground, somos gente que suma. Somos los márgenes bien cuidados, sin excluir la belleza de los márgenes. Debemos normalizar la diferencia". Un espíritu que reivindica también la bioconstrucción, todavía con poco peso en Cataluña pero que poco a poco va creciendo. Las jornadas Forma han contado con el apoyo del Gremio de la Bioconstrucción de Cataluña, un punto de encuentro de profesionales del sector con interés por fomentar la construcción sostenible de impacto positivo sobre el medio ambiente. Rehabilitaciones con criterios de salud, eficiencia en el uso de los recursos y reducción del impacto ambiental, utilizando materiales naturales y técnicas adaptadas a cada proyecto.
Espacio de cuidados en las jornadas Forma del Konvent, donde los niños hicieron una exposición.Nuno PerestreloEl habitáculo construido con materiales naturales y revestimientos de tierra en el antiguo gallinero del Konvent.Nuno Perestrelo
El papel de la mujer
Las historias de los profesionales que forman parte de ello nacen de esta belleza de los márgenes que reivindica el Konvent. Daniela Silberman, miembro de la junta del Gremio de la Bioconstrucción, empezó construyendo con paja cuando vivía en los Estados Unidos y se integró en una cooperativa en Washington DC. Ahora que sus hijas se han hecho mayores, vuelve a trabajar para que la administración y las regulaciones europeas tengan en cuenta la salud de los edificios. A la vez, considera que "el papel de la mujer es más fácil en la bioconstrucción", también porque es "un sector más reducido, donde existe la conciencia del lugar que habitas".
Si no fuera por la dimensión de los cuidados que ofrecía el Konvent durante las jornadas, Alba Pawlosky no habría llevado a su hijo de siete años. "Lo he hecho por él, para que viva la experiencia", dice. Ella está embarazada de 30 semanas del tercero y estos días ha ayudado en la construcción de la habitación en el antiguo gallinero, donde se han aplicado todo tipo de técnicas de bioconstrucción: desde los suelos hasta las paredes de caña y los revestimientos de arcilla. Pawlosky fue una de las pioneras en la construcción con tierra, una tarea que ejerce en paralelo a ser arquitecta. "Me fascina lo que ha pasado aquí, porque cuando nos ponemos un objetivo en común somos imparables –dice–. Pero aún más ver cómo cada vez más mujeres han cambiado de sector y también son obreras. La mayoría de la gente que hemos venido tenemos vidas normativas, y más allá de esto construimos. Lo que ha pasado es una llamada a recuperar las utopías".
Mural hecho de estucado en la entrada del recinto industrial de Cal Rosal con el mapa de la zona.Nuno PerestreloNiños saltando en una cama elástica delante del Konvent de Cal Rosal, en el Berguedà.Nuno Perestrelo
El último día de jornada, después del concierto de piano, la fiesta sigue en el jardín del Konvent. Mientras los niños venden los dibujos que han hecho, expuestos en la cúpula de avellano, el equipo impulsor muestra todas las intervenciones hechas en el espacio, como si fueran obras de arte. Agnès Mateus, performer y artista multidisciplinar residente en la antigua colonia, reconoce que el reto de acoger a tanta gente y tantos días era mayúsculo, pero que el retorno ha sido de otro nivel. "Habéis cambiado este espacio, habéis cambiado el Konvent desde la raíz: suelo nuevo, acceso nuevo, nuestra circulación por los espacios... Viviremos de otra manera después de vuestro paso. Hemos intentado entre todas cuidarnos: ya no somos dos cosas, somos todas y una. Gracias".
Empedrado en la puerta del Konvent.Nuno PerestreloMural ideado por el artista Jofre Oliveras en colaboración con Anna Castilla Vila, estucadora.Nuno Perestrelo
La colonia textil que tenía un convento
La colonia textil de Cal Rosal, en el Berguedà, comenzó a construirse a mediados del siglo XIX y cerró definitivamente sus puertas en 1992. En el momento de máxima actividad, en los años setenta, llegaron a trabajar 1.200 personas. Fundada por los hermanos Rosal, tenía una estructura atípica: un convento de monjas intervenía en la vida cotidiana de la fábrica. El edificio servía de residencia para algunas trabajadoras –aunque vivir allí podía costar casi más que el jornal–, pero también de escuela y comedor.
Pep Espelt Farràs, hijo de una trabajadora, convirtió el espacio en un laboratorio artístico autogestionado. En 2004 nació el proyecto del Konvent, un centro artístico multidisciplinar con una comunidad de una treintena de artistas residentes. Organiza festivales como el Kontrast, dedicado al arte y la electrónica, y el Gest, de circo, así como la feria de vinos naturales Que Rebenti la Baells. También forma parte de la Primavera Ciclista del Berguedà.